miércoles, 8 de julio de 2026

DIOS COMO ABUELA

Casi siempre escuchamos hablar sobre el dios de la mente, de los conceptos: confesiones de fe, dogmas y doctrinas, representado con imágenes masculinas.  Un ser extraordinario, poderoso, que conoce lo que piensas, incluso tus intensiones más profundas para pedirte cuentas.  Es el dios analizado, descrito e incluso definido y delimitado por las elucubraciones teológicas llevadas a cabo en las cabezas de ilustres pensadores varones, quienes han clasificado el amor en eros, filia y ágape[i] jerarquizándolo.

Se enseña que dios limita con severidad la pasión y el deseo, llamándolas expresiones del eros, con especial saña a las mujeres y que además les exige a ellas el olvido de sí mismas para atender las necesidades tanto privadas como colectivas de la sociedad estructurada según paradigmas patriarcales. 

Sin embargo, muchas mujeres viven una forma diferente de amor, que no separa, no jerarquiza, no condiciona.  Se da siempre, no exige nada a cambio, se ofrece, como dice Jesús, hasta dar la vida por aquellos a los que se ama incondicionalmente (Jn 15,13).

La primera experiencia que tienen algunas mujeres de ese amor incondicional y pleno, puede ser la maternidad, cuando se acompaña, guía y nutre desde la gestación hasta la adultez a los hijxs que son alimentados desde los cuerpos de las mujeres, nutridos desde sus entrañas.  Muchas madres se desbordan en amor sobre sus hijxs. Se les quiere proteger de todo en la niñez, defender de profesores injustos en la escuela, llorar sus desamores, se sienten propios los corazones rotos de la juventud y se sufren sus crisis personales o profesionales en la adultez.

Sin embargo, se espera que cumplan con metas, asustan sus fracasos, se siente la responsabilidad de prepararlos para la vida, deseando para ellos vidas con propósito, desarrollo humano, estabilidad social, amorosa y económica.  Se les quiere guiar y orientar según los propios paradigmas sociales, culturales y religiosos.  También preocupa la estabilidad económica para cubrir gastos, estudios, alimentación, vestido, etc, especialmente en Latinoamérica, donde nada está garantizado y lxs chicxs dependen del ingreso económico de sus padres para desarrollarse adecuadamente en la vida.

Cuando se van de la casa y se responsabilizan de sus propias vidas, se experimenta un gran alivio y se puede llegar a pensar “misión cumplida”, nos relajamos, celebramos y gozamos de sus éxitos y de nuestras nuevas posibilidades.

Y entonces vienen lxs nietxs… de repente nos situamos en otro lugar de la vida y los evangelios adquieren otro matiz.

La responsabilidad económica y su desarrollo recae sobre sus padres y las abuelas pueden realmente amar sin restricciones, desde lo más profundo de las entrañas, sabiendo que es el fruto del amor de sus hijxs, participando de un nacimiento sin dolor propio.  Se puede sentir al bebé tan propio como lxs hijxs, pero se observa, acompaña, sostiene sin miedo, con experiencia, con la sabiduría y presencia que solo las canas y arrugas pueden brindar.

En este nuevo ser que se recibe con más consciencia, más agradecimiento, más presencia, se puede apreciar una auténtica revelación del Misterio Divino descubriendo que todo lo que es y su desarrollo es fruto del amor, la gracia y misericordia de la Divina Providencia que sustenta la vida en todas sus manifestaciones.

Cuando se reconoce cómo se revela lo divino en la criatura más vulnerable e indefensa y nos desborda la urgencia por el cuidado de otrx, sin restricciones, sin limitaciones, incondicionalmente, se puede imaginar el amor de Abbá del cual nos hablaba Jesús de Nazaret donde las palabras respecto al Dios que hace brillar el sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos e injustos (Mt 5, 45) resuenan en su sentido más pleno.

Jesús, al revelarnos el  Abbá, no creo que se refiriera a una autoridad, una monarquía, un sistema de control o de creencias; al contrario, no puedo dejar de pensar que ese sentimiento que me desborda por dentro, erótico, que surge de mi más profundo interior, de mis entrañas e implica todo mi ser;  agápico al procurar el cuidado y la atención de lo más pequeño y frágil, ofreciéndose incondicionalmente, y filial porque siente la criatura como propia, ha de ser una arista de esa idea de Dios que nos quiso transmitir Jesús.

