martes, 7 de junio de 2022

Por un mundo sin violencia hacia las mujeres y el planeta Tierra

 

 

    Es difícil mirar la realidad que nos rodea y no perder la esperanza. ¿A qué realidad me refiero? A esa inmensa mayoría de personas que sufren la injusticia, la pobreza, la violencia, la exclusión a todos los niveles, en definitiva, al efecto devastador del patriarcado que, como un cáncer, ha invadido desde hace miles de años nuestro mundo. Y no solo me refiero al cincuenta por ciento de la humanidad que son las mujeres, sino también a nuestra casa común que nos acoge y que está tan maltratada. Me pregunto ¿cómo es posible que estemos echando piedras contra nuestro propio tejado?

    Por eso la mirada ecofeminista nos invita a ser conscientes y a escuchar el grito de las mujeres y el grito de la tierra, dos realidades que no podemos separar porque sufren el efecto destructivo del patriarcado.

    Según ONU Mujeres la violencia contra las mujeres y las niñas ha aumentado de manera significativa en los últimos años. Según datos disponibles de 106 países se estima que 736 millones de mujeres -alrededor de una de cada tres- ha experimentado alguna vez en su vida violencia física o sexual por parte de una pareja íntima, o violencia sexual perpetrada por alguien que no era su pareja (el 30% de las mujeres de 15 años o más)[1]. Datos espeluznantes que no nos tienen que dejar indiferentes. En estas cifras no se contempla la violencia como arma de guerra, realidad terrible que están viviendo muchas mujeres. En Ucrania están informando atrocidades en este sentido. Sin ir más lejos, leía una noticia de un soldado ruso que llamó a su novia para pedirle permiso de violar a mujeres ucranianas, la respuesta de la novia fue que sí pero que no se lo contase y que se protegiera. No podía dar crédito a la petición del soldado y a la respuesta de la novia. Hasta qué punto está naturalizada esa forma de “dañar” los cuerpos de las mujeres como campo de batalla y un efecto colateral de las guerras. El dominio masculino que considera a las mujeres un “terreno” suyo en el que puede hacer lo que le plazca. ¡Hasta cuándo! Hay que gritar, hay que salir a las calles, hay que denunciar, que las mujeres no somos propiedad de nadie, nada más que de nosotras mismas. Que nuestros cuerpos son nuestros y solo nosotras podemos decidir libremente qué queremos hacer.

    Y ese dominio del que he estado hablando es el mismo que el patriarcado ejerce sobre nuestra casa común, que también la considera un “terreno” que puede violarlo, destrozarlo y dañarlo con tal de sacar el beneficio y el lucro que le interesa.

    Por eso, es que necesitamos la mirada ecofeminista que nos quite el velo de los ojos y nos haga salir a las calles a gritar con todas nuestras fuerzas NO MÁS, NI UNA MÁS. Cuando todas nos levantemos, tal vez podamos mantener la esperanza de un mundo mejor, de unas relaciones más respetuosas, equitativas y justas, donde cada ser que respira en el ancho mundo, pueda vivir sin temor a ser devorado, destruido o violado.

                                         


                    Maite Menor Esteve
Integrante de Núcleo Mujeres y Teología

                                                                                                                                Junio 2022

viernes, 13 de mayo de 2022

La teología de la felicidad

 

   Hace pocos días recibí por vía virtual una foto, mostraba a un infante en brazos de una persona adulta, la criatura con la mirada a una escultura de un Cristo ensangrentado, de Jesús con la corona de espinas. El niño estaba tan cerca de la escultura, que casi la tocaba.

    La imagen del bebé provoca ternura, pero esa acción del acercamiento a algo que está fuera del alcance de comprensión del pequeño visitante, sin entrar a un análisis psicológico, me genera interrogantes… ¿Cuál sería el posible discurso de quien lo sostiene?

    Sirva la introducción para relacionarla con la formación cristiana, porque desde la niñez se nos ha dado a beber el dolor, la culpa, y el pecado, de una manera endulzada, por no decir romantizado.

    Dicha tradición ha sido alimentada con figuras que han entrado por nuestras pupilas y oídos, que han permeado la memoria como símbolos y connotaciones, que en nuestro caminar hemos sometido a deconstrucción, en personal apertura y dimensión.

