Desde el sentir y pensar de las mujeres en la tierra de la eterna primavera
viernes, 3 de julio de 2020
martes, 2 de junio de 2020
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| Nuestras Reflexiones 02-06-2020 |
lunes, 4 de mayo de 2020
María de Nazaret: mujer de fe y discípula misionera
Además de estas visiones de María, a nosotras mujeres, de modo especial, nos han presentado la figura de una María humilde, silenciosa, servidora, que no cuestiona nada y siempre dice “sí” a todos. Una María “purísima”, que nunca pasó por las dificultades que la mayor parte de las mujeres tienen que enfrentar en su vida sexual y sus relaciones conyugales. Esa figura de María no nos hace bien. La historia y la espiritualidad de las mujeres está llena de muchas experiencias de autoculpabilización, que nos aleja todavía más de la figura de la María histórica, que ha pasado por las mismas dificultades de las mujeres de su tiempo. Por eso, en este breve texto quiero proponer otra visión de la devoción a María, desde la perspectiva de la misión.
La atención misionera de María a las necesidades de las personas más vulnerables nos indica cómo hacer para que los pobres sean acogidos, amados y amparados. La solidaridad de la Madre de Jesús genera comunión y fraternidad y educa para un estilo de vida compartida y solidaria. Esta fuerte presencia de María enriquece la dimensión misionera de la Iglesia y la convierte en lugar de comunión y espacio fecundo de preparación para asumir la misión en la perspectiva del Reino de Dios.
Es sorprendente la espiritualidad mariana que brota a partir del contexto del Reino de Dios. En él María es contemplada en su debido lugar, junto a otras mujeres, como una discípula misionera de fe y valentía, que no tiene miedo de exponerse porque sabe que Dios hace en ella y por medio de ella "grandes cosas" (Lucas 1,39-56). Ella sabe reconocer los signos de Dios actuando en la historia de su pueblo para liberarlo. La memoria de la lucha de muchas mujeres, sus antecesoras, por la liberación de su pueblo está bien viva en su corazón. Por eso María cultiva una espiritualidad atenta a sus clamores y no se desanima ante los poderosos; es una espiritualidad que restablece la fuerza de los débiles y afirma el coraje de quien lucha en la defensa de la vida de los pobres.
Así es también, hoy, la espiritualidad de las mujeres y de las personas que se ponen al servicio del pueblo sufrido y explotado: una espiritualidad que desafía a las fuerzas opresoras y dominadoras porque sabe que el Dios de la historia no abandona a sus hijos e hijas, y quiere "vida en abundancia para todas las personas" (Juan 10,10). Le toca a la "Iglesia misionera en salida", como dijo el Papa Francisco, como simple servidora del Evangelio, debe potenciar la acción de María entre los "pequeños", amados de Jesús y razón de ser de su encarnación y misión.
La contemplación de María como discípula misionera une y empodera a todas las personas que a ella recurren, sobre todo a las mujeres, haciéndolas persistentes y valientes, capaces de enfrentar y superar todo tipo de obstáculos. La devoción mariana, en esa perspectiva, adquiere una dimensión profético- liberadora, ya que es una espiritualidad histórica, capaz de leer los signos de Dios en la historia personal y colectiva, y de actuar en la realidad de hoy conforme a los principios del Reino de Dios.
Para reflexionar:
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| Hna. Alzira Munhoz – CF[1] |
miércoles, 1 de abril de 2020
María de Nazaret: mujer de fe, discípula y compañera misionera
Nuestras Reflexiones
NR-04-2020
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Las reflexiones que comparto en este texto son fruto de mi experiencia con María, que siempre fue para mí una mujer y misionera admirable, que asumió libremente participar en el proyecto del Reino de Dios junto con su pueblo, y a ese proyecto se entregó total y conscientemente. Como pobre y con los pobres, y sobre todo con las mujeres judías de su época, ella también soñaba y buscaba realizar el Reino de Dios como un mundo alternativo de justicia paz y solidaridad. Es sobre esta María que quiero reflexionar con ustedes en este texto.
María de Nazaret: una mujer identificada con su pueblo
María de Nazaret: una mujer judía que emerge en el primer
siglo de la era cristiana, probablemente analfabeta, vivió en una aldea llamada
Nazaret. Una mujer simple, cuya fe fue delineada por las promesas de las
Escrituras judías y cuya espiritualidad fue forjada en la vivencia y en la
práctica de los deberes religiosos comunes del hogar, como encender las velas
del Sabbath, por ejemplo.
En otras palabras, siento a María como una mujer atenta a
las Escrituras, que las asimiló en sus actitudes y le sirvieron de impulso
durante toda su vida.