Cuando se es abuela ya no hay preocupación por alcanzar metas, cumplir con un desarrollo determinado o comparaciones con otros que ya gatean… ya caminan… ya no utilizan pañal… ya andan en bicicleta… solo existe un profundo asombro por el desarrollo natural de la vida, un agradecimiento por lo que es y el reconocimiento de la perfección de las cosas tal y como son, sin expectativas, absolutamente incondicional.

El Dios del Amor revelado por Jesús y transmitido por los evangelios, desborda nuestra mente, es inaprehensible y no puede ser reducido a conceptos, que, si bien orientan, precisan de ser ampliados por el cultivo de la interioridad en la experiencia de la vida.  El Espíritu Santo sopla dónde y cómo quiere (cf. Jn 3,8) y sólo se le puede encontrar en la realidad personal, desde las propias entrañas, desde los cuerpos y vidas particulares de cada ser humano en su contexto, en su propia experiencia vital.

Si bien es necesario tener claros unos elementos que expliquen por dónde nos lleva la fe cristiana y la experiencia espiritual encaminada al seguimiento de Jesús de Nazareth, no se puede aceptar que se imponga a las mujeres, especialmente a las madres y abuelas, paradigmas espirituales nacidos de vidas conventuales, masculinas o clericales.  Sus experiencias de vida son distintas, por lo tanto, también lo es la experiencia del misterio en ellas.

Por eso es tan importante la teología feminista, porque en primer lugar nos invita a sospechar de todo lo que ha sido interpretado por varones en ambientes patriarcales e impuesto a las mujeres como voluntad divina.  En segundo lugar, nos sitúa en nuestros contextos específicos y cuestiona el pensamiento teológico sexista, uniforme y exclusivista invitando a vivir el misterio en la realidad específica en la cual vivimos.  Señala además que la experiencia espiritual no está condicionada por la orientación sexual, la opción de vida o la corrección doctrinal.

Por eso, cuando se me ocurre comparar el amor que siento como abuela con el amor de Dios por mí, me siento profundamente abrazada, acompañada y amada incondicionalmente.  Eso hay que vivirlo para conocerlo, no se puede transmitir con palabras. porque las enseñanzas o guías desde los preceptos y conceptos no desvelan el pleno y profundo amor de Dios por nosotros.

No hay instrucciones para ser abuela ni para conocer a Dios, hay que vivirlo, sentirlo y saborearlo.

Silke Apel
Teóloga

[i] Estos son los nombres griegos con los cuales se han definido las “formas de amor” Eros como amor erótico y apasionado; ágape como un amor altruista, incondicional; filia o philia como amor fraterno, de hermanos. 

lunes, 29 de junio de 2026

¿Quién puede hablar? Mujeres, conocimiento y silencios en tiempos de captura institucional

Cuando en 2025 un equipo de investigadoras del Observatorio del Acoso Callejero Guatemala (OCACGT) intentó entrevistar a estudiantes de la Universidad San Carlos de Guatemala (USAC) para conocer los efectos del acoso sexual en esa casa de estudios, algunas de ellas decidieron no participar. Argumentaron que no podían hacerlo “debido al temor a represalias por parte de las autoridades”. Por supuesto, que tenían cosas que decir y problemas que denunciar, pero pudo más el miedo a las consecuencias que pudiera acarrear el hecho de hablar.

Este hecho, aunque puede tomarse como anecdótico, no lo es. Más bien, es una de las evidencias más contundentes de la crisis que atraviesa hoy la universidad pública guatemalteca. Al deterioro notorio de la institucionalidad, las disputas en torno a su autonomía y la creciente subordinación de la universidad a poderes políticos ilícitos y ajenos a su misión, se suma el socavamiento de las condiciones que permiten que ciertas voces emerjan y puedan ser escuchadas.

Lo que conduce a una pregunta ineludible ¿qué ocurre con el conocimiento de un país cuando las instituciones encargadas de producirlo no están comprometidas con el pensamiento crítico, el debate plural y la producción de conocimiento socialmente relevante? ¿Qué sucede cuando una universidad, que ya era imperfecta y desigual, pierde incluso la capacidad para ser cuestionada desde adentro? ¿Qué pasa cuando se reducen aún más los estrechos márgenes de disputa que existían sobre los sentidos de la realidad? ¿Cómo se hace, entonces, para interpelar los saberes dominantes?