    El tema nos indica retroceder la mirada a la Edad Media, al siglo XII, para reconocer la tríada antes mencionada: dolor, culpa y pecado, que permeaba el ambiente de la victimización y la autoflagelación. Por ello, importante es destacar que hubo personas, quienes con valentía y determinación iniciaron un proceso contracultura, a otro nivel, vale decir, con base en un concepto diferente de percibir a Dios. Una pionera en esta hazaña fue la visionaria y polímata Hildegarda de Bingen (1098-1179), reconocida hasta 2012 como beata alemana por la Iglesia católica romana.

    Su sabiduría y poder le permitieron salvarse de la hoguera, porque no fue fácil sobrellevar el privilegio de recibir instrucciones divinas. Dichas experiencias sobrenaturales, que desde la niñez recibió, causaron asombro e incomprensión. Y de manera simple, sobre las visiones exponemos que fueron la fuente de conocimiento que recibía en una luminosidad, acompañada de una voz que le dictaba para que escribiera y lo compartiera. Hildegarda explicaba que las escuchaba en cualquier momento, sin perder sus sentidos, ni en estado de sueño, ni de éxtasis. No los percibía con los oídos corporales, sino con los del alma. Era una teofanía a la que llamaba Sombra de la luz viviente.

    En ese ámbito medieval ella observó que, las mujeres eran apartadas de vivir su libertad, estaban vedadas de ser felices, y las opciones ofrecidas eran el ascetismo, la renuncia, la donación de bienes y el sufrimiento. Además, Iglesia y sociedad iban de la mano en encaminar valores cristianos en donde a las jóvenes se les determinaba el futuro hacia la ofrenda, la entrega, y a la penitencia; percibían que la felicidad era como acto de narcicismo, o una categoría egoísta. De tal forma que en esa época, se caía en herejía cuando las mujeres buscaban la felicidad como derecho.

    Es desde ese panorama hostil que Hildegarda tejiera sus luchas y visiones. Pese a la oposición del sistema eclesial Hildegarda y las Beguinas, le dieron un giro a la vida monacal, superaron la vida de silencio, de penitencia y pobreza. Ellas instauraron cambios, negaban el dualismo imperante, concebían el ser en su totalidad, la unidad. Además, administraban sus bienes, y también compartían.

    En esta reflexión nos referimos en concreto a la visión que Hildegarda titulara: El vicio de la infelicidad y la virtud de la felicidad.

    Por ello basaban el aprendizaje en seguir a un Dios feliz, de luz, que las habitaba.

    Señalamos también que dicha visión responde a la mirada interior, a la místicaii, que se sostenía en el encuentro con Dios. Además, contempla que el hombre que se lamenta, está separado de Dios, porque ha caído en lo oscuro, y lo llenaba la infelicidad que venía del mal, en esto, debemos comprender que proviene de una creyente, hija de su tiempo, mencionaba a Lucifer como propiciador de la oscuridad sobre el actuar humano.

    Algo más, desde la mística se llegaba a la felicidad, como añadidura al pertenecer a Dios, un derecho humano al cual todas las mujeres debieran estar incluidas. Hildegarda rompió los esquemas, en los dos monasterios que fundó. Ya no todo va a ser silencio, enseña el disfrute de la vida en cada actividad desde el lema Ora et labora. Y, aún dentro de la disciplina, ella motivaba al disfrute, al derecho a satisfacer los deseos personales y los sueños que estaban contemplados en la experiencia del seguimiento y llenura de Dios.

    Cabe señalar, que la felicidad que enseñaba Hildegarda debemos comprenderla como el esplendor que tonifica, para resistir la adversidad. No se trata solo de la alegría superficial, que descuida prioridades, sino, la práctica de esa virtud, la felicidad, que proporciona el dinamismo, para facilitar de manera armoniosa la faena cotidiana.

    Para terminar, vale cuestionarnos si nuestro quehacer propicia la vida abundante que se menciona en el Nuevo Testamento en Juan 10,10, que convoca a la felicidad… y ¿Cuál es son las imágenes de Dios que sustentan hoy nuestro caminar? ¿Son nuestros los signos y discursos sobre el gozo, la celebración y propiciación de la vida, sobre la resurrección, y la encarnación?

