martes, 2 de agosto de 2022

El 9 de Agosto y las mujeres de los pueblos indígenas.

 

Invitación

La Asamblea General la Organización de las Naciones Unidas (ONU) decretó, en su resolución A/RES/49/214, declarar el día 9 de agosto para conmemorar el Día Internacional de los Pueblos Indígenas.

Para el año 2022 la temática versa sobre: El papel de las mujeres indígenas en la preservación y transmisión del conocimiento tradicional[1].

La población indígena se encuentra distribuida en más de 90 países y se calcula la existencia de aproximadamente 476 millones de indígenas en todo el mundo.

Respecto a la población mundial, ellos constituyen más del 6 % lo relevante es que representan alrededor del 15 % de las personas que viven en pobreza extrema.

Otro dato para subrayar es que estos pueblos indígenas poseen, ocupan o utilizan una cuarta parte de la superficie del mundo, protegen el 80 % de la biodiversidad que aún queda en el planeta.

Tienen conocimientos y experiencias ancestrales acerca de cómo adaptarse, mitigar y reducir los riesgos derivados del cambio climático y los desastres naturales.[2]

Colonización y Genocidio cultural

En Ottawa, Canadá, el nominado Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación[3] publicado en 2015, evidencia una las páginas más oscuras del Canadá; La Ley Sobre Los Indios, emitida en 1876 colocaba a todos los niños indígenas bajo la tutela del Estado canadiense.

En el año 1883, John A. McDonald, primer ministro de Canadá afirmaba que “los niños indígenas deberían ser retirados lo máximo posible de la influencia de sus padres y la única forma de lograrlo era de enviarlos a escuelas industriales donde podrán adquirir las costumbres y prácticas de los blancos”.

Después de 6 años de investigación, el informe final, en sus miles de páginas, narra las atrocidades, abusos físicos, psicológicos, sexuales y el exterminio cultural al que fueron sometidos más de 150 mil niños de los pueblos indígenas. Ellos fueron arrancados de sus grupos familiares y étnicos y enviados a pensionados, en su gran mayoría dirigidos por comunidades religiosas. Principalmente se vieron involucrados la iglesia Católica, Anglicana

Unos 3.200 niños murieron, la gran mayoría antes de 1940, debido a todo tipo de enfermedades, entre ellas la tuberculosis. Las condiciones sanitarias eran tan malsanas que el índice de mortalidad en los pensionados era 5 veces más elevado que en el resto de la población. Estas escuelas de internados operaron por un siglo entero, entre 1870 y 1970.

El principal objetivo contemplaba, “matar al indígena en el niño”. Un proceso atroz de colonización y sometimiento, de despojo de su lengua, valores culturales, sabiduría ancestral y su cosmovisión. Todo esos con métodos de abuso sistemático hacia los niños indígenas.

En mayo de 2021, todas estas páginas oscuras emergen nuevamente colocando en un gran revuelo a la sociedad y el estado canadiense. Se trata de una fosa común con los restos de 215 niños que fue hallada en un internado creado para integrar a miembros de la comunidad indígena de Canadá. El caso de antiguos estudiantes de la Kamloops Indian Residential School en Columbia Británica, en el oeste de Canadá. Este centro inicialmente estuvo bajo la dirección de la iglesia católica, y luego pasó a la dirección del gobierno cerrando en 1978. El internado Kamloops era el más grande de todo este sistema, que se conoció con el nombre de Sistema Escolar de Residencias Indígenas.[4]

Las reacciones tanto hacia el informe del 2015 como los hallazgos de 2021, no se hicieron esperar. Para la población canadiense hay consternación y dolor. El mismo primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, lamentó el hallazgo en el antiguo internado. Y declaró que como católico, se sentía avergonzado de tales hechos esperando un pronunciamiento oficial del Vaticano.[5]

El pasado mes de Julio 2022, El Papa Francisco hizo su “peregrinación penitencial”, el principal objetivo ha sido pedir perdón por los abusos cometidos por religiosos católicos en los centros de internados para niños Indígenas de Canadá, perdón por el genocidio cultural y el sometimiento colonizador.

Ha sido loable el gesto del Papa Francisco. Varios lideres y lideresas de los pueblos indígenas de Canadá, han agradecido y apreciado esta visita y acto penitencial.  Aún existen otros sectores y grupos que consideran insuficiente estas acciones.

El genocidio de las mujeres indígenas en Canadá

  Los abusos y genocidio cultural perpetrado contra la población indígena del Canadá entre los siglos XIX y XX, conmocionan a la población y urgen a realizar acciones concretas de reparación y resarcimiento a las víctimas.

Pero, en pleno siglo XXI con menor distancia en el tiempo, se documentan las crecientes acciones contra mujeres y niñas. Nos referimos ahora al asesinato y desapariciones de mujeres y niñas indígenas en el Canadá.