Desde una perspectiva feminista, estas preguntas adquieren una dimensión aún más profunda, porque la USAC, además de ser una casa de estudios, para miles de mujeres, especialmente aquellas provenientes de familias trabajadoras, comunidades rurales y pueblos indígenas, constituye uno de los pocos espacios institucionales donde sus conocimientos construidos desde experiencias y propuestas colectivas pueden disputar reconocimiento, debate y legitimidad social.

Porque, no nos engañemos, las universidades nunca han sido los únicos lugares donde se produce conocimiento. Las comunidades, los movimientos sociales, las organizaciones de mujeres, los pueblos indígenas, en su vida cotidiana, en sus luchas y resistencias han generado históricamente saberes fundamentales para comprender y transformar la realidad. Sin embargo, las universidades continúan siendo uno de los espacios desde los cuales se define qué conocimientos son reconocidos, enseñados y dotados de legitimidad social. Entonces, es importante ocupar espacios allí, para que nuevas voces y perspectivas disputen la legitimidad de los conocimientos que se generan, justo en el lugar que se ha atribuido históricamente ese monopolio.

Sin embargo, tampoco se trata de romantizar las universidades porque los obstáculos patriarcales y coloniales que continúan atravesándolas hacen que continúen siendo sitios hostiles para muchas mujeres. Como ejemplos puede señalarse que persiste su exclusión en numerosos espacios de toma de decisión y que sus experiencias y saberes continúan siendo deslegitimados. Esta exclusión afecta de manera particular a mujeres indígenas, cuyos conocimientos han sido históricamente considerados saberes locales, culturales o comunitarios, mientras los conocimientos producidos desde matrices occidentales continúan ocupando el lugar de lo universal. Pero, como si todo esto no fuera un cúmulo particularmente peligroso, deben considerarse las violencias cotidianas que sostienen esas jerarquías y permanecen normalizadas e intactas. De más está decir que, en una universidad cooptada, las posibilidades de denunciarlas y cuestionarlas son menores aún.

Cuando las estudiantes tienen que guardar silencio frente a las violencias que enfrentan porque el miedo a las represalias, la desconfianza en los mecanismos institucionales y la percepción de impunidad generan condiciones que desalientan la denuncia y favorecen el aislamiento, se afecta profundamente su posibilidad de seguir estudiando y de aportar sus conocimientos al debate público. El silenciamiento, entonces, además de generar consecuencias individuales es una práctica política que reproduce jerarquías de poder que regulan quién puede hablar, quién no, quienes son incómodas y quienes deben seguir enfrentando violencias para permanecer dentro de la institución.

Por eso los proyectos autoritarios buscan controlar universidades, medios de comunicación y espacios culturales, porque saben el enorme poder que tiene la producción de sentido. Controlar las instituciones es también controlar las narrativas. Administrar los recursos es, en muchos casos, administrar la palabra. La pregunta que emerge de esta realidad es profundamente válida ¿Dónde reconocemos hoy la verdad? ¿A quiénes escuchamos?

Las corrientes feministas decoloniales y los feminismos comunitarios surgidos en Abya Yala[1] han puesto de relieve que la dignidad se revela, muchas veces, en las voces marginadas, en las experiencias negadas y en las memorias que resisten al olvido. Allí donde una mujer puede nombrar una injusticia, denunciar una violencia o producir conocimiento sobre su propia realidad, se abre una posibilidad de transformación. Por lo tanto, ante las preguntas sobre quiénes pueden hablar o quienes pueden nombrar sus propias experiencias debemos recordar que ninguna comunidad puede llamarse a sí misma justa cuando algunas voces deben guardar silencio para sobrevivir.

Para que nosotras ni las que vienen tengan que seguir aprendiendo en el cuerpo que callar es la condición para permanecer, la tarea seguirá siendo abrir espacios donde nuestra palabra pueda existir sin miedo.

