miércoles, 25 de marzo de 2026

Marzo de reivindicación y conversión

Durante el mes de marzo, las mujeres conmemoramos, nos movilizamos y hacemos propuestas en torno a las luchas feministas y la reivindicación de nuestros derechos. Pero marzo también es tiempo de cuaresma y por tanto, de oportunidad de conversión hacia procesos de liberación personales y colectivos que cuestionen y transformen las estructuras patriarcales en el ámbito familiar, comunitario, social y por supuesto, eclesial.

En estos tiempos de crisis democrática que vivimos y ante el avance de la ultraderecha, los recortes de derechos y la indiferencia frente al horror y dolor que provoca la muerte de miles de niñas, niños, mujeres, hombres, en Gaza, Irán, Líbano… y tantos otros lugares del mundo, tenemos que unir nuestras manos, cabeza y corazón no solo entre nosotras las mujeres de aquí y de allá, sino también con varones que defiendan y trabajen por la construcción de Vida, de Vida Buena, de Vida que todas y todos merecemos vivir en cualquier punto de la Tierra. Sumar para construir el Reino con el que el Dios de Jesús soñaba.

El encuentro de Jesús con la samaritana (Jn 4, 1-42), nos anima en esta dirección porque Jesús al dirigirse a ella rompe barreras, trasciende prejuicios y propone una visión transformadora de la igualdad humana. En un gesto sencillo, cotidiano (“el agua del pozo”) pero muy simbólico (“el agua viva”), Jesús reconoce la dignidad, la voz y la capacidad de diálogo e interlocución de la mujer samaritana, y con ella de todas las mujeres.

En la plática, la mujer samaritana debate y reflexiona, incluso sobre cuestiones espirituales con Jesús, con seguridad y libertad. Y Jesús la escucha, responde, profundiza sin imponer, sin juzgar la vida pasada de la mujer, generando así un espacio donde ambos crecen, aprenden, se cuestionan y se transforman mutuamente.

Este encuentro enseña un modo de estar que permite que la mujer samaritana, y con ella todas las mujeres, rompa con los estereotipos, asuma  un papel activo y vaya a anunciar a su comunidad lo que ha vivido. Este acto refleja empoderamiento y responsabilidad porque la igualdad no consiste solo en recibir reconocimiento, sino también en ejercer la propia voz y participar en la construcción del Bien Común. O como tantas veces se ha reflexionado en el Núcleo, este hecho nos libera de cargas y estigmas y nos permite como mujeres, poner en valor nuestras capacidades en la construcción de sociedades justas e inclusivas.

Pero además, este evangelio nos muestra que el mensaje de Jesús, una sociedad de iguales y de relaciones basadas en el cuidado, la compasión, ternura y reciprocidad, es posible para todos y todas. Porque la igualdad entre personas —ya sea de género, cultura o condición social— no puede ser entendida como una tarea de un solo lado. No basta con que los varones “cedan espacios” sino que es necesario un compromiso mutuo. La igualdad auténtica se construye en el encuentro, en el diálogo sincero y en la disposición a reconocer al otro como igual en dignidad y valor.

En el contexto global y en el nuestro más cercano, donde parece que la democracia ya no es garantía de prosperidad y “vida buena”, el regreso del autoritarismo y el sometimiento de las instituciones democráticas a los intereses de unas pequeñas élites, es cada vez más evidente. En estos procesos donde se activa la polarización, donde la mentira no se esconde, donde la migración se convierte en una moneda de cambio y desaparecen derechos conquistados, el encuentro entre Jesús y la mujer samaritana nos recuerda que desde lo cotidiano podemos crear comunidad que posibilite invertir esta lógica del poder dominante.

Para ello es necesario una cultura de la compasión que ponga en el centro a quienes hoy están en las periferias privilegiando la mirada desde abajo, desde el lugar donde están las personas descartadas y excluidas por el sistema. Una comunidad que frente a la fragmentación, nos permita crear relaciones afectivas que nos sostengan y cuiden, capaces de encuentros entre personas diversas y de reconciliar diferencias. Una comunidad donde la dignidad e igualdad de todas las personas es esencial. Una comunidad que nos comprometa con la humanidad global. Una comunidad movida por una espiritualidad que aporte alma, esperanza, agradecimiento y cuidado por todo lo creado.