Las primeras denuncias de secuestros y desapariciones de mujeres indígenas datan de 1980, a partir de estos hechos se creó la unidad de Investigación Nacional sobre las Mujeres y Niñas Indígenas Desaparecidas y Asesinadas (INMNIDA) (National Inquiry into Murdered and Missing Indigenous Women and Girls, MMIWG), que tras 33 meses concluyó que los casos constituyen un genocidio.[6]

 La población indígena solo representa un 4,9% de la población total de Canadá, los datos arrojan que entre 2001 y 2015 las mujeres de esta etnia asesinadas eran casi el 25% de todas las víctimas femeninas de homicidio en el país. El informe arriba citado, revela que la tasa de asesinatos y desapariciones de mujeres indígenas es 12 veces más alta que la de cualquier otro grupo demográfico del país. Estas cifras son alarmantes y dan mucho qué pensar.

Y nos preguntamos: ¿Por qué Canadá, es un etnocida o feminicida étnico? Es importante recordar que en la época de la conquista y la colonia, los invasores europeos blancos se consideraron ellos mismo como una raza superior frente a los pueblos originarios o aborígenes de Canadá. Los sistemas de seguridad ciudadana y los operadores de justicia consideran a las mujeres indígenas como alcohólicas, drogadictas que no merecen la atención del sistema de protección y seguridad ciudadana. El racismo, el colonialismo y el sexismo de larga data, junto con la indiferencia en la sociedad canadiense son entre otras las principales causas de este genocidio

Si en el siglo pasado el objetivo era “matar al indígena en el niño”, ¿Qué persigue la creciente ola de feminicidio indígena en Canadá?, acaso busca ¿Matar al vientre que hace nacer al indio? o ¿Matar la transmisión del conocimiento tradicional? A pesar de los informes y recomendaciones emitidas en los mismos, el sistema canadiense sigue fallando en el deber de dar protección a todos los ciudadanos y ciudadanas canadienses.

Detrás de todo esto subyace la arrogancia del colonialismo blanco occidental, la usurpación y ocupación de los territorios de estos primeros pueblos, los intereses económicos, la visión desarrollista occidental y el sistema patriarcal que invisibiliza el papel protagónico de las mujeres en sus comunidades.

Mujeres indígenas en la preservación y transmisión del conocimiento tradicional

En contraste con esos Genocidios Culturales, Genocidios étnicos, y desde un largo recorrido, podemos afirmar la convicción, cada vez más creciente y manifiesta, de los pueblos originarios acerca de sus derechos sociales, culturales, económicos y la conservación de sus tradiciones y sabidurías.

El papel de la mujer indígena en la preservación de las tradiciones es muy relevante y necesario. Ella es la transmisora de la lengua y valores de convivencia comunitaria. Como mujeres, su mirada holística le permite observar los ciclos naturales de la vida, extraen y transmiten saberes ancestrales. Son el sostén familiar, cuidadoras, guardianas del conocimiento,

Transmite valores de armonía, en la relación con la madre tierra y todos los vivientes con quienes comparte su espacio y tiempo. Son artesanas no solo de tejidos para la vestimenta, sino también de las relaciones intergeneracionales. Son líderes y defensoras de los derechos humanos.

Con demasiada frecuencia aún sufren niveles interseccionales[7] de discriminación por motivos de género, etnia y estatus socioeconómico. Su derecho a la libre determinación, el autogobierno y el control de los recursos y tierras ancestrales ha sido violado durante siglos. Queda mucho por hacer para lograr más espacio en los puestos de toma de decisiones y operación de la justicia.

Este 9 de Agosto 2022, debe marcar un momento importante para reforzar lo ya iniciado y caminar hacia la conquista de esos espacios de participación, que hagan de las mujeres indígenas verdaderas actoras en la preservación y transmisión del conocimiento tradicional y la configuración de sus pueblos como espacios humanizadores y armónicos para todas las sociedades.

La sensibilización, información sobre estas problemáticas nos toca en primera persona, la consigna que repetimos “Lo que le sucede a una, les sucede a todas” debe pasar a expresiones concretas, hasta que todo sea como lo soñamos.

María Concepción Vallecillo

Integrante activa de Núcleo Mujeres y Teología


[7] La interseccionalidad es una herramienta para el análisis, el trabajo de abogacía y la elaboración de políticas, que aborda múltiples discriminaciones y nos ayuda a entender la manera en que conjuntos

diferentes de identidades influyen sobre el acceso que se pueda tener a derechos y oportunidades


miércoles, 6 de julio de 2022

Defensa del mundo natural ¿a quién concierne?

 

    Recientemente fue publicada la noticia sobre la sentencia condenatoria emitida contra María Cuc Choc, defensora q’eqchi’ de los derechos de las personas y pueblos indígenas y del medio ambiente, dentro del proceso penal que se le sigue hace más de cuatro años. En marzo de este año, Bernardo Caal Xol, también líder q’qeqchí, obtuvo su libertad tras cumplir parte de la pena que le fue impuesta al ser encontrado penalmente responsable por hechos relacionados a su labor en defensa de los ríos.