Silvia Trujillo


Referencias

Ferrari, S. (2024). Notas sobre la noción de Abya Yala. Genealogías Gunadule, usos globales y brechas decoloniales.
https://revistaseug.ugr.es/index.php/impossibilia/article/view/30017/27934
Observatorio contra el acoso callejero Guatemala (OCACGT, 2025). Efectos psicoemocionales del acoso sexual y callejero en la vida de mujeres estudiantes universitarias. Guatemala. Autor. https://estudiosfeministas.org/wp-content/uploads/2025/11/ocacgt-informeEfectosPsicoemocionalesAcoso.pdf


[1] De acuerdo con Ferrari (2024) Abya Yala es un término en idioma chibchense hablado por la comunidad gunadule o guna quienes viven en la zona de la selva colombo-panameña del Darién, las islas de San Blas (Panamá) y el Golfo de Urabá (Colombia). Se utiliza para nombrar al territorio conocido como América Latina y se traduce como “tierra de sangre”, “tierra en plena madurez” o “tierra en florecimiento”. Su origen se ha rastreado a 1975 durante la Primera Conferencia Internacional de Pueblos Indígenas cuando, el activista aimara Takir Mamani propuso su uso.

 

lunes, 4 de mayo de 2026

Mi Caminata Teológica


Yo soy Santas Dominga Matías Gómez, nacida en el año 1992 (33 años). Lugar de nacimiento Aldea Chochal, Chiantla, Huehuetenango. Hablo el idioma Mam. Migré a la Ciudad de Guatemala a los 14 años para poder acceder a educación. Realicé mis estudios de Básico y Bachillerato en la Escuela de la Preciosísima Sangre, San Raymundo, Guatemala, en el Instituto o internado para mujeres indígenas del interior del país. Luego seguí estudiando Sociología en la Universidad de San Carlos de Guatemala (USAC). Actualmente cuento con cierre de Pensum en la Licenciatura de Sociología con especialidad en Violencia y Paz.

Vivo con una familia chilena, donde trabajo medio tiempo como cuidadora de una persona mayor (93 años), que padece de Alzheimer. Profeso la religión católica. Actualmente trabajo, estudio y apoyo a mi hermanita pequeña (Karen) con sus estudios.

Me encanta trabajar en el jardín, sembrar plantas, pintar, editar en Canva e investigar cualquier tema que me apasione.

Mi formación teológica empezó en mi casa con mis padres y mi comunidad; ellos son católicos. Mi mamá ya no está, pero ella era una mujer de fe y entrega, ella pudo experimentar a Dios a su manera y era una fiel creyente y seguidora de Jesús, practicaba las acciones que Jesús hizo en su tiempo. Esa fe de mi mamá y las cosas que pasaban en su vida, me hicieron crecer creyendo en Jesús y en Dios, se podría decir que eso fue mi primer paso.

Mi segundo paso, fue cuando llegué en la Escuela de la Preciosísima Sangre, en el año 2008, donde se abordaba la lectura y la interpretación de la Biblia en nuestro contexto con la ayuda de la Hermana Marife. Ese paso me costó mucho por el tema del lenguaje, no hablaba muy bien el español, solo mi idioma materno Mam. Ahí poco a poco hubo un pequeño despertar y empecé a cuestionar la forma de cómo me habían enseñado, guiado, para entender las Escrituras y las formas de organización de la institución religiosa.

La tercera etapa fue en 2015, cuando llegué a la universidad, cuando empecé a leer la historia de Guatemala y cómo la religión, la fe, fueron implementadas e impuestas a los pueblos indígenas y las atrocidades que se cometieron en nombre de Dios. Ahí empezó un pequeño conflicto con mis creencias y un malestar interno, que me hizo alejarme de las instituciones religiosas. La frase que me marcó mucho es de Eduardo Galeano: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: ‘Cierren los ojos y recen´. Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros la Biblia”. Es una metáfora que explica cómo llegó la evangelización, en países como el nuestro.

Luego empezó mi proceso de deconstrucción, cuando fui invitada al Diplomado promovido por el Núcleo Mujeres y Teología 2023. Ahí empieza mi caminar teológico con conciencia y reflexión con una mirada crítica y en constante deconstrucción. También logré responder mis preguntas que habían estado presentes durante toda mi vida. Con los aportes del Núcleo Mujeres y Teología empecé a vivir mi fe de una forma más consciente, sin sentirme alejada y excluida. Encontré una forma diferente de sentir, pensar a Di*s, que me llenaba, donde tuve la oportunidad de conocer a un Di*s liberador, que no es violento, castigador, excluyente, ni machista.

Me nutrí de los conocimientos compartidos por las diferentes docentes, que explicaban cómo las mujeres de la historia habían dejado un gran legado, con sus luchas, sabidurías para buscar la justicia, igualdad para todas y todos.

