Mi cuerpo, mi tiempo y mi comunidad me han enseñado algo que
el sistema capitalista no quiere que sepamos: que ya somos abundancia.
Vivimos en un mundo diseñado para hacernos sentir escasez.
Pero en los evangelios, en las comunidades indígenas, en Núcleo Mujeres y
Teología, he visto otro reino posible. Un reino donde el pan se multiplica
cuando se comparte.
El sistema de la escasez
El sistema capitalista y patriarcal está diseñado para que
seamos consumidoras de productos que, estratégicamente, están en todas partes
para que nos creemos necesidades y terminemos consumiendo cosas que no
necesitamos para vivir. El sistema no solo nos vende cosas. Nos vende cuerpos.
Nos dice cómo debemos vernos, cuánto debemos pesar, a qué edad casarnos y tener
hijos. Nos mete la idea de que, si no producimos, no valemos. Por eso tantas
mujeres vivimos cansadas, endeudadas, comparándonos en redes sociales. Esa es
la escasez más profunda: la de autoestima, la de tiempo para descansar, la de
sentir que somos suficientes. El patriarcado nos enseñó a medirnos por lo que
damos a otros y a olvidarnos de darnos a nosotras mismas.
También a las mujeres se nos enseñó que, a lo largo de la historia, por naturaleza somos rivales y enemigas, y que no podemos tener una competencia sana entre nosotras. Al cuestionar ese pensamiento, llegué a la conclusión de que eso, no necesariamente ayuda a las mujeres, sino al sistema al que le conviene vernos como rivales para que no alcemos la voz contra las injusticias, la violencia, la discriminación, el racismo y la exclusión etc. Estar conscientes de que existe un sistema que fue diseñado históricamente para excluir a las mujeres, subordinarlas y negarles sus derechos inherentes como seres humanos, nos permite entender por qué a veces vemos nuestra vida con escasez y necesidad, y la vemos pasar rápido sin disfrutar realmente de una vida plena. La escasez nos enseña a desgastarnos cumpliendo expectativas que no son nuestras, sino impuestas por una sociedad que evoluciona rápidamente.
Abundancia desde la fe y la comunidad
Cuando pienso en abundancia, lo primero que se me viene a la
cabeza son los dichos y hechos de Jesús en su tiempo. Él decía en Juan 10:10:
“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia”. Él se
refería a que todos y todas, sin exclusión, tengamos acceso a una vida digna.
Eso quiere decir que crezcamos en igualdad de dignidad, justicia, amor e
igualdad de condiciones para desarrollarnos plenamente en un sentido holístico.
Analizar la abundancia es entender que, a pesar de un
sistema capitalista diseñado para acelerar la vida, acumular bienes y fomentar
la rivalidad, existen personas y grupos que desafían ese sistema, rompen
cadenas y plantean una forma de vida diferente para disfrutar la vida plena y
gozar de los bienes que Di*s ha dejado. Hablar del cuidado es una forma sana de
crecer y ver la vida con esperanza.
Hay millones de mujeres que han luchado y se han apoyado
unas a otras para seguir creciendo. Eso me trae a la mente ejemplos claros como
el de las comunidades indígenas y su forma de ayudar: cuando una persona
necesita apoyo, la comunidad responde automáticamente con lo que tiene.
Otro hecho en lo que pienso es en la multiplicación de los
panes. El milagro se narra en los cuatro evangelios: Mateo 14:13-21, Marcos
6:30-44, Lucas 9:10-17 y Juan 6:1-14. “Jesús tomó cinco panes y dos peces, dio
gracias, los partió y los distribuyó. Todos comieron hasta saciarse, y sobraron
doce canastos”. Este hecho me llena de esperanza porque aún se siguen viendo
esas acciones de solidaridad y convivencia en las comunidades y en los grupos de
mujeres. Un claro ejemplo es Núcleo Mujeres y Teología: por compartir,
construir comunidad, formar a mujeres, liberarlas, apoyarlas y apostar por una
teología liberadora. Es una semilla que crece con arduo trabajo para construir
un reino de Dios más justo e igualitario.
Otro ejemplo muy importante que me ha marcado es la historia
de tres mujeres: Noemí, Rut y Orfa que se narra en el Antiguo Testamento en el
libro de Rut 1:8-17. Noemí, al quedarse desamparada, propone a sus nueras
volver a sus pueblos. Orfa se va, pero Rut acompaña a su suegra. Este hecho
muestra la sabiduría de mujeres que empatizan, se solidarizan y se preocupan
por otras, dándoles el poder de decidir sobre sus propias vidas. Son mujeres
resilientes que desafían un sistema que impone cómo deben vivir. Esta es una
herencia para nosotras: apoyarnos unas a otras para mejorar nuestras vidas y la
de nuestra comunidad.
Cuidarnos como templo y cuidar la tierra
Cuidar el cuerpo también es teología. Cuando Jesús sanaba,
tocaba, comía con la gente, estaba diciendo que el cuerpo importa. Que Di*s no está
solo en el cielo, sino en la piel, en el cansancio, en el gozo. Por eso
resistir es dormir 8 horas, es comer sin culpa, es decir “no” sin
explicaciones. Cuando entendemos eso vemos la vida con abundancia. Expongo algunas
ideas para cuidarnos a nosotras mismas: lo que consumimos, lo que hacemos por
nuestro cuerpo, porque somos templo sagrado de Dios. Él nos hizo a su imagen y
semejanza. Génesis 1:26 dice: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, conforme
a nuestra semejanza”. Es nuestro deber cuidarlo, protegerlo y sanarlo. ¿Cómo lo
hacemos? A través de la meditación, la oración, hábitos sanos como el
ejercicio, darnos tiempo para nosotras y ayudar a las demás en lo que se pueda.
También, como personas abundantes, tenemos la responsabilidad de cuidar nuestro
planeta, nuestra madre tierra, porque Di*s nos dio todo para que podamos vivir
plenamente.
En conclusión, la abundancia es una decisión diaria, es gratitud, es comunidad, es resistir a la lógica de la escasez.
Amén.
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