    Como ellos, muchas defensoras y defensores de derechos humanos han sido y siguen siendo objeto de diversos tipos de ataques. En el último informe anual de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos sobre la situación en Guatemala[1] se resaltó la persistencia del uso indebido del derecho penal como medio para sancionar o impedir su trabajo; denotó además irregularidades y retrasos en procesos penales seguidos en su contra. Alertó sobre el alto nivel de criminalización contra organizaciones y comunidades indígenas y campesinas en el contexto de reivindicación de las tierras ancestrales y defensa del medio ambiente, existiendo para esa fecha 881 órdenes de captura relacionadas. En 2019, las estadísticas de Udefegua reportaron 15 asesinatos de personas defensoras de derechos humanos; 14 de las personas asesinadas pertenecían a asociaciones comunitarias, organizaciones campesinas, indígenas o ambientalistas.[2]

    Frente a este dramático escenario y como forma de reconocer la labor de personas que han dedicado sus esfuerzos -algunas incluso a costa de su vida-, para luchar contra las injusticias económicas, sociales y políticas relacionadas a la tenencia de la tierra y el uso de los recursos naturales, he querido dedicar este espacio para dejar apuntadas algunas ideas sobre la relación entre el medio natural y el ser humano. A partir de estas, pueden surgir posturas conscientes, no solo de la necesidad de conservar y proteger el mundo natural, sino de valorar y apoyar la resistencia contra aquellas miradas restringidas, propias de determinados modelos económicos y sociales, que contribuyen a la perpetuación de las desigualdades y conducen a la destrucción de la vida.

    La sociología actual reconoce que la historia humana no es independiente sino está mediada por la naturaleza. La sociedad, el desarrollo social y las posiciones de los sujetos están entrelazados por la manera en que la naturaleza es y ha sido transformada por el ser humano. Por su parte, la interdependencia entre la naturaleza y las desigualdades se manifiesta de diferentes formas: existe desigualdad en la creación de las crisis ambientales, así como desigualdad en la distribución de los efectos adversos que estas provocan. Tales efectos refuerzan las estructuras existentes de desigualdad. La vulnerabilidad, determinada por marcadores de diferencia como la etnia, la raza, la clase y el género, suele ser mayor para aquellos que son marginados de múltiples maneras.[3]

    Partiendo de este último aspecto, la dimensión de género en las luchas por el medio ambiente no debe tampoco ser ignorada. En el campo de los derechos humanos, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos ha resaltado la necesidad de que, al momento de adoptar medidas en el marco de las actividades y operaciones empresariales, se incorpore un enfoque interseccional y diferencial, incluyendo la perspectiva de género, consciente de la posible agravación y frecuencia de violaciones a los derechos en razón de condiciones como el origen étnico, la edad, la orientación sexual, la identidad de género o la posición económica de las personas y los grupos.[4]

    Para afrontar el tema del medio ambiente, no debe dejarse de mencionar que las situaciones históricas y las experiencias culturales de cada persona y grupo humano determinan las diferentes visiones sobre la naturaleza. Es por ese motivo que las luchas contra el despojo de la tierra, de los recursos naturales y la destrucción de los hábitats suelen ser asumidas por las personas y grupos humanos cuya cosmovisión se caracteriza por una estrecha relación con la naturaleza -a la que atribuyen un valor intrínseco- y/o que viven en carne propia y desde la experiencia cotidiana las consecuencias de la pobreza y la destrucción sistemática de los recursos.

    Pese lo anterior, debe tenerse presente que el mundo natural nutre la vida de todas las creaturas, incluido el ser humano. Desde el estudio de la naturaleza a luz de Dios, reflexiona Elizabeth A. Johnson que el conocimiento científico resitúa a la especie humana como parte intrínseca de la red evolutiva de la vida sobre nuestro planeta. La conexión del ser humano con la naturaleza es tan profunda que no es posible definir la identidad humana sin incluir el desarrollo cósmico y la ascendencia biológica que compartimos con todos los organismos que forman la comunidad de la vida. Advirtiendo lo anterior, nos invita a construir teología a partir del testimonio de la creación y del Dios amoroso que alimenta constantemente la vida.[5] Existen numerosos puntos de apoyo para el cristianismo, pero también en las diferentes tradiciones religiosas o los distintos sistemas de creencias, que pueden inspirarnos a la sacralización del mundo natural, a no tolerar ninguna justificación para la destrucción de los ciclos de vida y a oponernos decididamente contra la opresión de cualquier clase.

