jueves, 12 de mayo de 2016

MI EXPERIENCIA DEL ENCUENTRO CON LA VIDA




NUESTRAS REFLEXIONES, MAYO 2016



Espacio de promoción  y reflexión  teológica  feminista




Interpretación libre de los  textos de Lc. 24, 1 – 12 y Jn. 20, 1 - 18
          Un año más, al llegar el tiempo pascual, donde leemos el texto de la resurrección de Jesús, mi experiencia del encuentro con ÉL, es contada por otros. Hoy quiero ser yo, quien levante la voz y con mi corazón y mis ojos de mujer, compartir mi propia vivencia del encuentro.
          El día anterior a esa mañana fue el más duro de mi vida, por la pérdida, no solo del Maestro, sino del amigo entrañable. Su muerte, me rompió por dentro. Muerto en cruz, como un blasfemo, como un delincuente, llevando en su corazón todo el dolor del mundo. Solo y abandonado por sus discípulos y  amigos. María, su madre, desgarrada por dentro, metiendo en su propio dolor, el sufrimiento de su hijo y el de todos los hijos del mundo. Y en su grito, el grito de toda la tierra, el llanto por la injustica total, el dolor por la muerte injusta.
          Y allí estaba yo. Fui testigo de ello. No podía ser de otra manera. Cómo abandonar a quien se ama tan profundamente y de quien recibí tanta vida, tanta alegría, tanta fuerza, durante los años que acompañé su misma andadura, recorriendo los mismos caminos, gozando y sufriendo las mismas penas y alegrías.
          Todavía era oscuro, pero el corazón necesitaba adelantar la hora. Muerta la vida, necesitaba recorrer con mis manos y mis ojos al que era la Vida. Llegué al sepulcro. Algo no estaba bien. La piedra de la entrada estaba corrida.  Era lo que íbamos pensando Juana y María, la madre de Santiago. ¿Habría llegado alguien antes que yo?
Entramos, no estaba el cuerpo de Jesús.
Sentí miedo, inquietud, no sabía qué pensar.
Pero tuve una intuición.
Recordé que Jesús nos había dicho en varias oportunidades, estando en Galilea, que algo de esto iba a pasar,  que no tuviéramos miedo, que nadie puede matar la VIDA.
Mis compañeras salieron corriendo en busca de los discípulos  de Jesús  para contarles lo que nos había pasado.
Pero, hombres al fin, no nos creyeron.
Son cosas de mujeres, solo tienen corazón y no piensan. Puros cuentos, dijeron. Y no nos creyeron. Pero yo sé que hay certezas, que no necesitan razones para ser comprendidas, no tienen que ser explicadas.
          Yo me quedé afuera del sepulcro, tratando de entender lo sucedido. Volvió el llanto. No encontré al amigo, al amado. Mi dolor fue más allá de la ausencia física del cuerpo de Jesús.
          Traté de buscar explicaciones a lo sucedido. Alguien me preguntó por mi llanto. Quise agarrarme a él y pensé, este buen hombre, jardinero, ha debido colocarlo en otro lugar. Si sabes dónde está el cuerpo de Jesús, dímelo y yo iré a buscarlo… por lo menos tocar su cuerpo, pensé.
          María, escuché. Tantas veces le había escuchado pronunciar mi nombre. Sólo él me llamaba de ese modo. Lo hubiera reconocido en cualquier lugar del mundo. María… sentí que volvía a la vida, esa vida de la que  él tantas veces me había hablado. No una vida física, sino plena, donde cada ser humano se reconoce en su más profunda identidad.
          Y ahí lo vi a EL, lo reconocí a EL, vivo, resucitado, por eso no pronuncié su nombre humano, sino su verdadera identidad, Maestro, le dije.  Era él y no era ÉL, no sé si me explico, y  la alegría era tan grande que le abracé, queriendo en ese abrazo, fundirme con su  identidad más profunda, su ser mismo.
          Me pidió, como otras veces, pero lo sentí de manera distinta, que comunicara a los demás lo que “había visto y oído. Salí corriendo. Tenía que decirlo, gritarlo a los cuatro vientos: Está vivo y yo lo he reconocido.
          La mujer que regresó a casa ya no era la misma. Conté a los compañeros, no solo lo que había experimentado, “visto” con Jesús, sino lo que Él mismo me había pedido les dijera. Ya nada iba a ser igual, porque regresaba al seno de su Padre y nuestro padre, pero que iba a estar en nosotros y con nosotras para siempre. Por supuesto no me creyeron.
           Yo sé que Pedro y Juan fueron después al sepulcro. Seguramente a “confirmar y asegurarse” de lo que nosotras las mujeres les habíamos contado. Seguramente buscando  razones para lo que vieron o “no vieron”.
          Luego, decidieron contarlo al resto de los compañeros, confirmando que Jesús ya no estaba, que había resucitado, como Él mismo lo había dicho y que ellos habían sido los primeros testigos.  Era su palabra contra la mía, contra la nuestra, las mujeres. Pero la historia no es siempre como la cuentan algunos.
          Yo estuve allí. Yo recibí las primicias de su VIDA plena. Yo escuché mi nombre. Yo volví a experimentar el amor profundo de Jesús, el Maestro, el Amado. Yo recibí el encargo del primer anuncio de su resurrección. Pero soy mujer…
          El que tenga oídos para oír y corazón para “ver”, que oiga y “vea”.