Ese conocimiento compartido me ayudó a profundizar mi espiritualidad de una forma holística, me ayudó a ver la vida con otros lentes. Me sentí acompañada y apoyada, pude ver y sentir la vida con esperanza.

Las teologías feministas me han ayudado a desarrollar la convicción de que las mujeres somos sujetas y creadoras de conocimiento, que tenemos derecho a tener una corporalidad positiva, sana y autónoma. Que tenemos la capacidad de sentipensar a Di*s desde nuestras experiencias como mujer.

También el conocer los aportes de muchas mujeres en la línea teológica, por ejemplo, Ivone Gebara, Geraldina Céspedes, Cinthia Méndez…. que marcaron mi vida con sus enseñanzas y su propuesta teológica sana con todo lo que nos rodea. Me ayudaron a entender que las mujeres y la naturaleza hablan de Di*s.

Saber que Di*s va más allá de las categorías dualistas, que hemos aprendido. Que Di*s habita en nosotras y en todo lo que nos rodea.

Por último, me ayudó a entender que las teologías feministas surgen como una reflexión y práctica que reivindica la experiencia y el pensamiento de las luchas contra el empobrecimiento, la discriminación y la falta de libertad que viven las mujeres en los diferentes ámbitos y en las instituciones religiosas.

Hoy, después de todo lo aprendido puedo decir que, para mí Di*s es como una madre que me dio la vida, me cuida, me guía, me fortalece, me protege, me ama incondicionalmente, me dio sabiduría y todo lo necesario para vivir la vida de una forma plena, para disfrutar su creación y cuidarla. Estoy convencida de que Di*s guía a través de la Ruah a cada persona que lo busca.

Porque he sentido que está presente en cada ser que conozco y me ha guiado a reconocer su presencia en mis hermanas, en cada mujer y hombre que conozco; está en la naturaleza, en el cosmos, su inmenso amor está en todas partes.

Santas Matías
Estudiante Diplomado Mujeres y Teología

viernes, 17 de abril de 2026

Agar ¿Esclava o princesa?

Agar es una de las mujeres olvidadas de la Biblia, cuya historia cambia según quién la mira. Es conocida como esclava de Sara, esposa de Abraham, princesa egipcia, rebelde, abandonada en el desierto, matriarca de los árabes, o bien, modelo de liberación y fortaleza. También se le reconoce como la primera mujer en sostener un diálogo con Yahvé y de llamarle por su nombre, El Roi. Ali Bobziena le llama “la primera teóloga de las Escrituras.”

Repasamos brevemente la trama presentada en Génesis donde Agar es colocada junto con Abraham y Sara. Según Génesis 11,31 Téraj sale de Ur con su hijo Abraham, su nieto Lot y su nuera Sara, con camino a Canaán. Téraj se queda en Jarán mientras que Abraham, Lot y Sara siguen camino a Canaán (Gen 12). Con el tiempo, surge una hambruna en Canaán y deciden buscar mejor vida en Egipto. Abraham corría peligro al ser esposo de la bella Sara y se presentó como su hermano (hecho cierto, ya que ambos eran hijos de Téraj, con madres diferentes, Gen 20,2). El faraón tomó a Sara en su casa, y por su parentesco, Abraham, recibió bienes y riquezas. Mejorada la situación en Canaán, la pareja regresa con una esclava, Agar, una princesa que el faraón entregó a Sara para tener una mejor condición de vida, ya que era preferible que fuera sierva y no una concubina en Egipto.

Transcurren diez años y la pareja no logra tener hijos (Gen 16). Ante esta situación, Sara decide entregar a Agar a Abraham como esposa, con el fin de tener un hijo. En la cultura hebrea de ese tiempo, los hijos nacidos de la sierva eran considerados como propios de la esposa. Agar queda embarazada, pero pronto la relación entre ambas mujeres se deteriora: surgen tensiones marcadas por los celos de Sara y la actitud rebelde de Agar. El conflicto llega a tal punto que Agar finalmente huye hacia el desierto. Esto desata la siguiente escena:  

Junto a un pozo, el ángel del Señor entra en conversación con Agar (Gen 16,8-13):

Ángel: ¿De dónde vienes y a dónde vas?

Agar: Huyo de mi señora.