    Dado que el mundo sustenta y posibilita la vida, las luchas por la defensa de la tierra y los recursos naturales, irremplazables, conciernen a todas y todos, en tanto existimos como parte y gracias al mundo natural. Las presiones y ataques contra quienes asumen esta importante tarea -en nombre de sus familias, comunidades y de la parte de la humanidad que se sitúa en su justa posición en este mundo-, así como la mirada aquiescente o confabuladora de las instituciones estatales, deben resultarnos intolerables. El agua que bebemos, el aire que respiramos, la manzana que comimos ayer o la simple contemplación de una flor son cuestiones que quizá nos ayuden a comprender que las causas medioambientales no son ni deben parecernos distantes.


Ana Isabel Calderón

                    Integrante de Núcleo Mujeres y Teología


[1] Naciones Unidas, Asamblea General. Informe de la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos sobre la situación de derechos humanos en Guatemala, 2020, A/HRC/46/74, párrs. 86 y 87.

[2] Unidad de Protección a Defensoras y Defensores de Derechos Humanos de Guatemala, resumen del Informe de situación de personas, comunidades y organizaciones defensoras de derechos humanos, 2019-2020, pág. 12.

[3] Dietz, Kristina. Investigar las desigualdades desde la perspectiva socioecológica. En: Repensar las desigualdades, Jelin, Elizabeth, Renata Motta & Sérgio Costa, 1º edición, Siglo XXI Editores Argentina, 2020, págs. 111-133.

[4] Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Relatoría Especial sobre Derechos Económicos Sociales Culturales y Ambientales REDESCA, Informe Empresas y Derechos Humanos: Estándares Interamericanos, 2019, OEA/Ser.L/V/II CIDH/REDESCA/INF.1/19, párr. 44.

[5] Johnson, Elizabeth A., «Pregunta a las bestias» Darwin y el Dios del amor, Editorial Sal Terrae, 2014.

martes, 7 de junio de 2022

Por un mundo sin violencia hacia las mujeres y el planeta Tierra

 

 

    Es difícil mirar la realidad que nos rodea y no perder la esperanza. ¿A qué realidad me refiero? A esa inmensa mayoría de personas que sufren la injusticia, la pobreza, la violencia, la exclusión a todos los niveles, en definitiva, al efecto devastador del patriarcado que, como un cáncer, ha invadido desde hace miles de años nuestro mundo. Y no solo me refiero al cincuenta por ciento de la humanidad que son las mujeres, sino también a nuestra casa común que nos acoge y que está tan maltratada. Me pregunto ¿cómo es posible que estemos echando piedras contra nuestro propio tejado?

    Por eso la mirada ecofeminista nos invita a ser conscientes y a escuchar el grito de las mujeres y el grito de la tierra, dos realidades que no podemos separar porque sufren el efecto destructivo del patriarcado.

    Según ONU Mujeres la violencia contra las mujeres y las niñas ha aumentado de manera significativa en los últimos años. Según datos disponibles de 106 países se estima que 736 millones de mujeres -alrededor de una de cada tres- ha experimentado alguna vez en su vida violencia física o sexual por parte de una pareja íntima, o violencia sexual perpetrada por alguien que no era su pareja (el 30% de las mujeres de 15 años o más)[1]. Datos espeluznantes que no nos tienen que dejar indiferentes. En estas cifras no se contempla la violencia como arma de guerra, realidad terrible que están viviendo muchas mujeres. En Ucrania están informando atrocidades en este sentido. Sin ir más lejos, leía una noticia de un soldado ruso que llamó a su novia para pedirle permiso de violar a mujeres ucranianas, la respuesta de la novia fue que sí pero que no se lo contase y que se protegiera. No podía dar crédito a la petición del soldado y a la respuesta de la novia. Hasta qué punto está naturalizada esa forma de “dañar” los cuerpos de las mujeres como campo de batalla y un efecto colateral de las guerras. El dominio masculino que considera a las mujeres un “terreno” suyo en el que puede hacer lo que le plazca. ¡Hasta cuándo! Hay que gritar, hay que salir a las calles, hay que denunciar, que las mujeres no somos propiedad de nadie, nada más que de nosotras mismas. Que nuestros cuerpos son nuestros y solo nosotras podemos decidir libremente qué queremos hacer.

    Y ese dominio del que he estado hablando es el mismo que el patriarcado ejerce sobre nuestra casa común, que también la considera un “terreno” que puede violarlo, destrozarlo y dañarlo con tal de sacar el beneficio y el lucro que le interesa.

    Por eso, es que necesitamos la mirada ecofeminista que nos quite el velo de los ojos y nos haga salir a las calles a gritar con todas nuestras fuerzas NO MÁS, NI UNA MÁS. Cuando todas nos levantemos, tal vez podamos mantener la esperanza de un mundo mejor, de unas relaciones más respetuosas, equitativas y justas, donde cada ser que respira en el ancho mundo, pueda vivir sin temor a ser devorado, destruido o violado.