    Sea nuestra tarea dirigida a que más mujeres alcancen sus derechos, hacia la vida digna. Que no haya más oscurantismos…

Lilian Haydee Vega Ortiz
 Integrante del Núcleo Mujeres y Teología
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i Las Beguinas fueron mujeres cristianas que, en el siglo XII, en Flandes y los Países Bajos, decidieron agruparse para vivir juntas su derecho de entrega a Dios y a los más necesitados, pero haciéndolo al margen de las estructuras de la Iglesia católica, a la que rechazaban por su corrupción y por no reconocer los derechos de las mujeres.  

ii Ver La visión, película en YouTube. Ver Scivias, la obra más importante de la escritora.

martes, 5 de abril de 2022

Abuso espiritual



 Participando en una de las conversaciones sobre el Sínodo Católico de las Mujeres me resonó distinta la expresión “abuso espiritual”. He escuchado muchas veces la palabra abuso relacionado con abuso sexual hacia las mujeres. Abuso, manipulación violencia de tantos tipos. Pero abuso espiritual… y me quedé pensando. Tienen razón.

      Siendo el tema el Sínodo Eclesial, y en esta oportunidad el Sínodo de las Mujeres, comencé a repensar algunas situaciones que hoy se siguen dando en nuestra Iglesia católica, que es a la que yo pertenezco.

     Tenemos razón cuando decimos que han manipulado nuestras conciencias en beneficio de los varones y su poder hegemónico en la comunidad. Nos han señalado un camino, unas tareas y un lugar y, todo ello, en nombre de una teología patriarcal que nos deja fuera. Y con unos argumentos que hoy ya no se sostienen.

     Nos duele el abuso sexual, el económico, el de poder, pero nos duele más el abuso de conciencia que nos deja fuera, como seres infantiles, incapaces de pensar por nosotras mismas. Y nos duele más porque lo hacen afirmándose en la propia teología, que, por supuesto es hegemónica del varón, patriarcal, e invisibilizadora de las mujeres y su acción a través de la historia. Y ya sabemos qué pasa. Porque son muchas las mujeres que creen en esta hegemonía del varón, sin ser conscientes de ella. Y siguen teniendo su pensamiento anclado en siglos de historia patriarcal, sin plantear cambios, porque siempre ha sido así y así lo hemos normalizado. Lo creemos porque así nos lo contaron y así nos dijeron que era. Y así es nuestro pensar sobre Dios, el hombre, la mujer, y los roles asignados para cada uno de ellos. Lo creemos así y así lo vivimos hasta hoy. Mientras, los que sustentan el poder religioso saben, nosotras también lo sabemos, que lo más difícil es cambiar las creencias y desde ahí, tienen la batalla ganada. Porque frente a todos estos abusos que permanecen impunes, ejercen la conducta unánime de la conspiración del silencio.

    Las mujeres que pensamos diferente, las que enseñan teología con ojos de mujer, la creciente criminalización de las mujeres que defienden los derechos de ellas mismas y de la tierra, la política de permitir que recojamos las migajas de nuestra participación en la Iglesia…es la nueva forma de caza de brujas que estamos sufriendo hoy. Por todo ello tiene sentido la “Revuelta de las Mujeres en la Iglesia” que se ha iniciado en varios países y aplaudimos el lema que las guía: “hasta que la igualdad se haga costumbre”. 

    Abuso espiritual, manipulación de nuestras conciencias para acallar los gritos que se nos quedan dentro… porque su dios pequeño nos quiere así, sumisas, obedientes, calladas…porque siempre ha sido así. Necesitamos ser supervisadas por un varón, no sea que faltemos a la ortodoxia, a su interpretación de la espiritualidad que no tiene más canon que el patriarcal. 

Sentimos el llamado a recuperar la historia de otras mujeres cuyo liderazgo nos fortalece y anima nuestra esperanza. Recrear nuevas liturgias, nuevas formas de celebración, nuevos modos de vivir nuestra espiritualidad desde nosotras mismas, de forma creativa y sororal. Es evidente que esta propuesta es arriesgada y crea conflictos, no vamos a engañarnos, pero si queremos lograr nuestro sueño y recuperar nuestro espacio eclesial, en igualdad con los varones, hay que seguir empujando la historia en esta dirección. Soñar en una eclesialidad de iguales, con una participación plena en la mesa de la comensalía. 