ALELUYA, JESÚS HA RESUCITADO Y NOS INVITA A VIVIR LA VIDA PLENA, Y YO SOY TESTIGO DE ESTO.

Chus Laveda
Integrante Núcleo Mujeres y Teología
Mayo 2016

domingo, 10 de abril de 2016

Algunas pistas para iniciar la alianza entre mujeres. (Cinthia Méndez Motta)

Espacio de promoción  y reflexión  teológica  feminista
NUESTRAS REFLEXIONES, marzo 2016

El taller  “Alianza entre mujeres” realizado con las compañeras del Núcleo Mujeres y Teología, me invitó a reflexionar sobre otro planteamiento, que puede ayudar a avanzar en la ruta que motivaba Victoria Novoa “hacer alianza con otras mujeres a pesar de nuestras diferencias”. En torno al tema, quisiera hablar de una intuición que me dejó despierta una psicóloga jungiana, la Dra. Rachel Fitzgerald, respecto a la certeza de que para hacer alianza entre mujeres el primer paso sería hacer alianza con nosotras mismas y con nuestros padres biológicos, especialmente con nuestras madres.
¿Qué significaría la alianza con nosotras mismas?, sería escuchar la voz interior que invita a sanarnos y liberarnos de las heridas que el patriarcado ha generado,  reconciliarnos con nuestros cuerpos, superar la creencia de creernos segundas, reconocer el cansancio, el desencanto y el mal que han generado las imágenes estereotipadas femeninas en todas, superar los roles  asignados y vivir desde las experiencias más originales, dejar de creernos y actuar como salvadoras y mártires de las familias e  instituciones, dejar de seguir guardando el silencio cuando se violan los más profundos derechos, de seguir esperando ser reconocidas por nuestros talentos y capacidades, lo que ha repercutido en el poco o casi nada para el cuidado de los cuerpos. Cuando aprendamos a hacer pequeñas alianzas con nosotras mismas, podremos decir que ya tenemos una pequeña porción para cuidar y hacer alianza con otras mujeres.

     ¿A qué nos referimos al decir la alianza con nuestras madres biológicas y nuestros padres? Esta pregunta posiblemente tenga muchas respuestas, aquí, se abordan solo algunas desde la propuesta del estudio que hace Jean Shinoda Bolen, en su libro titulado: “Las diosas de cada mujer[1]. Por ahora, el artículo centrará la atención en las relaciones  con las madres biológicas.
     Hay mujeres que de por sí tienen alianza entre ellas durante varias generaciones, son las hijas y madres que les une el deseo vital de “ser madres” más que otra cosa en la vida. Tienen similitudes y relaciones estrechas, como se ha dicho, por varias generaciones, más si las unen los mismos contextos, por ejemplo, el que las tres generaciones o más sufrieran cuando sus maridos hicieron o permitieron que hicieran daño a sus hijas e hijos, esto en el caso de padres inmaduros, o bien, cuando padres paternales y maridos cariñosos desarrollaron la autoestima, el valor y las cualidades de sus hijas. Estas mujeres buscarán amigas afines a sus intereses y se llevaran muy bien con ellas, más no con las mujeres que no identifican su principal función en ser madres.