                                         


                    Maite Menor Esteve
Integrante de Núcleo Mujeres y Teología

                                                                                                                                Junio 2022

viernes, 13 de mayo de 2022

La teología de la felicidad

 

   Hace pocos días recibí por vía virtual una foto, mostraba a un infante en brazos de una persona adulta, la criatura con la mirada a una escultura de un Cristo ensangrentado, de Jesús con la corona de espinas. El niño estaba tan cerca de la escultura, que casi la tocaba.

    La imagen del bebé provoca ternura, pero esa acción del acercamiento a algo que está fuera del alcance de comprensión del pequeño visitante, sin entrar a un análisis psicológico, me genera interrogantes… ¿Cuál sería el posible discurso de quien lo sostiene?

    Sirva la introducción para relacionarla con la formación cristiana, porque desde la niñez se nos ha dado a beber el dolor, la culpa, y el pecado, de una manera endulzada, por no decir romantizado.

    Dicha tradición ha sido alimentada con figuras que han entrado por nuestras pupilas y oídos, que han permeado la memoria como símbolos y connotaciones, que en nuestro caminar hemos sometido a deconstrucción, en personal apertura y dimensión.

    El tema nos indica retroceder la mirada a la Edad Media, al siglo XII, para reconocer la tríada antes mencionada: dolor, culpa y pecado, que permeaba el ambiente de la victimización y la autoflagelación. Por ello, importante es destacar que hubo personas, quienes con valentía y determinación iniciaron un proceso contracultura, a otro nivel, vale decir, con base en un concepto diferente de percibir a Dios. Una pionera en esta hazaña fue la visionaria y polímata Hildegarda de Bingen (1098-1179), reconocida hasta 2012 como beata alemana por la Iglesia católica romana.

    Su sabiduría y poder le permitieron salvarse de la hoguera, porque no fue fácil sobrellevar el privilegio de recibir instrucciones divinas. Dichas experiencias sobrenaturales, que desde la niñez recibió, causaron asombro e incomprensión. Y de manera simple, sobre las visiones exponemos que fueron la fuente de conocimiento que recibía en una luminosidad, acompañada de una voz que le dictaba para que escribiera y lo compartiera. Hildegarda explicaba que las escuchaba en cualquier momento, sin perder sus sentidos, ni en estado de sueño, ni de éxtasis. No los percibía con los oídos corporales, sino con los del alma. Era una teofanía a la que llamaba Sombra de la luz viviente.

    En ese ámbito medieval ella observó que, las mujeres eran apartadas de vivir su libertad, estaban vedadas de ser felices, y las opciones ofrecidas eran el ascetismo, la renuncia, la donación de bienes y el sufrimiento. Además, Iglesia y sociedad iban de la mano en encaminar valores cristianos en donde a las jóvenes se les determinaba el futuro hacia la ofrenda, la entrega, y a la penitencia; percibían que la felicidad era como acto de narcicismo, o una categoría egoísta. De tal forma que en esa época, se caía en herejía cuando las mujeres buscaban la felicidad como derecho.

    Es desde ese panorama hostil que Hildegarda tejiera sus luchas y visiones. Pese a la oposición del sistema eclesial Hildegarda y las Beguinas, le dieron un giro a la vida monacal, superaron la vida de silencio, de penitencia y pobreza. Ellas instauraron cambios, negaban el dualismo imperante, concebían el ser en su totalidad, la unidad. Además, administraban sus bienes, y también compartían.

    En esta reflexión nos referimos en concreto a la visión que Hildegarda titulara: El vicio de la infelicidad y la virtud de la felicidad.

    Por ello basaban el aprendizaje en seguir a un Dios feliz, de luz, que las habitaba.

    Señalamos también que dicha visión responde a la mirada interior, a la místicaii, que se sostenía en el encuentro con Dios. Además, contempla que el hombre que se lamenta, está separado de Dios, porque ha caído en lo oscuro, y lo llenaba la infelicidad que venía del mal, en esto, debemos comprender que proviene de una creyente, hija de su tiempo, mencionaba a Lucifer como propiciador de la oscuridad sobre el actuar humano.

    Algo más, desde la mística se llegaba a la felicidad, como añadidura al pertenecer a Dios, un derecho humano al cual todas las mujeres debieran estar incluidas. Hildegarda rompió los esquemas, en los dos monasterios que fundó. Ya no todo va a ser silencio, enseña el disfrute de la vida en cada actividad desde el lema Ora et labora. Y, aún dentro de la disciplina, ella motivaba al disfrute, al derecho a satisfacer los deseos personales y los sueños que estaban contemplados en la experiencia del seguimiento y llenura de Dios.

    Cabe señalar, que la felicidad que enseñaba Hildegarda debemos comprenderla como el esplendor que tonifica, para resistir la adversidad. No se trata solo de la alegría superficial, que descuida prioridades, sino, la práctica de esa virtud, la felicidad, que proporciona el dinamismo, para facilitar de manera armoniosa la faena cotidiana.