    Hemos de recuperar los valores que están en la raíz del evangelio de Jesús de Nazaret, valores de igualdad y equidad, de reconocimiento de las mujeres. Algo que no inventamos nosotras, sino que está en los inicios del Movimiento evangelizador, sanador y salvador de Jesús. Reactualizar signos y gestos que tengan sentido para nuestro tiempo. Dejar de lado lo que ya no nos sirve a las mujeres. Recuperar la importancia de la pluralidad y diversidad de nuestra realidad de mujeres que requiere apertura a todas. Forjar un liderazgo alternativo. Crear espacios de sanación de heridas provocadas por el patriarcado. Se han levantado voces que nos dicen que sin inclusión de las mujeres no hay sinodalidad, ya que estamos trabajando en esta tarea pedida por el papa Francisco del Sínodo de la Sinodalidad. Gran paradoja… 

    Se nos invita a preguntarnos de qué fuente se nutre nuestra espiritualidad, de qué teologías, -¿dañinas para las mujeres?- Desaprender, sospechar, deconstruir saberes y recrearlos, aprender a trascender formalismos, sentí-pensar la realidad de otra manera. Son palabras que me quedaron resonando. Porque es verdad, nos han cooptado nuestras conciencias, y hemos de ponerle nombre: abuso espiritual. 

    Estamos en un momento de no retorno y tenemos por delante un camino de subversión profética. Atrevámonos a vivir de manera diferente. Nuestra Iglesia está en crisis. Podemos transformarla en una oportunidad de generar algo nuevo.

    Las voces de estas compañeras de diálogo siguen resonando en mi interior y me empujan a tomar decisiones pequeñas y concretas. Y esto ya es ponerse en camino. Muchas de estas palabras son suyas, pero al decirlas yo hoy, siento que es una manera de hacerlas mías también. La invitación a asumirlas por todas está servida….


 Chus Laveda, integrante del Núcleo Mujeres y Teología

lunes, 7 de marzo de 2022

El sexo en la vida

Las florecillas del campo, las abejitas, la hierba, las flores… casi todos los seres vivos se reproducen de forma sexual, entendido como la unión de material genético de dos criaturas distintas.  Sin embargo, al escuchar alrededor, especialmente en los ambientes religiosos, es común encontrarnos, hoy todavía, con una percepción negativa, si no, de frontal rechazo de todo lo que tenga que ver con sexualidad y coito.

Si bien en la iglesia católica se habla ahora de la sexualidad como una dimensión humana y una forma de conocimiento personal y se insiste en ella como una fuerza integradora del ser; en el contacto con la generalidad de creyentes se sigue percibiendo una imagen maliciosa de la sexualidad, rayando en la idea directa de pecado, si no cumple con una serie de estrictas condiciones enmarcadas dentro de normas morales preestablecidas.

El sexo en la Sagrada Escritura

La historia de la sexualidad humana comienza en la Sagrada Escritura con la creación del hombre y de la mujer.  Génesis 1, 27 se refiere al varón con la palabra hebrea zakar (que alude al miembro viril: puntudo) y neqebah (la perforada) para designar a la mujer.

La tradición bíblica enaltece la entrega de las parejas como un don de Dios y una alabanza a la creación.  El libro del Cantar de los Cantares es un poema erótico de espera, confianza y deseo de la persona amada.  Con partes muy explícitas de sexualidad: “tu sexo, una copa redonda, que rebosa vino aromado… Tus pechos, igual que dos crías mellizas de gacela…Oh, ven, amado mío, salgamos al campo, pasemos la noche en las aldeas…… allí te entregaré el don de mis amores…” (Libro del Cantar de los Cantares, capítulo 7).

            Recordemos a Ana, llorando porque no podía concebir y cómo Elcaná, su marido le implora (1Sam 1, 8): "Ana, ¿por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿Es que no soy para ti mejor que diez hijos?".   Aquí no encontramos ninguna condición de fertilidad o procreación para el amor de pareja.  Elcaná reclama a su mujer, que no aprecie el amor y el gozo que le ofrece, aunque este no lleve a la concepción/procreación.

