Marzo de reivindicación y conversión

Durante el mes de marzo, las mujeres conmemoramos, nos movilizamos y hacemos propuestas en torno a las luchas feministas y la reivindicación de nuestros derechos. Pero marzo también es tiempo de cuaresma y por tanto, de oportunidad de conversión hacia procesos de liberación personales y colectivos que cuestionen y transformen las estructuras patriarcales en el ámbito familiar, comunitario, social y por supuesto, eclesial.

En estos tiempos de crisis democrática que vivimos y ante el avance de la ultraderecha, los recortes de derechos y la indiferencia frente al horror y dolor que provoca la muerte de miles de niñas, niños, mujeres, hombres, en Gaza, Irán, Líbano… y tantos otros lugares del mundo, tenemos que unir nuestras manos, cabeza y corazón no solo entre nosotras las mujeres de aquí y de allá, sino también con varones que defiendan y trabajen por la construcción de Vida, de Vida Buena, de Vida que todas y todos merecemos vivir en cualquier punto de la Tierra. Sumar para construir el Reino con el que el Dios de Jesús soñaba.

El encuentro de Jesús con la samaritana (Jn 4, 1-42), nos anima en esta dirección porque Jesús al dirigirse a ella rompe barreras, trasciende prejuicios y propone una visión transformadora de la igualdad humana. En un gesto sencillo, cotidiano (“el agua del pozo”) pero muy simbólico (“el agua viva”), Jesús reconoce la dignidad, la voz y la capacidad de diálogo e interlocución de la mujer samaritana, y con ella de todas las mujeres.

En la plática, la mujer samaritana debate y reflexiona, incluso sobre cuestiones espirituales con Jesús, con seguridad y libertad. Y Jesús la escucha, responde, profundiza sin imponer, sin juzgar la vida pasada de la mujer, generando así un espacio donde ambos crecen, aprenden, se cuestionan y se transforman mutuamente.

Este encuentro enseña un modo de estar que permite que la mujer samaritana, y con ella todas las mujeres, rompa con los estereotipos, asuma  un papel activo y vaya a anunciar a su comunidad lo que ha vivido. Este acto refleja empoderamiento y responsabilidad porque la igualdad no consiste solo en recibir reconocimiento, sino también en ejercer la propia voz y participar en la construcción del Bien Común. O como tantas veces se ha reflexionado en el Núcleo, este hecho nos libera de cargas y estigmas y nos permite como mujeres, poner en valor nuestras capacidades en la construcción de sociedades justas e inclusivas.

Pero además, este evangelio nos muestra que el mensaje de Jesús, una sociedad de iguales y de relaciones basadas en el cuidado, la compasión, ternura y reciprocidad, es posible para todos y todas. Porque la igualdad entre personas —ya sea de género, cultura o condición social— no puede ser entendida como una tarea de un solo lado. No basta con que los varones “cedan espacios” sino que es necesario un compromiso mutuo. La igualdad auténtica se construye en el encuentro, en el diálogo sincero y en la disposición a reconocer al otro como igual en dignidad y valor.

En el contexto global y en el nuestro más cercano, donde parece que la democracia ya no es garantía de prosperidad y “vida buena”, el regreso del autoritarismo y el sometimiento de las instituciones democráticas a los intereses de unas pequeñas élites, es cada vez más evidente. En estos procesos donde se activa la polarización, donde la mentira no se esconde, donde la migración se convierte en una moneda de cambio y desaparecen derechos conquistados, el encuentro entre Jesús y la mujer samaritana nos recuerda que desde lo cotidiano podemos crear comunidad que posibilite invertir esta lógica del poder dominante.

Para ello es necesario una cultura de la compasión que ponga en el centro a quienes hoy están en las periferias privilegiando la mirada desde abajo, desde el lugar donde están las personas descartadas y excluidas por el sistema. Una comunidad que frente a la fragmentación, nos permita crear relaciones afectivas que nos sostengan y cuiden, capaces de encuentros entre personas diversas y de reconciliar diferencias. Una comunidad donde la dignidad e igualdad de todas las personas es esencial. Una comunidad que nos comprometa con la humanidad global. Una comunidad movida por una espiritualidad que aporte alma, esperanza, agradecimiento y cuidado por todo lo creado.

Ainhoa Artetxe

No hay comentarios:

Publicar un comentario