    Para terminar, vale cuestionarnos si nuestro quehacer propicia la vida abundante que se menciona en el Nuevo Testamento en Juan 10,10, que convoca a la felicidad… y ¿Cuál es son las imágenes de Dios que sustentan hoy nuestro caminar? ¿Son nuestros los signos y discursos sobre el gozo, la celebración y propiciación de la vida, sobre la resurrección, y la encarnación?

    Sea nuestra tarea dirigida a que más mujeres alcancen sus derechos, hacia la vida digna. Que no haya más oscurantismos…

Lilian Haydee Vega Ortiz
 Integrante del Núcleo Mujeres y Teología
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i Las Beguinas fueron mujeres cristianas que, en el siglo XII, en Flandes y los Países Bajos, decidieron agruparse para vivir juntas su derecho de entrega a Dios y a los más necesitados, pero haciéndolo al margen de las estructuras de la Iglesia católica, a la que rechazaban por su corrupción y por no reconocer los derechos de las mujeres.  

ii Ver La visión, película en YouTube. Ver Scivias, la obra más importante de la escritora.

martes, 5 de abril de 2022

Abuso espiritual



 Participando en una de las conversaciones sobre el Sínodo Católico de las Mujeres me resonó distinta la expresión “abuso espiritual”. He escuchado muchas veces la palabra abuso relacionado con abuso sexual hacia las mujeres. Abuso, manipulación violencia de tantos tipos. Pero abuso espiritual… y me quedé pensando. Tienen razón.

      Siendo el tema el Sínodo Eclesial, y en esta oportunidad el Sínodo de las Mujeres, comencé a repensar algunas situaciones que hoy se siguen dando en nuestra Iglesia católica, que es a la que yo pertenezco.

     Tenemos razón cuando decimos que han manipulado nuestras conciencias en beneficio de los varones y su poder hegemónico en la comunidad. Nos han señalado un camino, unas tareas y un lugar y, todo ello, en nombre de una teología patriarcal que nos deja fuera. Y con unos argumentos que hoy ya no se sostienen.

     Nos duele el abuso sexual, el económico, el de poder, pero nos duele más el abuso de conciencia que nos deja fuera, como seres infantiles, incapaces de pensar por nosotras mismas. Y nos duele más porque lo hacen afirmándose en la propia teología, que, por supuesto es hegemónica del varón, patriarcal, e invisibilizadora de las mujeres y su acción a través de la historia. Y ya sabemos qué pasa. Porque son muchas las mujeres que creen en esta hegemonía del varón, sin ser conscientes de ella. Y siguen teniendo su pensamiento anclado en siglos de historia patriarcal, sin plantear cambios, porque siempre ha sido así y así lo hemos normalizado. Lo creemos porque así nos lo contaron y así nos dijeron que era. Y así es nuestro pensar sobre Dios, el hombre, la mujer, y los roles asignados para cada uno de ellos. Lo creemos así y así lo vivimos hasta hoy. Mientras, los que sustentan el poder religioso saben, nosotras también lo sabemos, que lo más difícil es cambiar las creencias y desde ahí, tienen la batalla ganada. Porque frente a todos estos abusos que permanecen impunes, ejercen la conducta unánime de la conspiración del silencio.

    Las mujeres que pensamos diferente, las que enseñan teología con ojos de mujer, la creciente criminalización de las mujeres que defienden los derechos de ellas mismas y de la tierra, la política de permitir que recojamos las migajas de nuestra participación en la Iglesia…es la nueva forma de caza de brujas que estamos sufriendo hoy. Por todo ello tiene sentido la “Revuelta de las Mujeres en la Iglesia” que se ha iniciado en varios países y aplaudimos el lema que las guía: “hasta que la igualdad se haga costumbre”. 

    Abuso espiritual, manipulación de nuestras conciencias para acallar los gritos que se nos quedan dentro… porque su dios pequeño nos quiere así, sumisas, obedientes, calladas…porque siempre ha sido así. Necesitamos ser supervisadas por un varón, no sea que faltemos a la ortodoxia, a su interpretación de la espiritualidad que no tiene más canon que el patriarcal. 

Sentimos el llamado a recuperar la historia de otras mujeres cuyo liderazgo nos fortalece y anima nuestra esperanza. Recrear nuevas liturgias, nuevas formas de celebración, nuevos modos de vivir nuestra espiritualidad desde nosotras mismas, de forma creativa y sororal. Es evidente que esta propuesta es arriesgada y crea conflictos, no vamos a engañarnos, pero si queremos lograr nuestro sueño y recuperar nuestro espacio eclesial, en igualdad con los varones, hay que seguir empujando la historia en esta dirección. Soñar en una eclesialidad de iguales, con una participación plena en la mesa de la comensalía. 