            El aprecio bíblico por el amor y la entrega de la pareja sexual es tan evidente que el libro del Deuteronomio (Dt 24, 5) establece que un hombre recién casado debe estar liberado de toda función o deber durante un año y literalmente dice: “hacer feliz a la mujer que ha tomado”.  ¡La principal función del varón recién casado es hacer feliz a su esposa! 

Asimismo, los profetas utilizaron ampliamente las relaciones maritales como imagen del amor de Dios: Oseas (1-3), Jeremías (2,2), Ezequiel (16; 23), Malaquías (2, 14-16). Estos textos exploran el amor marital comprendido con delicadeza, ternura, intimidad, un amor oblativo que busca, según los profetas, ser símbolo o imagen del amor de Dios por la creación y la humanidad.

Jesús hace propia la tradición del amor marital como símbolo del amor de Dios al utilizar con frecuencia en sus discursos la imagen de bodas, novios, banquetes nupciales en sus discursos. Para Jesús, la comunión (comunidad de amor), la solidaridad, la fidelidad, el compromiso que manifiesta un matrimonio que es vivido en el Señor, son símbolos del Reino de Dios.

Podríamos concluir que bíblicamente la alianza de Dios con su pueblo está escrita en clave de alianza esponsal y se prolonga a lo largo de toda la historia de revelación.

El sexo en el cristianismo

La sexualidad, que viene de Dios y nos hace participar del don creador, fue oculta en el armario y cubierta con un manto de vergüenza, al extremo de que se empezara a predicar su rechazo por los representantes y conocedores de la religión, a partir del segundo siglo de la era cristiana.  Esto generó que su práctica fuera escondida, llenándose de culpa y sufrimiento en gran parte de la historia cristiana posterior. 

Lamentablemente no podemos profundizar ahora en todas las razones teológicas, filosóficas y de género que sustentaban esta decisión.  Baste con decir que, en el cristianismo, influenciado por el estoicismo, el gnosticismo y el maniqueísmo de los primeros siglos, la celebración y el gozo de la sexualidad humana expresada en la Sagrada Escritura fue ocultada y dio paso a la sexualidad vinculada con la falta de control a los instintos, con la “animalidad”, con la vulgaridad, considerándose un deseo irracional y desordenado, llegando incluso a considerarla indigna de “humanidad”.

Consecuencias históricas

La sexualidad fue separada del evangelio y se predicó en el sentido de que la negación de la dimensión sexual humana era preferida por Dios.  Se llegó incluso a condicionar el seguimiento de Jesús a la absoluta abstinencia sexual. La realidad de ocultar la vida sexual, de encerrarla en un cuarto oscuro, propició que esta se viviera de tal forma que llegara a ser inhumana para una gran parte de la población. 

Quienes discutían y enseñaban sobre el sexo, fueron todos varones, cerrando a las mujeres la posibilidad de elaborar un discurso propio.  Señalaron a las mujeres de ser seductoras, causa de la caída de los hombres virtuosos, cuando éstos no controlaban sus instintos.  La mujer fue descrita como menos espiritual, menos inteligente, una versión inferior de ser humano.

Las mujeres fueron infantilizadas y reducidas a objeto de placer para el varón y medio para la procreación.  Se censuró el control de sus propios cuerpos y ritmos, y las mujeres que se atrevieron a utilizar la naturaleza creada por Dios, para tener control sobre la concepción y el embarazo, fueron señaladas de brujas.

Se condenó la antigua tradición erótica de las culturas que valoraban el juego y el placer con el objetivo de exaltar los sentidos para el mayor beneficio de la pareja.  Incluso, pareciera haberse perdido el sentido de pareja, anulando el cuerpo de las mujeres y sus necesidades y colocando la importancia en la satisfacción del instinto del varón, limitando el matrimonio únicamente a los fines procreativos, llegando a ver la sexualidad solamente desde el punto de vista androcéntrico y patriarcal.

No existió un interés por la sexualidad femenina. A la mujer se le consideró un objeto para la satisfacción de las “necesidades masculinas”.  De esta manera se ha justificado por milenios la violencia sexual contra las mujeres, la violación, el incesto, incluso la pedofilia.  En pleno siglo XXI aún se señala a las mujeres por “provocar” a los varones.  ¡Las mujeres somos responsables de los actos bestiales de los varones, de sus violencias, de sus incontinencias!

