Casi siempre escuchamos hablar sobre el dios de la mente, de
los conceptos: confesiones de fe, dogmas y doctrinas, representado con imágenes
masculinas. Un ser extraordinario,
poderoso, que conoce lo que piensas, incluso tus intensiones más profundas para
pedirte cuentas. Es el dios analizado,
descrito e incluso definido y delimitado por las elucubraciones teológicas
llevadas a cabo en las cabezas de ilustres pensadores varones, quienes han
clasificado el amor en eros, filia y ágape[i]
jerarquizándolo.
Se enseña que dios limita con severidad la pasión y el deseo,
llamándolas expresiones del eros, con especial saña a las mujeres y que
además les exige a ellas el olvido de sí mismas para atender las necesidades
tanto privadas como colectivas de la sociedad estructurada según paradigmas
patriarcales.
Sin embargo, muchas mujeres viven una forma diferente de
amor, que no separa, no jerarquiza, no condiciona. Se da siempre, no exige nada a cambio, se
ofrece, como dice Jesús, hasta dar la vida por aquellos a los que se ama
incondicionalmente (Jn 15,13).
La primera experiencia que tienen algunas mujeres de ese amor
incondicional y pleno, puede ser la maternidad, cuando se acompaña, guía y nutre
desde la gestación hasta la adultez a los hijxs que son alimentados desde los
cuerpos de las mujeres, nutridos desde sus entrañas. Muchas madres se desbordan en amor sobre sus
hijxs. Se les quiere proteger de todo en la niñez, defender de profesores
injustos en la escuela, llorar sus desamores, se sienten propios los corazones
rotos de la juventud y se sufren sus crisis personales o profesionales en la
adultez.
Sin embargo, se espera que cumplan con metas, asustan sus
fracasos, se siente la responsabilidad de prepararlos para la vida, deseando
para ellos vidas con propósito, desarrollo humano, estabilidad social, amorosa
y económica. Se les quiere guiar y
orientar según los propios paradigmas sociales, culturales y religiosos. También preocupa la estabilidad económica
para cubrir gastos, estudios, alimentación, vestido, etc, especialmente en
Latinoamérica, donde nada está garantizado y lxs chicxs dependen del ingreso
económico de sus padres para desarrollarse adecuadamente en la vida.
Cuando se van de la casa y se responsabilizan de sus propias
vidas, se experimenta un gran alivio y se puede llegar a pensar “misión
cumplida”, nos relajamos, celebramos y gozamos de sus éxitos y de nuestras
nuevas posibilidades.
Y entonces vienen lxs nietxs… de repente nos situamos en otro
lugar de la vida y los evangelios adquieren otro matiz.
La responsabilidad económica y su desarrollo recae sobre sus
padres y las abuelas pueden realmente amar sin restricciones, desde lo más
profundo de las entrañas, sabiendo que es el fruto del amor de sus hijxs,
participando de un nacimiento sin dolor propio.
Se puede sentir al bebé tan propio como lxs hijxs, pero se observa,
acompaña, sostiene sin miedo, con experiencia, con la sabiduría y presencia que
solo las canas y arrugas pueden brindar.
En este nuevo ser que se recibe con más consciencia, más
agradecimiento, más presencia, se puede apreciar una auténtica revelación del Misterio
Divino descubriendo que todo lo que es y su desarrollo es fruto del amor, la
gracia y misericordia de la Divina Providencia que sustenta la vida en todas
sus manifestaciones.
Cuando se reconoce cómo se revela lo divino en la criatura
más vulnerable e indefensa y nos desborda la urgencia por el cuidado de otrx,
sin restricciones, sin limitaciones, incondicionalmente, se puede imaginar el
amor de Abbá del cual nos hablaba Jesús de Nazaret donde las palabras
respecto al Dios que hace brillar el sol sobre buenos y malos, y llover sobre
justos e injustos (Mt 5, 45) resuenan en su sentido más pleno.
Jesús, al revelarnos el Abbá, no creo que se refiriera a una
autoridad, una monarquía, un sistema de control o de creencias; al contrario,
no puedo dejar de pensar que ese sentimiento que me desborda por dentro, erótico,
que surge de mi más profundo interior, de mis entrañas e implica todo mi ser; agápico al procurar el cuidado y la
atención de lo más pequeño y frágil, ofreciéndose incondicionalmente, y filial
porque siente la criatura como propia, ha de ser una arista de esa idea de Dios
que nos quiso transmitir Jesús.
Cuando se es abuela ya no hay preocupación por alcanzar
metas, cumplir con un desarrollo determinado o comparaciones con otros que ya
gatean… ya caminan… ya no utilizan pañal… ya andan en bicicleta… solo existe un
profundo asombro por el desarrollo natural de la vida, un agradecimiento por lo
que es y el reconocimiento de la perfección de las cosas tal y como son, sin
expectativas, absolutamente incondicional.
El Dios del Amor revelado por Jesús y transmitido por los
evangelios, desborda nuestra mente, es inaprehensible y no puede ser reducido a
conceptos, que, si bien orientan, precisan de ser ampliados por el cultivo de
la interioridad en la experiencia de la vida. El Espíritu Santo sopla dónde y cómo quiere (cf.
Jn 3,8) y sólo se le puede encontrar en la realidad personal, desde las propias
entrañas, desde los cuerpos y vidas particulares de cada ser humano en su contexto,
en su propia experiencia vital.
Si bien es necesario tener claros unos elementos que
expliquen por dónde nos lleva la fe cristiana y la experiencia espiritual
encaminada al seguimiento de Jesús de Nazareth, no se puede aceptar que se
imponga a las mujeres, especialmente a las madres y abuelas, paradigmas
espirituales nacidos de vidas conventuales, masculinas o clericales. Sus experiencias de vida son distintas, por
lo tanto, también lo es la experiencia del misterio en ellas.
Por eso es tan importante la teología feminista, porque en
primer lugar nos invita a sospechar de todo lo que ha sido interpretado por
varones en ambientes patriarcales e impuesto a las mujeres como voluntad divina. En segundo lugar, nos sitúa en nuestros
contextos específicos y cuestiona el pensamiento teológico sexista, uniforme y
exclusivista invitando a vivir el misterio en la realidad específica en la cual
vivimos. Señala además que la
experiencia espiritual no está condicionada por la orientación sexual, la
opción de vida o la corrección doctrinal.
Por eso, cuando se me ocurre comparar el amor que siento como
abuela con el amor de Dios por mí, me siento profundamente abrazada, acompañada
y amada incondicionalmente. Eso hay que
vivirlo para conocerlo, no se puede transmitir con palabras. porque las
enseñanzas o guías desde los preceptos y conceptos no desvelan el pleno y profundo
amor de Dios por nosotros.
No hay instrucciones para ser abuela ni para conocer a Dios,
hay que vivirlo, sentirlo y saborearlo.
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| Silke Apel Teóloga |