Ángel: Vuelve a tu señora y sométete a ella. Haré tan numerosa tu descendencia, que no se podrá contar. Mira, estás en cinta y darás a luz a un hijo y lo llamarás Ismael, porque el Señor te ha escuchado en la aflicción. Será un hombre indómito: él contra todos y todos contra él; vivirá separado de sus hermanos.

Agar: Tú eres Dios, que me ve, y dice: ¡He visto al que me ve!

Estas líneas del Génesis son fundamentales porque expresan que Agar es la primera mujer en la Biblia en sostener una conversación con Dios y no solo escuchar su voz. Otro aspecto relevante es que ella es de la cultura politeísta egipcia, reconoce a Dios como Señor. Desde nuestra óptica de sospecha, hay que señalar que el calendario litúrgico de la Iglesia Católica omite los versículos 13 y 14, escondiendo esta afirmación de Agar en la conversación[1]. Además, las palabras del ángel anticipan la separación entre Ismael e Isaac y la hostilidad entre los árabes y los israelitas.

Agar le hizo caso al ángel, regresó y nació Ismael que significa “Dios oye”. El niño creció junto a su madre y su padre. Transcurrieron unos catorce años y la ya anciana Sara dio a luz a Isaac (Gen 21). Los celos de Sara aumentaron por temor a que su hijo Isaac no recibiera herencia, por lo que exigió a Abraham la expulsión de Agar e Ismael, sin embargo, este, al escuchar tal petición, se entristeció porque amaba a sus hijos. No obstante, Dios le indicó que atendiera la petición de Sara, por lo que, Abraham se despidió de Agar e Ismael, entregándoles provisiones: pan y un odre con agua.

A partir de este momento, Agar inicia un nuevo camino, el de una mujer valiente y libre, ya no esclava (Gen 21,14-21). Madre e hijo vagaron por el desierto hasta que el agua se agotó. Desesperada, Agar dejó a Ismael a la sombra de unas matas y se apartó, incapaz de presenciar la muerte de su hijo. Entonces, la voz de un ángel la llamó y le anunció que Dios ha escuchado el llanto del niño. Le pide que lo levante, asegurándole que de él nacerá un gran pueblo. En ese instante, Agar ve un pozo, llena el odre y da de beber a su hijo. Bajo la protección de Dios, ambos logran sobrevivir en el desierto, a pesar de las condiciones adversas. Ismael crece y se convierte en un hábil arquero, y Agar le consigue una esposa egipcia. La Biblia no vuelve a ofrecer más detalles sobre la vida de Agar. Pero sí menciona que tiempo después, Ismael e Isaac se reúnen para dar sepultura a su padre en la cueva de Macpela, junto a Sara (Gen 25,9-10).

En continuidad con el relato anterior, la tradición cristiana ha transmitido, en gran medida, una versión como la presentada, modelada a lo largo de los siglos (a,b,d,g,h); por intereses de carácter patriarcal. Sin embargo, las tradiciones judía e islámica ofrecen una imagen de Agar más compleja, dotada de mayor protagonismo y autoridad. Gail Labovitz (f) señala que Agar desempeñó distintos roles en la familia. Según algunas fuentes, fue entregada a Sara como esclava; otras, en cambio, sostienen que fue dada directamente a Abraham como esposa. En ambas versiones, Agar es presentada como una princesa, hija del faraón, ofrecida como muestra de estima hacia los "hermanos" hebreos. Posteriormente, Sara la habría entregado a Abraham no como concubina ni sierva, sino como esposa. Desde esta perspectiva, la tensión entre ambas mujeres no se explicaría únicamente por celos o rivalidades, sino también por la falta de reconocimiento de Sara hacia el estatus de Agar como mujer con origen real. Más adelante, algunas fuentes afirman que Queturá, la otra esposa de Abraham, no es otra que la misma Agar (e,f,h).

Las tradiciones islámicas mantienen a Agar en alta estima, reconociéndola como madre de Ismael, princesa egipcia y esposa de Abraham (c,h). No es presentada como una esclava al servicio de Sara, sino como una mujer con dignidad y estatus propio. Un aspecto particularmente significativo es que Agar no solo fue colmada de bendiciones, sino que Dios se dirigió directamente a ella, un privilegio que, según las escrituras, está reservado a profetas, apóstoles y mensajeros. Esto resalta su importancia espiritual y su lugar destacado dentro de la historia sagrada.