Nuestra cultura, al menos desde Latinoamérica, aun exalta la versión masculina del sexo y difícilmente se transmiten las necesidades sexuales de las mujeres a los hombres.  Es demasiado frecuente escuchar a las mujeres lamentarse por la insensibilidad hacia ellas de los hombres en el sexo, quienes suelen escucharse solo a sí mismos. Hoy todavía se celebra la violencia sexual como “hazaña viril”, incluso entre jóvenes.

Algunas reflexiones

Es necesario redescubrir la dimensión mística y sagrada del sexo, ya que es precisamente esto, su sacralidad, lo que lo vuelve humano y elemento constitutivo de la persona.

Bien harían las religiones y las iglesias en propiciar espacios para acompañar a las y los jóvenes en el aprecio y gozo de la sexualidad mutua, con el respeto y amor debidos, pero también el conocimiento necesario.  Este conocimiento no se limita a nombrar los aparatos reproductivos, sino debe descubrir las antiguas tradiciones eróticas, la sabiduría, la fiesta, el gozo que Dios ha regalado a la humanidad por medio del sexo.

Redimensionar la sexualidad humana y valorar los elementos específicamente femeninos de la misma, es un gran paso para la salud integral de nuestras sociedades y culturas.  Es en la intimidad, en las relaciones de pareja donde se desnuda el interior humano, se expone la vulnerabilidad y se muestra lo más auténtico del ser.

Cierro con una frase de William Countryman[1]: “El sexo es una de las mayores bendiciones de la creación y se ha de recibir con placer y acción de gracias”.


Silke Apel, teóloga y comunicadora


[1] William Countryman de su texto “Ética sexual del Nuevo Testamento y mundo actual”

lunes, 24 de enero de 2022

La Visitación: un ícono de la sororidad entre mujeres (Lc 1, 39-45)

               Por Geraldina Céspedes

Una de las contradicciones más llamativas que se manifiestan en el escenario creyente de América Latina y el Caribe es que siendo pueblos creyentes con una piedad mariana muy arraigada, experimentamos, sin embargo, las formas más variadas y extremas de violencia y marginación hacia las mujeres. Pareciera que la admiración y la devoción a una mujer, María, poco tuviera que ver con el reconocimiento y el respeto a la dignidad del resto de las mujeres.

No obstante, la figura de María sí es puesta en relación con las mujeres, siendo utilizada muchas veces para justificar formas de pasividad, sumisión, dominación y exclusión de género. La raíz de ello hay que buscarla en la interpretación que se hace de la figura de María y en las cualidades de ella que se exaltan (la humildad, el silencio, el asentimiento, etc.), dejando en el olvido otros rasgos que se deducen de una lectura de los textos bíblicos desde otras lentes y otras claves interpretativas.

En esta ocasión, propongo que nos acerquemos a un texto concreto, en el que la figura de María nos descubre otras características en las cuales las iglesias han hecho poco énfasis o las han mantenido ocultas: el texto de la Visitación (Lc 1, 39-45).

Seguro que al leer el texto desde la hermenéutica de la sospecha (propia de la teología feminista), vamos a descubrir otros elementos valiosos, pero invito a fijarnos en la espiritualidad del vínculo, es decir, en la sororidad como dinámica de encuentro y alianza entre mujeres.

María es una mujer que nos inspira a la cultura del encuentro, del vínculo y del apoyo mutuo entre mujeres. Al igual que el resto de los seres humanos, María tuvo que tomar postura y buscar una salida ante una situación nueva y problemática. Las personas, ante una situación complicada y ante situaciones nuevas, podemos adoptar distintas posturas. María nos enseña que, ante la tentación de huir o de encerrarnos en nosotras mismas, siempre hay otra salida. María no huye ni se encierra, sino que opta por vincularse, por salir al encuentro de Isabel, una mujer que está viviendo una situación similar.