Ella no sólo aceptó ser madre de Jesús y cuidar de él, sino también estuvo con las discípulas y discípulos que le siguieron y se quedaron junto a él en sus horas más difíciles, siendo también testigos de su resurrección. Los escritos del Nuevo Testamento la configuran como una mujer de fe, consciente, decidida y valiente, una discípula aglutinadora de la comunidad cristiana naciente. Al comienzo de su evangelio, Lucas la muestra junto a la comunidad de los pobres, los que esperaban la realización de las promesas divinas configuradas en el Reino de Dios. Por tanto, es justo ver a María como una mujer que hizo la elección libre y consciente de participar en el Reino de Dios, y no como un ejemplo de sumisión pasiva a una voluntad divina absoluta.
La comunidad de Lucas captó estas características de la personalidad de María. En el Evangelio de Lucas, el magníficat (Lc 1,46-55) pone en sus labios no sólo un himno de alabanza, sino también de indignación y de proclamación de la visión del Reino, presentándola en actitud solidaria con su pueblo, junto con otras mujeres que también proclamaron el poder misericordioso de Dios en favor de los pobres: Miriam, hermana de Moisés (Éxodo 15,21); Débora, la profetiza y jueza (Jueces 5,12); Ana, madre de Samuel (1Samuel 2,1); e Isabel, una anciana que necesita de apoyo en un embarazo de riesgo, como la propia María, que también enfrenta la difícil situación de gestar un hijo en condiciones no comunes.
María discípula y compañera misionera pobre entre los pobres
María es discípula misionera porque está situada junto a los pobres y humillados y cree que Dios no está del lado de los poderosos, sino que asume la defensa de los humillados (Lucas 1,52); ella cree firmemente que los hambrientos no serán abandonados con las manos vacías (Lucas 1,53); por eso, lucha con fe espera un mejor, de acuerdo con las promesas del Reino de Dios. Esta composición del magníficat nos ayuda a ver a María ligada a una tradición judía de justicia y profecía. La espada que Simeón dijo que golpearía su corazón, atravesó, y aún atraviesa, los corazones de muchas madres y padres cuyos hijos perecen bajo la tiranía de los Herodes de hoy.
Como mujer-madre María intentó comprender muchas cosas, como las elecciones de su hijo durante su ministerio. Ella guardaba todo en su corazón, dice el evangelio lucano. Y aunque ella generalmente es presentada entre bastidores, podemos, con certeza, imaginarla actuando junto con los discípulos y discípulas de Jesús. Esto reivindica para ella la identidad de discípula misionera y la localiza firmemente en la comunión de las santas y santos de todos los tiempos, justo en el centro de la Tradición eclesial. No es casual que la devoción popular mariana es rica en cantos, oraciones, letanías y otras invocaciones que muestran una María solidaria con personas y grupos humanos abandonados y explotados por sistemas dominantes, como sucede hoy en todos los países latinoamericanos y en otras partes del mundo.
Las reflexiones anteriores muestran por qué la devoción y el culto a María no pueden ser desvinculados del sufrimiento de los pobres, principalmente de las mujeres pobres. A María los pobres se le acercan con fe y esperanza. Ella es la inspiración para la Iglesia que desea ser la sierva de los pobres, como insiste el Papa Francisco. Ella se identifica con los intereses de los pobres y oprimidos, y su propia experiencia de fe está anclada a un Dios que está del lado de ellos.
Las similitudes entre la vida de María y la vida de los pobres (anawin) son una importante fuente de espiritualidad, sobre todo para las mujeres pobres. María no es una reina del cielo, sino una mujer de la tierra, que comparte sus vidas como hermana, madre, inspiradora, compañera solidaria. Como María, muchas madres alrededor del mundo dan a luz a sus hijos en situaciones muy precarias, o incluso desamparadas; son forzadas a huir de su colonia, su ciudad o su tierra natal, como refugiadas, con un niño en los brazos; muchas madres pierden a sus hijos e hijas en las guerras, la prostitución, la trata de personas, las drogas, el trabajo esclavo. Hay una empatía e identificación entre esas mujeres y María. De esa convergencia nacen originalísimas espiritualidades y devociones marianas basadas en el servicio misionero comprometido junto a personas fragilizadas, en el cuidado de la vida en todas sus expresiones, y en la presencia ético-solidaria.
María, la discípula misionera que lucha por un nuevo orden social
Pero María también está en solidaridad con los pobres (anawin) en su lucha por crear un nuevo orden social, como muy bien expresa el Magníficat, que es una síntesis de la visión alternativa del Reino de Dios, tan soñada y esperada por los pobres de Israel. La tradición judía del Reino de Dios, entendido como una visión de justicia, de dignidad humana y de salvación para todas las personas, en medio de un mundo regido por la dominación, opresión y deshumanización, nos permite situar a María como una discípula misionera en este contexto.
La cosmovisión político-religiosa del Reino de Dios como el imperio del bien común, fue realmente determinante e inclusiva para Jesús y sus discípulos y discípulas, así también para su madre. El mayor cambio introducido por la visión del Reino ocurrió principalmente por la “comunión de la mesa” entre pobres, gentiles, pecadores, mujeres y judíos-cristianos, y tuvo especial impacto y de adhesión entre las mujeres que se sintieron incluidas y percibieron que en el Reino inaugurado por Jesús ellas podían ocupar un lugar central, siendo respetadas en su dignidad, como personas y como mujeres.