También, existen las mujeres que recibieron críticas o rechazo de sus padres y madres, cuando éstas no fueron las hijas complacientes con ellos y mostraron desde pequeñas una “cierta independencia”, por ejemplo, cuando a los tres años, “la pequeña niña independiente” no quiso quedarse en casa con mamá y prefirió jugar con niños mayores que ella en la esquina de la calle y no le gustó ponerse un vestido con volantes para agradar a los demás. El rechazo y la crítica pudieron causar heridas dentro y fuera de las hijas, las cuales decidieron no parecerse a sus madres y se prometieron a sí mismas ser independientes, sin embargo aunque decidan ser ellas mismas, tiene sentimientos de compañerismo con otras mujeres y con sus madres, y defenderán los derechos de las mujeres en todas las circunstancias.
Son diferentes las mujeres que de hecho, parecen ser inconscientes de tener una madre, debido a que por alguna circunstancia estuvo ausente o el padre la invisibilizó en la infancia, pero sí tuvieron la dicha de contar con un padre de éxito que las aprobó para que “se les pareciera a él”, sin duda desarrollan sus tendencias y dones naturales. Estas mujeres, por la ausencia de la madre, tenderán a carecer de amigas cercanas ya que no le gustará tener otra amistad que la de los varones. Ellas necesitarán descubrir la fuerza y existencia de las madres de manera que empiecen a pensar de manera diferente sobre sus propias madres y sobre las demás mujeres.
Así mismo, hay mujeres que en la etapa adulta, cuando desarrollan un encanto femenino natural, sienten que sus madres se comparan y compiten con ellas y que de diversas maneras minan su feminidad  y además empiezan a ejercer el control sobre ellas, vigilando sus “citas”, a lo que se agregará, el control del padre, todas estas relaciones, de ambos padres, les pueden causar confusión, depresión u obsesión. Necesitarán trabajarse los sentimientos de aceptación, valoración de sus cuerpos, los sentimientos de culpabilidad sexual, estableciendo un equilibrio en su vida, para que en sus relaciones con las mujeres, puedan estar libres de provocar actitudes parecidas a las de sus madres. Esto, les dará la capacidad de ser buenas amigas de otras.

El deseo de hacer “Alianza entre mujeres”, es debido a que, esto es una característica esencial de las mujeres, y aunque suene contradictorio, tenemos más características en común que diferentes, como dicen las mujeres feministas, una historia de enemistad, competencia,  rivalidad, que también ha sido aprehendida por muchas generaciones en la cultura patriarcal y este tipo de relaciones nos han hecho mucho daño y nos ha restado nuestro ser original. Queda preguntarnos, ¿nos atrevemos a romper el muro personal de enemistad que nos divide a las mujeres?, ¿queremos reconciliarnos o reconocer a nuestras madres?, de manera que podamos iniciar pequeñas experiencias de alianzas entre mujeres.
     Alianzas entre mujeres no significa estar de acuerdo en todo con ellas, pero sí reconocer lo bueno que tienen y valorar el trabajo bien hecho, apoyándolo en lugar de rivalizar.



  




[1] Shinoda Bolen Jean, “Las Diosas de cada mujer. Una nueva psicología femenina” (1993), Editorial Kairos, Barcelona. Capítulos 4,5,9 y 12