María es una mujer que decide por sí misma y toma la iniciativa de salir de casa y de su pueblo para unir sus fuerzas y sus sueños con otra mujer. Ella practica la autonomía y la libertad que en ese tiempo y en nuestro tiempo les son negadas a muchas mujeres. Se pone en movimiento, sale sin demora al encuentro de Isabel, cuestionando los cánones de las tradiciones sociales y religiosas y rompiendo con los mandatos patriarcales que impedían a las mujeres salir solas. Contemplar esa imagen de María como mujer en camino, inspira a decidir nuestros caminos como mujeres, cuestionando los encierros y confinamientos del patriarcado que nos encierran entre paredes, anestesiando nuestro espíritu y esclerotizando nuestros cuerpos.

María e Isabel, como muchas mujeres de nuestros pueblos, son tejedoras de relaciones, son capaces de compartir la situación común que están viviendo. El diálogo entre ellas es un diálogo de vida y de fe; no es conversación superficial, sino que encontramos en ellas palabras que brotan de lo que están experimentando. Ellas nos motivan a la escucha mutua, al diálogo profundo, a sintonizar desde lo que nos habita en nuestras entrañas.

Desde la perspectiva de la sororidad, fijémonos en cómo María e Isabel son capaces de superar las barreras que las podían separar: la edad, el lugar de procedencia, la distancia, la situación familiar y religiosa, etc. Por eso la Visitación es un icono inspirador para una nueva relacionalidad entre mujeres, siendo capaces de trascender las distintas barreras que nos pueden separar, dividir o generar tensiones. María e Isabel nos inspiran a un diálogo intergeneracional en el que cada persona reconoce la sabiduría de la otra, en la que se potencian y se ayudan mutuamente. La Visitación muestra unas relaciones sanas entre mujeres, liberadas de los celos, rivalidades, envidias o competencia que a lo largo de los siglos ha sembrado el patriarcado.

La Visitación nos impulsa a unir fuerzas, haciendo sinergia intergeneracional, pues el germen de la vida está en las dos generaciones; tanto la joven María como la anciana Isabel son generadoras y portadoras de vida. En las dos hay futuro, hay esperanza, pues ambas son mujeres que por su apertura al Espíritu llevan en su propio seno la vida que renueva a la humanidad. La liberación de las mujeres se logrará cuando integremos en pie de igualdad los “sueños” de las mujeres mayores y las “visiones” de las jóvenes, como dice el profeta Joel (Jl 2, 28).

El icono de la Visitación nos desafía a unirnos para tejer lo nuevo: tenemos que tejer desde la diversidad, la intergeneracionalidad, la interespiritualidad, la interculturalidad, el ecumenismo, etc. Ante la tentación del aislamiento o la huida, María e Isabel nos convocan a la comunión, al vínculo, a trabajar en red, a construir puentes y alianzas entre mujeres. Una espiritualidad del vínculo, de la alianza que hemos de practicar no sólo entre las personas, entre mujeres, sino también con todas las criaturas. Es alianza cósmica que brota de una ecoespiritualidad que reconoce la interdependencia e interconexión de todo lo que existe.


 Doctora Geraldina Céspedes
Integrante del Núcleo Mujeres y Teología de Guatemala


viernes, 17 de diciembre de 2021

Violencia simbólica, un mal silencioso.

 

“Que la mujer sea sumisa y aprenda en paz. No permito que la mujer enseñe o mande a los hombres; que se quede tranquila.” 1 Timoteo 2,11-12[1]

Para las mujeres actuales con conciencia sobre su ser y dignidad resulta sumamente chocante e incómodo el lenguaje del autor de Timoteo, así como el de otros textos similares que aparecen en la Biblia con contenido patriarcal, sexista y misógino.  Aunque en esta reflexión no se pretende realizar una exégesis del texto, sí se quiere enfocar la importancia de identificar cómo opera la violencia simbólica desde los espacios considerados “sagrados”.

Este concepto de violencia simbólica (Bordieu, 1970) refiere un tipo de violencia que es invisible, sutil, que pasa desapercibido pero es muy poderoso, y la persona que lo sufre lo acepta a fin de obtener reconocimiento en su círculo social. Se consolida desde la dominación patriarcal a través de los roles establecidos para cada género, naturalizándolos y sin advertir que son en realidad, una construcción política y social. 