El movimiento de Jesús experimentó un Dios benevolente e inclusivo, que acepta a todos, sin excepción, propiciando justicia y bienestar para todas las personas, como María canta en el magníficat. Los seguidores y seguidoras de Jesús entendieron que debían hacer presente el reino de Dios conforme a los principios y criterios del Reino (visto como un acontecimiento salvífico colectivo inclusivo) curando, liberando de todo tipo de opresión, animando y reuniendo a todas las personas para participar en la mesa de la vida. La presencia y actuación de María en el matrimonio de Caná se sitúa en esa perspectiva. Ella no es vista sólo en su papel como madre, que acepta cumplir pasivamente la voluntad de un Dios absoluto, sino también en relación con el Reino que irrumpe en la historia de los pequeños, a través del poder creativo de la Ruah Divina.
María de Nazaret, discípula misionera, modelo de las personas discípulas misioneras
Los cristianos y las cristianas creen que María de Nazaret fue la primera discípula misionera de Jesúcristo. Mujer de fe y generosidad, al mismo tiempo,discípula misionera de Jesucristo. Mujer de fe evangelizada y evangelizadora (cf. Juan 2, 1-12). Por su testimonio de oración, de escucha de la Palabra de Dios y de pronta disponibilidad al servicio del Reino de Dios, hasta la cruz, ella es el modelo de las personas discípulas misioneras. En todos los continentes, María nos sigue enseñando cómo llevar a la humanidad a Jesús. Ella nos precede en la peregrinación de la fe y nos acompaña con amor en el camino del seguimiento de su Hijo.
María fue la primera misionera de Jesús porque lo acogió en su corazón, lo cargó en su vientre y se lo entregó al mundo. Hoy, ella sirve como modelo, guía y aliento a las personas discípulas misioneras, abriendo camino y atrayendo a la gente para seguir a su Hijo. Por eso es considerada la primera evangelizadora y primera evangelizada. Conforme a Lucas 1, 26-56, ella acogió con fe la Buena Nueva de la salvación, convirtiéndose en anuncio, profecía y canto, como nos muestra claramente el magníficat.
En resumen, como madre y educadora, María enseña a la Iglesia-comunidad a consagrarse a la misión y a perseverar en el seguimiento de Jesús. Su figura de mujer libre, decidida y comprometida se manifiesta en el Evangelio, orientada hacia el seguimiento a Jesús. Aprendimos con María a contemplar el rostro de Cristo en el rostro de sus hermanos sufrientes "más pequeños" (Mt 25,31ss), y a experimentar la profundidad de su amor liberador. Con su cuidado por todas las personas en sus necesidades, como en la visita de apoyo a su prima anciana, Isabel, (Lucas 1,39-56) y en Caná de Galilea (Juan 2, 1-11), cuando falta el vino necesario para la completa alegría familiar, la madre y compañera fiel de la Iglesia ayuda a mantener vivas nuestras actitudes misioneras de atención, servicio, entrega y gratitud, que deben distinguir a las personas discípulas seguidoras de Jesucristo.
La contemplación de María como discípula misionera une y empodera a todas las personas que a ella recurren, sobre todo a nosotras mujeres, haciéndonos persistentes y valientes, capaces de enfrentar y superar todo tipo de obstáculos. La devoción mariana, en esa perspectiva, adquiere una dimensión profético-liberadora, ya que es una espiritualidad histórica, capaz de leer los signos de Dios en la historia personal y colectiva, y de actuar en la realidad de hoy según los principios del Reino de Dios.
martes, 10 de marzo de 2020
La voz profética de Greta

Nosotras las mujeres, que por siglos hemos sido silenciadas, avasalladas en nuestras ideas y pensamientos; castradas en nuestros impulsos por defendernos a nosotras mismas y a nuestras familias frente a la cultura de muerte, estamos siendo dignamente representadas por una joven mujer, que expresa su convicción de que no nos pueden engañar más. ¿Quién ha fallado? El sistema, las estructuras, los esquemas dominadores que se arrodillan frente al poder. Y allí en ese sistema, hombres y mujeres nos hemos quedado atrapadas, reproduciendo estímulos que perpetúan el concepto de dominadores y dominados.
El cambio climático nos ahoga. Ya no hay región que se libre de incendios forestales que matan especies a granel, de altas temperaturas y sequías, de inundaciones que avasallan todo lo que encuentren a su paso, de contaminación de todo tipo. El cambio debe empezar por cada uno y cada una, pero es urgente el cambio desde las políticas gubernamentales del mundo entero. El clamor de Greta es nuestro también; no nos engañemos más, no evadamos la realidad de un planeta que gime desde sus entrañas, porque está herido, apuñalado, golpeado y ultrajado. De alguna manera hace analogía con tantos cuerpos de mujeres que en igual condición han sucumbido históricamente y lo siguen haciendo a manos de criminales masculinos perversos.
Nieves Lucía Rodríguez Quesada
Costa Rica