    Hemos de recuperar los valores que están en la raíz del evangelio de Jesús de Nazaret, valores de igualdad y equidad, de reconocimiento de las mujeres. Algo que no inventamos nosotras, sino que está en los inicios del Movimiento evangelizador, sanador y salvador de Jesús. Reactualizar signos y gestos que tengan sentido para nuestro tiempo. Dejar de lado lo que ya no nos sirve a las mujeres. Recuperar la importancia de la pluralidad y diversidad de nuestra realidad de mujeres que requiere apertura a todas. Forjar un liderazgo alternativo. Crear espacios de sanación de heridas provocadas por el patriarcado. Se han levantado voces que nos dicen que sin inclusión de las mujeres no hay sinodalidad, ya que estamos trabajando en esta tarea pedida por el papa Francisco del Sínodo de la Sinodalidad. Gran paradoja… 

    Se nos invita a preguntarnos de qué fuente se nutre nuestra espiritualidad, de qué teologías, -¿dañinas para las mujeres?- Desaprender, sospechar, deconstruir saberes y recrearlos, aprender a trascender formalismos, sentí-pensar la realidad de otra manera. Son palabras que me quedaron resonando. Porque es verdad, nos han cooptado nuestras conciencias, y hemos de ponerle nombre: abuso espiritual. 

    Estamos en un momento de no retorno y tenemos por delante un camino de subversión profética. Atrevámonos a vivir de manera diferente. Nuestra Iglesia está en crisis. Podemos transformarla en una oportunidad de generar algo nuevo.

    Las voces de estas compañeras de diálogo siguen resonando en mi interior y me empujan a tomar decisiones pequeñas y concretas. Y esto ya es ponerse en camino. Muchas de estas palabras son suyas, pero al decirlas yo hoy, siento que es una manera de hacerlas mías también. La invitación a asumirlas por todas está servida….


 Chus Laveda, integrante del Núcleo Mujeres y Teología

lunes, 7 de marzo de 2022

El sexo en la vida

Las florecillas del campo, las abejitas, la hierba, las flores… casi todos los seres vivos se reproducen de forma sexual, entendido como la unión de material genético de dos criaturas distintas.  Sin embargo, al escuchar alrededor, especialmente en los ambientes religiosos, es común encontrarnos, hoy todavía, con una percepción negativa, si no, de frontal rechazo de todo lo que tenga que ver con sexualidad y coito.

Si bien en la iglesia católica se habla ahora de la sexualidad como una dimensión humana y una forma de conocimiento personal y se insiste en ella como una fuerza integradora del ser; en el contacto con la generalidad de creyentes se sigue percibiendo una imagen maliciosa de la sexualidad, rayando en la idea directa de pecado, si no cumple con una serie de estrictas condiciones enmarcadas dentro de normas morales preestablecidas.

El sexo en la Sagrada Escritura

La historia de la sexualidad humana comienza en la Sagrada Escritura con la creación del hombre y de la mujer.  Génesis 1, 27 se refiere al varón con la palabra hebrea zakar (que alude al miembro viril: puntudo) y neqebah (la perforada) para designar a la mujer.

La tradición bíblica enaltece la entrega de las parejas como un don de Dios y una alabanza a la creación.  El libro del Cantar de los Cantares es un poema erótico de espera, confianza y deseo de la persona amada.  Con partes muy explícitas de sexualidad: “tu sexo, una copa redonda, que rebosa vino aromado… Tus pechos, igual que dos crías mellizas de gacela…Oh, ven, amado mío, salgamos al campo, pasemos la noche en las aldeas…… allí te entregaré el don de mis amores…” (Libro del Cantar de los Cantares, capítulo 7).

            Recordemos a Ana, llorando porque no podía concebir y cómo Elcaná, su marido le implora (1Sam 1, 8): "Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿Es que no soy para ti mejor que diez hijos?".   Aquí no encontramos ninguna condición de fertilidad o procreación para el amor de pareja.  Elcaná reclama a su mujer, que no aprecie el amor y el gozo que le ofrece, aunque este no lleve a la concepción/procreación.

            El aprecio bíblico por el amor y la entrega de la pareja sexual es tan evidente que el libro del Deuteronomio (Dt 24, 5) establece que un hombre recién casado debe estar liberado de toda función o deber durante un año y literalmente dice: “hacer feliz a la mujer que ha tomado”.  ¡La principal función del varón recién casado es hacer feliz a su esposa! 

Asimismo, los profetas utilizaron ampliamente las relaciones maritales como imagen del amor de Dios: Oseas (1-3), Jeremías (2,2), Ezequiel (16; 23), Malaquías (2, 14-16). Estos textos exploran el amor marital comprendido con delicadeza, ternura, intimidad, un amor oblativo que busca, según los profetas, ser símbolo o imagen del amor de Dios por la creación y la humanidad.

Jesús hace propia la tradición del amor marital como símbolo del amor de Dios al utilizar con frecuencia en sus discursos la imagen de bodas, novios, banquetes nupciales en sus discursos. Para Jesús, la comunión (comunidad de amor), la solidaridad, la fidelidad, el compromiso que manifiesta un matrimonio que es vivido en el Señor, son símbolos del Reino de Dios.