Elizabeth Gareca al respecto, afirma:

“Con este tipo de violencia lidiamos en lo cotidiano: en la calle, en la casa, en el trabajo, en los medios de comunicación, en la iglesia, en la escuela, no hay espacio social en el que estemos libre de esta violencia sutil e invisible para la mayoría de mujeres y varones. Se dice de esta violencia que es indolora, incolora e inodora. Se hace mediante canciones, chistes, propagandas, películas, cuentos, sermones eclesiales, dibujos, arte, poemas, memes de las redes sociales, discursos políticos, enseñanza escolar, etc. Es, este tipo de violencia la que más se practica en ambientes religiosos e iglesias”[2].

Volviendo al texto de Timoteo 2,11 ss., su contexto se sitúa en los inicios del cristianismo y refleja la retórica que los líderes religiosos utilizaron para fundamentar la dominación del género masculino sobre el femenino.   Esta falacia se asentaba sobre la base de un orden querido por Dios para lograr el sometimiento y la obediencia de las mujeres debido a su carácter secundario. En los versículos 13-14, se expresa:

  “Miren que Adán fue formado primero y después Eva.  Y no fue Adán el que se dejó seducir; la mujer se dejó seducir y luego desobedeció, y se salvará por la maternidad…con tal que ellas perseveren en la fe, el amor y una vida santa, y que sean capaces de moderarse.”

En un segundo momento, el autor justifica la subordinación de las mujeres al dar como base la idea arquetípica de que Eva, la madre simbólica de todas las mujeres mortales, es un ser moralmente débil. La única forma de salvación para las mujeres sería entonces a través del rol de la maternidad, siempre y cuando adopten un estilo de vida “santa” que implica la moderación.  Esta última condición ofrece indicios para pensar que la participación de las mujeres en los inicios del cristianismo, se salía de ese “orden” y de los códigos domésticos diseñados para ellas. En la prohibición de no enseñar o liderar como un varón está la clave para detectar que había mujeres que realizaban esas actividades.

 Desde un enfoque hermenéutico actual, el texto se puede considerar no normativo sino más bien circunstancial, por lo tanto debiera ser inofensivo para las mujeres de otros tiempos y culturas.  Sin embargo, la historia y la experiencia de las mujeres es muy distinta, debido a que este y otros textos parecidos fueron utilizados dentro de la retórica teológica de los padres de los primeros siglos del cristianismo, así como de los posteriores, hasta integrarlos como parte de la doctrina cristiana.

Es así como la suma de la sacralización de los textos patriarcales que se encuentran en la Biblia y la permanencia de un discurso fundamentado en estos, lograron la subordinación sistemática de las mujeres, violentando su dignidad y autovaloración. Sobre este imaginario desvirtuado del ser de las mujeres se han naturalizado los estereotipos y las relaciones desiguales entre géneros, que operan en las distintas instituciones sociales como la familia, la escuela, las iglesias; de ahí que sea necesario identificar y erradicar esta forma de violencia[3].

El poder del lenguaje: crear y resignificar

El lenguaje es un elemento simbólico que expresa realidades.  Las mujeres al no ser incluidas y nombradas son invisibilizadas. Por lo tanto, la violencia simbólica radica en no respetar su opinión y ni ser escuchadas. 

Es imprescindible un ejercicio de empoderamiento personal y comunitario donde se identifiquen y a la vez se rechacen las formas de violencia simbólica insertas en los mensajes que se escuchan y se reproducen. En especial, aquellos que despojan a las mujeres del reconocimiento de su autoridad y de la dignidad original de ser creadas a imagen y semejanza divina (Gn 1,27).  Solo así podrá escucharse la voz de las mujeres tan necesaria en estos tiempos. 

Que la creación y recreación desde la propia palabra traiga esperanza a quienes conforman el tejido de estas nuevas generaciones que buscan la justicia para todas, todos y todes.

 



                             Lubia de León                                                      Integrante del Núcleo Mujeres y Teología           




[1] La Biblia Latinoamérica (Edición San Pablo/EDV, 2005).

[2] Elizabeth Gareca, ¿Violencia  simbólica en las iglesias? UBL, 28 de mayo 2020, acceso diciembre 2021, https://blog.ubl.ac.cr/2020/05/14/violencia-simbolica-en-las-iglesias-

 

[3] Ver algunas ilustraciones en https://cddcolombia.org/violencia-simbolica/