Agar es una de las matriarcas de las tres religiones monoteístas y la primera  mujer en sostener un diálogo con el Ser Supremo. A pesar de dejar a su familia, su confort, su religión, supo llevar una vida digna con valentía en situaciones de hambre, opresión y hostilidad. Hoy, para nosotras es un modelo de mujer de fe y  liberación.

Sheryl Ann Schneider Bogh
Integrante Núcleo Mujeres y Teología

[1] Corresponde a las lecturas del tiempo ordinario, el jueves de la semana 12 del año I, es decir, año impar.
a)      Bobzien, Alli. Rediscovering the fiery and forgotten women of the Old Testament. America Magazine. The Jesuit Review. www.americamagazine.org/faithinfocus/2026/03/06/alli-bobzien-rediscovering-women-old-testament/
b)      Brancher, Mercedes. De los ojos de Agar a los ojos de Dios. "Pp. 11-27" en Nancy Cardoso Pereira, coordinadora. ¡Pero nosotras decimos! RIBLA 25. Editorial DEI, 1997, San José, Costa Rica.
c)       Chheenah, Muhammad Ashraf. Hagar The Princess The Mother of the Arabs & Ishmael The Father of Twelve Princes. Segunda edición, 2014. ISRC Interfaith Study and Research Centre. Islamabad, Pakistan. Disponible en internet en https://archive.org/details/hagar-the-princess-the-mother-of-the-arabs-and-ishmael-the-father-of-twelve-prin
d)      Gómez-Acebo, Isabel, editora. Relectura de Génesis. Segunda edición, 1997. Desclée De Brouwer, Bilbao, España.
e)      Kadari, Tamar. Hagar: Midrash and Aggadah. Jewish Women’s Archive. Visto el 4 de marzo de 2026 en https://jwa.org/encyclopedia/article/hagar-midrash-and-aggadah 
f)       Labovitz, Gail. Agar (las Agares) en el imaginario rabínico: en la encrucijada del género, la clase social y la etnia en Génesis Rabbá. Pp. 187-209 en Tal Ilan, Lorena Miralles-Maciá y Ronit Nicolsky, editoras, en Literatura rabínica. Exégesis judía. La Biblia y las Mujeres 8 Verbo Divino, 2021, Estella, Navarra, España
g)      Támez, Elsa. La mujer que complicó la historia de la salvación. Pp. 189-206 en Sergio Silva, Equipo SELADOC, editor. La mujer. Panorama de la teología latinoamericana VIII. 1990. Sígueme, Salamanca, España.
Tomassone, Letizia. Las hijas de Agar. dos madres en los orígenes del monoteísmo. 2017, Editorial Claretiana, Buenos Aires, Argentina.

miércoles, 25 de marzo de 2026

Marzo de reivindicación y conversión

Durante el mes de marzo, las mujeres conmemoramos, nos movilizamos y hacemos propuestas en torno a las luchas feministas y la reivindicación de nuestros derechos. Pero marzo también es tiempo de cuaresma y por tanto, de oportunidad de conversión hacia procesos de liberación personales y colectivos que cuestionen y transformen las estructuras patriarcales en el ámbito familiar, comunitario, social y por supuesto, eclesial.

En estos tiempos de crisis democrática que vivimos y ante el avance de la ultraderecha, los recortes de derechos y la indiferencia frente al horror y dolor que provoca la muerte de miles de niñas, niños, mujeres, hombres, en Gaza, Irán, Líbano… y tantos otros lugares del mundo, tenemos que unir nuestras manos, cabeza y corazón no solo entre nosotras las mujeres de aquí y de allá, sino también con varones que defiendan y trabajen por la construcción de Vida, de Vida Buena, de Vida que todas y todos merecemos vivir en cualquier punto de la Tierra. Sumar para construir el Reino con el que el Dios de Jesús soñaba.

El encuentro de Jesús con la samaritana (Jn 4, 1-42), nos anima en esta dirección porque Jesús al dirigirse a ella rompe barreras, trasciende prejuicios y propone una visión transformadora de la igualdad humana. En un gesto sencillo, cotidiano (“el agua del pozo”) pero muy simbólico (“el agua viva”), Jesús reconoce la dignidad, la voz y la capacidad de diálogo e interlocución de la mujer samaritana, y con ella de todas las mujeres.