miércoles, 16 de marzo de 2016

Sororidad y Pactos entre Mujeres: Nuestra tarea pendiente


NUESTRAS REFLEXIONES, FEBRERO 2016











Espacio de promoción  y reflexión  teológica  feminista

  
Sororidad y Pactos entre Mujeres: Nuestra tarea pendiente[1]
      Al abordar el tema de sororidad y pactos entre mujeres es necesario plantearnos esta pregunta: las mujeres (y las mujeres feministas)… ¿somos misóginas y violentas con otras mujeres? Quizás nuestras primeras reacciones nieguen estas posibilidades, pero si nos analizamos con más detenimiento, y sinceridad, nos daríamos cuenta que con frecuencia emergen en nosotras actitudes misóginas ya sea de manera consciente o inconsciente.
     La misoginia es literalmente “odio hacia las mujeres”. En nuestro contexto social implica desprestigiar e infravalorar todo lo que hacen, dicen o piensan las mujeres como sujeto social y político. Consiste en silenciar los aportes, los estilos y las transgresiones de las mujeres.
     Es de suma importancia reconocer en nosotras la misoginia, porque es el primer paso para empezar a deconstruirla y posteriormente estar en condiciones de promover pactos y alianzas entre mujeres diversas que se reconocen, autorizan y respetan entre sí. Si analizamos los mandatos patriarcales, descubrimos que las mujeres somos entrenadas para sentir celos, envidias, rivalidades y desconfianzas hacia otras mujeres al igual que menospreciamos o desvaloramos los aportes que las mujeres han hecho- y hacen- en todas las esferas de la vida.
     Promover la misoginia entre las mujeres es un arma poderosa que sirve principalmente para dividirnos. Inicia desde que somos niñas al despojarnos de nuestra genealogías femeninas familiares; prosigue en los centros de estudio en donde apenas encontramos mujeres referentes (¡es como si las mujeres no hubieran existido en la Historia o en la Ciencia!) y continua a lo largo de nuestras vidas al recibir mensajes e imágenes que desprestigian o minusvalorizan todo lo que en nuestras sociedades se cataloga como femenino.
    Todas las mujeres alguna vez hemos estado en una gran paradoja: por un lado vivimos el mandado patriarcal y somos misóginas; pero al mismo tiempo buscamos el refugio, apoyo y la complicidad de otras mujeres. En nuestra vida cotidiana, el cuidado de la familia es una tarea compartida casi exclusivamente entre mujeres; a la hora de buscar aliadas para realizar un proyecto o reclamar derechos, casi siempre nos unimos a otras mujeres. La realidad es que las mujeres en nuestra cotidianeidad colaboramos y pactamos mucho más entre nosotras que lo que estamos acostumbradas a reconocer.

    Las mujeres feministas no escapamos de la misoginia, pero nos cuesta muchas veces admitirlo. Puede que sea precisamente uno de los principales retos a los que debemos hacer frente. Sobre todo nos cuesta reconocer la autoridad de otras mujeres, especialmente si estas mujeres tienen un estilo de liderazgo más autoritario o fuerte (algunas dirán, más masculino). Al igual que existen diversidad de mujeres, existen diversidad de liderazgos, algunos de ellos son patriarcales, otros son considerados más “femeninos” y otros más “masculinos”. Yo propongo que tengamos liderazgos feministas; es decir, que reconozcan y autoricen la voz, las ideas y las propuestas de otras mujeres aunque yo no esté de acuerdo con ellas.
     El patriarcado ha mitificado las relaciones entre mujeres de tal forma, que al menor síntoma de desacuerdo es señal de que las mujeres somos incapaces de liderar. Se nos ha despojado de nuestra capacidad de discutir;  estar en desacuerdo es un símbolo de debilidad entre las mujeres. Sin embargo, la realidad es bien distinta. El reconocer a las otras, a las diferentes a mí, permite que las mujeres promovamos prácticas democráticas y horizontales que son necesarias para alcanzar un mundo más justo y equitativo. Todas las mujeres tenemos en común que somos sujetos de opresión. Pero esa opresión nos afecta de forma diferente. Conocer y comprender esas diferencias nos facilita tener más aliadas y compañeras en la búsqueda de una vida con felicidad, justicia y sin violencia.
     Las mujeres podemos estar en descuerdo con otras mujeres, tenemos ese derecho. En ese sentido, debemos deconstruir y romper con el ideal de que las mujeres debemos ser siempre amigas entre nosotras. Lo que debemos erradicar de nuestras relaciones y prácticas hacia otras mujeres es el uso de la violencia a través del descrédito, los chismes y los falsos. Debemos promover la puesta en práctica de espacios para el diálogo entre iguales; apoyar a las mujeres que están expuestas en el ámbito público o político aunque no estemos de acuerdo con su estilo de liderazgo. La clave está, considero, en apoyar a aquellas que demuestran que están trabajando para otras mujeres.
     Dentro de nuestras propias familias, las relaciones entre mujeres tampoco se dan en muchos casos en términos de sororidad. Marcela Lagarde y de Los Ríos habla que las mujeres vivimos en diferentes “cautiverios”. Uno de ellos es el de “madre-hija”. A las mujeres como “madres-esposas” se nos exige que estemos siempre al servicio para otros (esposo, padre, madre, hijas, hijos, mascotas…) pero se nos castiga cuando decidimos “ser egoístas” (pensar en una misma). El egoísmo en las mujeres está considerado uno de los peores pecados y defectos, y las mujeres de nuestras propias familias son las responsables de vigilar para que no seamos egoístas. Así, cuando nuestras madres en lugar de comprarnos otro par de zapatos más (de los treinta pares que tenemos) decide gastarse el dinero en algo para ella, le reprochamos su egoísmo. O cuando la hija decide separarse de su esposo violento, la madre le recuerda que no puede ser egoísta y debe pensar en el bienestar de sus hijos e hijas. 
     Las mujeres vivimos en un estado permanente de culpa; culpa por no cumplir con los mandatos patriarcales que recibimos tanto en la forma que se espera que seamos y actuemos hacia otras mujeres y hombres en general.  En ese sentido, un trabajo que debemos emprender a nivel individual, pero también como colectivo, como sujetos de derechos, es aprender a eliminar la culpa de nuestras vidas, y los pactos entre mujeres es una buena estrategia para emprender tan ardua tarea.
     Potenciar la sororidad como una herramienta de empoderamiento de las mujeres es a día de hoy una tarea pendiente, pero no imposible. Debemos crear los espacios y quizá inventar nuevos códigos para relacionarnos en donde seamos capaces de respetar las diferencias de las otras mujeres. Reconocer y autorizar a las otras no implica necesariamente darle la razón, puede que no estemos de acuerdo con lo que dice o propone. Implica reconocer que las mujeres tenemos voces y opiniones diversas y que aunque vivimos en opresión, vivimos esa opresión de forma distinta y como tal, proponemos alternativas diferentes según nuestras condiciones, posiciones, vivencias y experiencias.