Podríamos concluir que bíblicamente la alianza de Dios con su pueblo está escrita en clave de alianza esponsal y se prolonga a lo largo de toda la historia de revelación.

El sexo en el cristianismo

La sexualidad, que viene de Dios y nos hace participar del don creador, fue oculta en el armario y cubierta con un manto de vergüenza, al extremo de que se empezara a predicar su rechazo por los representantes y conocedores de la religión, a partir del segundo siglo de la era cristiana.  Esto generó que su práctica fuera escondida, llenándose de culpa y sufrimiento en gran parte de la historia cristiana posterior. 

Lamentablemente no podemos profundizar ahora en todas las razones teológicas, filosóficas y de género que sustentaban esta decisión.  Baste con decir que, en el cristianismo, influenciado por el estoicismo, el gnosticismo y el maniqueísmo de los primeros siglos, la celebración y el gozo de la sexualidad humana expresada en la Sagrada Escritura fue ocultada y dio paso a la sexualidad vinculada con la falta de control a los instintos, con la “animalidad”, con la vulgaridad, considerándose un deseo irracional y desordenado, llegando incluso a considerarla indigna de “humanidad”.

Consecuencias históricas

La sexualidad fue separada del evangelio y se predicó en el sentido de que la negación de la dimensión sexual humana era preferida por Dios.  Se llegó incluso a condicionar el seguimiento de Jesús a la absoluta abstinencia sexual. La realidad de ocultar la vida sexual, de encerrarla en un cuarto oscuro, propició que esta se viviera de tal forma que llegara a ser inhumana para una gran parte de la población. 

Quienes discutían y enseñaban sobre el sexo, fueron todos varones, cerrando a las mujeres la posibilidad de elaborar un discurso propio.  Señalaron a las mujeres de ser seductoras, causa de la caída de los hombres virtuosos, cuando éstos no controlaban sus instintos.  La mujer fue descrita como menos espiritual, menos inteligente, una versión inferior de ser humano.

Las mujeres fueron infantilizadas y reducidas a objeto de placer para el varón y medio para la procreación.  Se censuró el control de sus propios cuerpos y ritmos, y las mujeres que se atrevieron a utilizar la naturaleza creada por Dios, para tener control sobre la concepción y el embarazo, fueron señaladas de brujas.

Se condenó la antigua tradición erótica de las culturas que valoraban el juego y el placer con el objetivo de exaltar los sentidos para el mayor beneficio de la pareja.  Incluso, pareciera haberse perdido el sentido de pareja, anulando el cuerpo de las mujeres y sus necesidades y colocando la importancia en la satisfacción del instinto del varón, limitando el matrimonio únicamente a los fines procreativos, llegando a ver la sexualidad solamente desde el punto de vista androcéntrico y patriarcal.

No existió un interés por la sexualidad femenina. A la mujer se le consideró un objeto para la satisfacción de las “necesidades masculinas”.  De esta manera se ha justificado por milenios la violencia sexual contra las mujeres, la violación, el incesto, incluso la pedofilia.  En pleno siglo XXI aún se señala a las mujeres por “provocar” a los varones.  ¡Las mujeres somos responsables de los actos bestiales de los varones, de sus violencias, de sus incontinencias!

Nuestra cultura, al menos desde Latinoamérica, aun exalta la versión masculina del sexo y difícilmente se transmiten las necesidades sexuales de las mujeres a los hombres.  Es demasiado frecuente escuchar a las mujeres lamentarse por la insensibilidad hacia ellas de los hombres en el sexo, quienes suelen escucharse solo a sí mismos. Hoy todavía se celebra la violencia sexual como “hazaña viril”, incluso entre jóvenes.

Algunas reflexiones

Es necesario redescubrir la dimensión mística y sagrada del sexo, ya que es precisamente esto, su sacralidad, lo que lo vuelve humano y elemento constitutivo de la persona.

Bien harían las religiones y las iglesias en propiciar espacios para acompañar a las y los jóvenes en el aprecio y gozo de la sexualidad mutua, con el respeto y amor debidos, pero también el conocimiento necesario.  Este conocimiento no se limita a nombrar los aparatos reproductivos, sino debe descubrir las antiguas tradiciones eróticas, la sabiduría, la fiesta, el gozo que Dios ha regalado a la humanidad por medio del sexo.

Redimensionar la sexualidad humana y valorar los elementos específicamente femeninos de la misma, es un gran paso para la salud integral de nuestras sociedades y culturas.  Es en la intimidad, en las relaciones de pareja donde se desnuda el interior humano, se expone la vulnerabilidad y se muestra lo más auténtico del ser.

Cierro con una frase de William Countryman[1]: “El sexo es una de las mayores bendiciones de la creación y se ha de recibir con placer y acción de gracias”.


Silke Apel, teóloga y comunicadora


[1] William Countryman de su texto “Ética sexual del Nuevo Testamento y mundo actual”