En la plática, la mujer samaritana debate y reflexiona, incluso sobre cuestiones espirituales con Jesús, con seguridad y libertad. Y Jesús la escucha, responde, profundiza sin imponer, sin juzgar la vida pasada de la mujer, generando así un espacio donde ambos crecen, aprenden, se cuestionan y se transforman mutuamente.

Este encuentro enseña un modo de estar que permite que la mujer samaritana, y con ella todas las mujeres, rompa con los estereotipos, asuma  un papel activo y vaya a anunciar a su comunidad lo que ha vivido. Este acto refleja empoderamiento y responsabilidad porque la igualdad no consiste solo en recibir reconocimiento, sino también en ejercer la propia voz y participar en la construcción del Bien Común. O como tantas veces se ha reflexionado en el Núcleo, este hecho nos libera de cargas y estigmas y nos permite como mujeres, poner en valor nuestras capacidades en la construcción de sociedades justas e inclusivas.

Pero además, este evangelio nos muestra que el mensaje de Jesús, una sociedad de iguales y de relaciones basadas en el cuidado, la compasión, ternura y reciprocidad, es posible para todos y todas. Porque la igualdad entre personas —ya sea de género, cultura o condición social— no puede ser entendida como una tarea de un solo lado. No basta con que los varones “cedan espacios” sino que es necesario un compromiso mutuo. La igualdad auténtica se construye en el encuentro, en el diálogo sincero y en la disposición a reconocer al otro como igual en dignidad y valor.

En el contexto global y en el nuestro más cercano, donde parece que la democracia ya no es garantía de prosperidad y “vida buena”, el regreso del autoritarismo y el sometimiento de las instituciones democráticas a los intereses de unas pequeñas élites, es cada vez más evidente. En estos procesos donde se activa la polarización, donde la mentira no se esconde, donde la migración se convierte en una moneda de cambio y desaparecen derechos conquistados, el encuentro entre Jesús y la mujer samaritana nos recuerda que desde lo cotidiano podemos crear comunidad que posibilite invertir esta lógica del poder dominante.

Para ello es necesario una cultura de la compasión que ponga en el centro a quienes hoy están en las periferias privilegiando la mirada desde abajo, desde el lugar donde están las personas descartadas y excluidas por el sistema. Una comunidad que frente a la fragmentación, nos permita crear relaciones afectivas que nos sostengan y cuiden, capaces de encuentros entre personas diversas y de reconciliar diferencias. Una comunidad donde la dignidad e igualdad de todas las personas es esencial. Una comunidad que nos comprometa con la humanidad global. Una comunidad movida por una espiritualidad que aporte alma, esperanza, agradecimiento y cuidado por todo lo creado.

Ainhoa Artetxe

viernes, 6 de marzo de 2026

8 DE MARZO: MEMORIA QUE RESISTE, ESPERANZA QUE CAMINA

 Hoy recordamos que somos resistencia: mujeres que, como tantas antes que nosotras, sostienen la vida cuando es amenazada. Resistimos desde el amor, desde la conciencia, desde la memoria que se niega a callar. Sostenemos la vida que habla desde adentro, de nuestro corazón unido al corazón de la Madre Tierra. Porque la historia no se olvida, se guarda para ser custodiada y validada.

Somos lucha: acción silenciosa y valiente que transforma la historia paso a paso. Porque incluso el gesto pequeño puede abrir caminos de dignidad. Porque nuestro actuar acontece en el silencio del gesto sencillo y amoroso, pero como la semilla de mostaza, brota poco a poco y llegará a dar frutos y ramas bellas en donde anidarán infinidad de pájaros.

Defendemos la vida en toda su plenitud. La vida de las niñas, de las abuelas, de las que trabajan, de las que cuidan, de las que sueñan. Porque somos vida, aliento que emana de la fuerza de la Sabiduría.

Tenemos hambre y sed de justicia, y no renunciamos a ella. Creemos en la promesa de que quienes la buscan serán saciadas. Porque la sed de justicia espera a ser denuncia y anuncio de que ya viene el Reino.

Y afirmamos nuestra identidad: somos parte de la historia, no sus márgenes. Que nos vean. Que nos escuchen. Que nuestra voz cuente.

Este 8 de marzo caminamos juntas. Por la dignidad. Por nuestra voz. Por la memoria. Por la vida.


Rita María Gálvez Retolaza
Psicóloga Clínica
Diplomada en Teología