     El gran reto que tenemos las feministas es erradicar de nuestras relaciones entre mujeres el terrorismo de los chismes, el desprestigio hacia las mujeres y aceptar que tenemos que profundizar en el aprendizaje de gestión de los conflictos y no huir de ellos. Para ello debemos potenciar la negociación entre iguales, reconocer y autorizar los liderazgos de las mujeres (sean feministas o no) y sobre todo pactar, que no es otra cosa más que ceder para alcanzar acuerdos.
     Sororidad significa “hermandad entre mujeres”, es decir, consiste en cultivar una relación entre iguales, en horizontalidad y para que funcione requiere que se pongan en práctica alianzas y negociaciones. Cuando me declaro sórica, identifico a otras mujeres como iguales, con autoridad y reconozco su liderazgo. También cuando me declaro sórica, reconozco que los espacios donde participamos las mujeres no son el paraíso, hay problemas y conflictos. Pero soy consciente de ello y potencio los acuerdos.
     Por último, algo que nunca debemos olvidar las mujeres feministas es disfrutar los momentos, celebrar los triunfos y compartir nuestras alegrías con otras mujeres. Muchas veces por todas las exigencias que vivimos olvidamos algo muy importante: ser felices y sonreír. La risa y la felicidad son dos de las armas más poderosas que tenemos las mujeres, nunca renunciemos a ellas; ambas son deliciosas, y más si las disfrutamos y compartimos con otras mujeres. 


[1] El contenido que aquí se expone, es una reseña del tema “Sororidad” compartido por la Lic. Victoria Novoa, coordinadora del área de género de la Oficina de Solidaridad de los Carmelitas Teresianos, a las integrantes de la Asociación Núcleo Mujeres y Teología, el pasado 20 de febrero de 2016.

lunes, 16 de noviembre de 2015

“Nuevos paradigmas de feminidades y masculinidades”

Breve reseña de las jornadas 2015

Los días 16 y 17 octubre recientes, el Núcleo Mujeres y Teología de Guatemala tuvo la dicha de realizar las XVIII Jornadas Mujeres y Teología, esta vez tituladas “Nuevos paradigmas de feminidades y masculinidades”.  Este encuentro se tradujo en un verdadero deleite de sabidurías por los aportes de las personas invitadas, quienes desde diversos enfoques de acuerdo a su expertez e intuiciones expusieron puntos esenciales sobre las nuevas visiones de las feminidades y masculinidades en el mundo actual.
Las jornadas dieron inicio con ponencia introductoria de la Dra. Geraldina Céspedes, especialista en Teología Sistemática, quien expuso desde la perspectiva teológica, la necesidad de un cambio de paradigmas en la comprensión de ser hombres y ser mujeres en el cambio epocal al que se asiste. Dicho cambio implica necesariamente una desprogramación de las corrientes hegemónicas en las distintas ramas del saber y contagiarse de una práctica que lleve a pensar de manera diferente estas identidades asignadas. La tarea a emprender consiste en deconsconstruir los paradigmas que sostienen la dominación y la exclusión para construir otros más liberadores desde nuevos imaginarios que generen mayor humanización.