Ainhoa Artetxe

viernes, 6 de marzo de 2026

8 DE MARZO: MEMORIA QUE RESISTE, ESPERANZA QUE CAMINA

 Hoy recordamos que somos resistencia: mujeres que, como tantas antes que nosotras, sostienen la vida cuando es amenazada. Resistimos desde el amor, desde la conciencia, desde la memoria que se niega a callar. Sostenemos la vida que habla desde adentro, de nuestro corazón unido al corazón de la Madre Tierra. Porque la historia no se olvida, se guarda para ser custodiada y validada.

Somos lucha: acción silenciosa y valiente que transforma la historia paso a paso. Porque incluso el gesto pequeño puede abrir caminos de dignidad. Porque nuestro actuar acontece en el silencio del gesto sencillo y amoroso, pero como la semilla de mostaza, brota poco a poco y llegará a dar frutos y ramas bellas en donde anidarán infinidad de pájaros.

Defendemos la vida en toda su plenitud. La vida de las niñas, de las abuelas, de las que trabajan, de las que cuidan, de las que sueñan. Porque somos vida, aliento que emana de la fuerza de la Sabiduría.

Tenemos hambre y sed de justicia, y no renunciamos a ella. Creemos en la promesa de que quienes la buscan serán saciadas. Porque la sed de justicia espera a ser denuncia y anuncio de que ya viene el Reino.

Y afirmamos nuestra identidad: somos parte de la historia, no sus márgenes. Que nos vean. Que nos escuchen. Que nuestra voz cuente.

Este 8 de marzo caminamos juntas. Por la dignidad. Por nuestra voz. Por la memoria. Por la vida.


Rita María Gálvez Retolaza
Psicóloga Clínica
Diplomada en Teología


jueves, 5 de marzo de 2026

8 de marzo – Día Internacional de las Mujeres

En este 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, nos unimos a la memoria viva de quienes abrieron camino con su palabra, su organización y su lucha. Esta fecha conmemora a las trabajadoras que a inicios del siglo XX se organizaron para exigir condiciones laborales dignas, reducción de jornadas extenuantes y reconocimiento de sus derechos políticos. Durante todo ese siglo, las mujeres siguieron reclamando sus derechos y fue en 1975 que la Organización de las Naciones Unidas reconoció oficialmente el 8 de marzo como el día para exigir el cumplimiento de los derechos de las mujeres. Por esas vidas, luchas y brechas abiertas, esta es una jornada de memoria, denuncia, compromiso colectivo por la justicia y horizonte de esperanza activa.

Como organización de mujeres diversas que nos hemos unido para repensar la fe desde una perspectiva feminista, liberadora y ecofeminista levantamos nuestra voz ante las múltiples formas de exclusión, silenciamiento y violencia simbólica que atraviesan la vida de las mujeres en la sociedad, en general, y las iglesias, en particular. 

Denunciamos la persistencia de estructuras patriarcales que restringen el acceso de las mujeres a espacios de decisión, que limitan su autoridad teológica y pastoral, y que deslegitiman sus experiencias espirituales, así como la desigualdad en el reconocimiento del trabajo pastoral, educativo y comunitario que miles de mujeres sostienen cotidianamente sin recibir el mismo valor ni la misma visibilidad que sus pares varones.

Afirmamos que la fe no puede ser utilizada para perpetuar el miedo ni para justificar la subordinación. La espiritualidad que proclamamos nace del Evangelio de la dignidad y del cuidado, y coloca en el centro la vida plena de las mujeres en toda su diversidad. Desde esta convicción afirmamos que, para que pueda surgir una nueva humanidad, es imprescindible que existan nuevas relaciones entre mujeres y hombres. Por eso luchamos por la liberación de las mujeres como condición indispensable para la transformación profunda de nuestras comunidades de fe y de nuestras sociedades.

Reivindicamos el derecho de las mujeres a interpretar las Escrituras desde nuestros cuerpos y territorios, a nombrar a Dios con metáforas que abracen la experiencia femenina, a participar en igualdad de condiciones en los ministerios y liderazgos, a decidir sobre nuestras vidas y proyectos.

Reconocemos la fuerza de todas las mujeres que sostienen la fe comunitaria. Reafirmamos que la justicia de género es inseparable de la justicia social y de la defensa de los derechos humanos.

En este 8 de marzo tendemos un puente con otras mujeres creyentes, religiosas, pastoras, catequistas, laicas comprometidas, así como con movimientos sociales, colectivos feministas y organizaciones de derechos humanos. Les convocamos a fortalecer redes de sororidad, formación crítica y acción pública. Les invitamos a imaginar juntas iglesias donde la autoridad no se funde en la exclusión, donde el lenguaje litúrgico nombre la experiencia femenina, donde la toma de decisiones incluya la voz de todas.

Silvia Trujillo