miércoles, 8 de julio de 2026

DIOS COMO ABUELA

Casi siempre escuchamos hablar sobre el dios de la mente, de los conceptos: confesiones de fe, dogmas y doctrinas, representado con imágenes masculinas.  Un ser extraordinario, poderoso, que conoce lo que piensas, incluso tus intensiones más profundas para pedirte cuentas.  Es el dios analizado, descrito e incluso definido y delimitado por las elucubraciones teológicas llevadas a cabo en las cabezas de ilustres pensadores varones, quienes han clasificado el amor en eros, filia y ágape[i] jerarquizándolo.

Se enseña que dios limita con severidad la pasión y el deseo, llamándolas expresiones del eros, con especial saña a las mujeres y que además les exige a ellas el olvido de sí mismas para atender las necesidades tanto privadas como colectivas de la sociedad estructurada según paradigmas patriarcales. 

Sin embargo, muchas mujeres viven una forma diferente de amor, que no separa, no jerarquiza, no condiciona.  Se da siempre, no exige nada a cambio, se ofrece, como dice Jesús, hasta dar la vida por aquellos a los que se ama incondicionalmente (Jn 15,13).

La primera experiencia que tienen algunas mujeres de ese amor incondicional y pleno, puede ser la maternidad, cuando se acompaña, guía y nutre desde la gestación hasta la adultez a los hijxs que son alimentados desde los cuerpos de las mujeres, nutridos desde sus entrañas.  Muchas madres se desbordan en amor sobre sus hijxs. Se les quiere proteger de todo en la niñez, defender de profesores injustos en la escuela, llorar sus desamores, se sienten propios los corazones rotos de la juventud y se sufren sus crisis personales o profesionales en la adultez.

Sin embargo, se espera que cumplan con metas, asustan sus fracasos, se siente la responsabilidad de prepararlos para la vida, deseando para ellos vidas con propósito, desarrollo humano, estabilidad social, amorosa y económica.  Se les quiere guiar y orientar según los propios paradigmas sociales, culturales y religiosos.  También preocupa la estabilidad económica para cubrir gastos, estudios, alimentación, vestido, etc, especialmente en Latinoamérica, donde nada está garantizado y lxs chicxs dependen del ingreso económico de sus padres para desarrollarse adecuadamente en la vida.

Cuando se van de la casa y se responsabilizan de sus propias vidas, se experimenta un gran alivio y se puede llegar a pensar “misión cumplida”, nos relajamos, celebramos y gozamos de sus éxitos y de nuestras nuevas posibilidades.

Y entonces vienen lxs nietxs… de repente nos situamos en otro lugar de la vida y los evangelios adquieren otro matiz.

La responsabilidad económica y su desarrollo recae sobre sus padres y las abuelas pueden realmente amar sin restricciones, desde lo más profundo de las entrañas, sabiendo que es el fruto del amor de sus hijxs, participando de un nacimiento sin dolor propio.  Se puede sentir al bebé tan propio como lxs hijxs, pero se observa, acompaña, sostiene sin miedo, con experiencia, con la sabiduría y presencia que solo las canas y arrugas pueden brindar.

En este nuevo ser que se recibe con más consciencia, más agradecimiento, más presencia, se puede apreciar una auténtica revelación del Misterio Divino descubriendo que todo lo que es y su desarrollo es fruto del amor, la gracia y misericordia de la Divina Providencia que sustenta la vida en todas sus manifestaciones.

Cuando se reconoce cómo se revela lo divino en la criatura más vulnerable e indefensa y nos desborda la urgencia por el cuidado de otrx, sin restricciones, sin limitaciones, incondicionalmente, se puede imaginar el amor de Abbá del cual nos hablaba Jesús de Nazaret donde las palabras respecto al Dios que hace brillar el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos (Mt 5, 45) resuenan en su sentido más pleno.

Jesús, al revelarnos el  Abbá, no creo que se refiriera a una autoridad, una monarquía, un sistema de control o de creencias; al contrario, no puedo dejar de pensar que ese sentimiento que me desborda por dentro, erótico, que surge de mi más profundo interior, de mis entrañas e implica todo mi ser;  agápico al procurar el cuidado y la atención de lo más pequeño y frágil, ofreciéndose incondicionalmente, y filial porque siente la criatura como propia, ha de ser una arista de esa idea de Dios que nos quiso transmitir Jesús.

Cuando se es abuela ya no hay preocupación por alcanzar metas, cumplir con un desarrollo determinado o comparaciones con otros que ya gatean… ya caminan… ya no utilizan pañal… ya andan en bicicleta… solo existe un profundo asombro por el desarrollo natural de la vida, un agradecimiento por lo que es y el reconocimiento de la perfección de las cosas tal y como son, sin expectativas, absolutamente incondicional.

El Dios del Amor revelado por Jesús y transmitido por los evangelios, desborda nuestra mente, es inaprehensible y no puede ser reducido a conceptos, que, si bien orientan, precisan de ser ampliados por el cultivo de la interioridad en la experiencia de la vida.  El Espíritu Santo sopla dónde y cómo quiere (cf. Jn 3,8) y sólo se le puede encontrar en la realidad personal, desde las propias entrañas, desde los cuerpos y vidas particulares de cada ser humano en su contexto, en su propia experiencia vital.

Si bien es necesario tener claros unos elementos que expliquen por dónde nos lleva la fe cristiana y la experiencia espiritual encaminada al seguimiento de Jesús de Nazareth, no se puede aceptar que se imponga a las mujeres, especialmente a las madres y abuelas, paradigmas espirituales nacidos de vidas conventuales, masculinas o clericales.  Sus experiencias de vida son distintas, por lo tanto, también lo es la experiencia del misterio en ellas.

Por eso es tan importante la teología feminista, porque en primer lugar nos invita a sospechar de todo lo que ha sido interpretado por varones en ambientes patriarcales e impuesto a las mujeres como voluntad divina.  En segundo lugar, nos sitúa en nuestros contextos específicos y cuestiona el pensamiento teológico sexista, uniforme y exclusivista invitando a vivir el misterio en la realidad específica en la cual vivimos.  Señala además que la experiencia espiritual no está condicionada por la orientación sexual, la opción de vida o la corrección doctrinal.

Por eso, cuando se me ocurre comparar el amor que siento como abuela con el amor de Dios por mí, me siento profundamente abrazada, acompañada y amada incondicionalmente.  Eso hay que vivirlo para conocerlo, no se puede transmitir con palabras. porque las enseñanzas o guías desde los preceptos y conceptos no desvelan el pleno y profundo amor de Dios por nosotros.

No hay instrucciones para ser abuela ni para conocer a Dios, hay que vivirlo, sentirlo y saborearlo.

Silke Apel
Teóloga

[i] Estos son los nombres griegos con los cuales se han definido las “formas de amor” Eros como amor erótico y apasionado; ágape como un amor altruista, incondicional; filia o philia como amor fraterno, de hermanos.