En la siguiente intervención a cargo del Lic. Francisco Reyes, especialista en el área bíblica,  se reiteró la necesidad de construir nuevos imaginarios instituyentes que inspiren nuevas realidades y nuevas relaciones entre los seres humanos; mismos que podrían basarse en una nueva interpretación de los textos bíblicos. No obstante, la Biblia fue escrita desde una visión patriarcal existen textos antipatriarcales que deben recuperarse e identificar aquellos textos que son fundantes, en especial los que refieren la fe y actuación de Jesús que sobrepasa la condición de género. Una propuesta para comenzar a pasar de la noche obscura es deconstruir las imágenes que se tienen de Dios y salir del absurdo teológico pues lo que define a las personas es su capacidad de amar.

Otra notable exposición fue desarrollada por la Licda. Yolanda Aguilar, quien desde la perspectiva antropológica argumentó que los nuevos paradigmas de lo humano cuestionan rotundamente lo masculino y lo femenino tradicional. Resaltó la necesidad repensar, cuestionar, replantear y desestructurar los modelos socioculturales opresivos que se han aprehendido para encontrar y articular nuevas miradas de otras formas de vivir. Además, la ponente destacó la constatación de una crisis en las identidades masculinas y femeninas. Un ejemplo lo reflejan las personas de la diversidad sexual que manifiestan descontento e inadecuación con la identidad asignada.  Lo importante entonces, es la existencia legítima de los seres individuales y colectivos que desde la complejidad trabajan en función de saber quiénes son, hacia dónde van y qué es lo que quieren.

Posteriormente la Licda. Mónica Pinzón, iluminó desde la perspectiva psicológica, algunos de los múltiples  procesos mentales que ocurren en las mujeres y los hombres  de acuerdo a la construcción social hecha de sí mismos y de su cultura. Compartió su experiencia respecto a las dificultades que la identidad femenina sigue afrontando debido a la asignación de mayores responsabilidades, así como la interiorización de ser seres para otros y no para sí mismas.  La ponente afirma que uno de los efectos de la sobrevaloración masculina consiste en que las relaciones intragenéricas de las mujeres se tornan competitivas y no permiten ser hermanas. La propuesta ante estas situaciones es la deconstrucción de los roles asignados y realizar procesos de sanación profunda de los cuerpos de las mujeres y los hombres para reconciliarse con una nueva forma de ser y no perder la oportunidad de vivir sin plenitud.
Las jornadas continuaron enriqueciéndose con la exposición de la Dra. Lily Muñoz desde una perspectiva sociológica, quien describió el proceso sociohistórico de la construcción de la masculinidad y de la feminidad hegemónica que ha llegado hasta nuestros días. Destacó que desde la categoría de género se explican las relaciones asimétricas de poder entre las mujeres y los hombres, mismas que han entendido la diferencia virtual en desigualdad social. Se plantea la necesidad de tomar en cuenta que si la cultura machista reproduce las relaciones desde la lógica del poder los sujetos subordinados tienen la responsabilidad de empoderarse y crear proyectos políticos que promuevan la equidad.
Por último, el Lic. Enrique Campang desde la perspectiva biológica-natural reveló la importancia de la observación de la naturaleza para comprender lo humano. 

De manera creativa el ponente dio a conocer su tesis sobre la confusión del origen de la vida, resaltando que las identidades mantenidas desde tiempos ancestrales del macho y de la hembra han derivado en  relaciones difíciles y asimétricas. Ante estas situaciones de desigualdad propone la construcción de relaciones más evolucionadas donde el respeto a la dignidad de la persona sea modelo de civilización. Finalmente enfatizó que dada la interrelación entre todo lo que existe, la función de los humanos es avanzar con la naturaleza y no dominarla.
En la tarde del sábado, estas jornadas concluyeron con un interesante coloquio dirigido por la Dra. Geraldina Céspedes en donde las y los participantes expresaron sus opiniones y resonancias sobre los temas tratados, afirmando la importancia de continuar trabajando por la igualdad, crear redes, recuperar la fuerza de la Ruáh divina y ser capaces de pasar de la reflexión a la acción a fin de humanizar las relaciones entre hombres y mujeres.
Por Lubia De León