Apuntes
antropológico-teológicos desde la piedad popular guatemalteca
Las
experiencias vividas a lo largo del fin de año me invitan a recordar cómo los
llamados “tiempos fuertes” del calendario litúrgico se cristalizan a través de
prácticas de carácter antropológico-teológico profundamente encarnadas. Al
recorrer mi vida desde la más tierna infancia hasta mi actual adultez, emerge
con claridad la presencia constante de mis abuelas y de las mujeres de mi familia
y comunidad. Esta memoria vital me conduce a reconocer que han sido las mujeres
quienes, históricamente, han preservado y transmitido este tesoro espiritual en
las pequeñas comunidades cristianas, especialmente en barrios y pueblos donde
la convivencia cotidiana entre mujeres y hombres es cercana y orgánica.
Desde esta
experiencia situada, propongo una lectura de la presencia de la Sabiduría
divina —Sofía— en el imaginario colectivo, mediada por prácticas
antropológico-teológicas que pueden comprenderse desde tres matices
interrelacionados: el trascendental, el inmanente y el simbólico.
El matiz
trascendental de la mística femenina dentro de la piedad popular se manifiesta
en la forma en que las mujeres orientan su relación con el Misterio. Dicha
relación suele desarrollarse al margen —y a veces a pesar— de influencias
dogmáticas, coercitivas y patriarcales, tanto eclesiales como políticas, que
históricamente han prescrito qué creer, qué decir y cómo vivir la fe.
Los rezos
populares están cargados de meditaciones que brotan de una relación íntima con
Dios y que se encarnan en elementos culturales como los cantos, los cohetillos,
las comidas rituales, los adornos y la convivencia familiar y comunitaria.
Estas expresiones no solo acompañan la vida litúrgica, sino que la
reinterpretan desde la experiencia cotidiana de las mujeres.
Existen evidencias históricas de alabados y cantos redactados en femenino que permiten vislumbrar cómo las aclamaciones presentes en novenas —como las del Niño Dios durante el tiempo de Navidad— se articulan desde una voz colectiva de mujeres[1]. El antropólogo guatemalteco Celso Lara documenta este fenómeno en diversas expresiones de la tradición popular religiosa. Un ejemplo significativo se encuentra en los villancicos coloniales registrados en la “Novena y ejercicios al Niño Dios”, editada en 1906 por José María Rodríguez Colom:
“El Niño nos dice
con modo gracioso:
velad esta noche,
niñas de mis ojos.
Venid, pastorcitas,
venid a cantar
las glorias del Niño
que está en el portal”.
Este tipo
de textos revela una espiritualidad femenina que nombra, canta y contempla el
Misterio desde claves propias.
Desde un
sentido inmanente, puedo dar testimonio de cómo las prácticas socio religiosas
han influido profundamente en mi relación con Dios y, por ende, con mi entorno
familiar y social. Actividades litúrgicas asociadas al Adviento (rezos a la
Inmaculada, posadas, rezados), la Navidad (novenas al Niño Dios), la Cuaresma
(rezo del Vía Crucis) y la Pascua (celebración de Pentecostés) fueron
organizadas y sostenidas, de manera casi invisible pero constante, por mis
abuelas, mis tías y mi mamá.
Estas
prácticas generan vínculos intergeneracionales que posibilitan una pertenencia
profunda y dan lugar a la construcción de una identidad sólida. Cada rezo, cada
canto, cada sorbo de ponche o probadita de tamal evoca en mi memoria la
presencia viva de las mujeres de mi familia. Fueron ellas quienes perpetuaron
estos lazos transgeneracionales que me permiten nombrarme y situarme: hermana,
prima, hija, sobrina y nieta.
La
identidad forjada a través de estas prácticas fortalece el autoconcepto, la
autoestima y el compromiso comunitario y social, particularmente en la relación
con la divina Sofía, entendida —siguiendo a Elizabeth Johnson— como la
Sabiduría de Dios que se revela en la experiencia histórica y corporal de las
mujeres[2].
El
simbolismo contenido en la piedad popular y en las tradiciones propias de
barrios y parroquias ejerce un impacto profundo en el inconsciente colectivo de
generación en generación. Este dinamismo simbólico es impulsado, de forma
esencial, por la mujer que organiza los rezos, las posadas, las comidas
rituales y las reuniones familiares. Es una sabiduría escondida en pequeños
rituales la que unifica a las mujeres y permite que sean ellas quienes convoquen,
conecten y perpetúen los vínculos propios de los rituales que evocan
significados; todo ello gracias a la fuerza de Sofía que permiten reconocer la
creatividad del encuentro, el dinamismo de la vida y el arte de crear lazos.
Es Sofía
quien permite que las mujeres dentro de las familias y comunidades sean capaces
de convocar y guardar las recetas, los rituales y los signos propios de cada
tradición y cada encuentro. Celso Lara señala que, dentro de las tradiciones
vividas en los hogares guatemaltecos —especialmente durante el Adviento y la
Cuaresma como antesala de la Navidad y la Pascua—, se tejen lazos sólidos
mediante pequeños rituales domésticos que muchas veces se realizan sin cuestionar
su origen.[3] Todos
ellos organizados por esa mujer que observa, que une, que convoca y sana.
Son esas
reuniones protocolares previas a cada celebración las que ocultan una sabiduría
más profunda: la capacidad femenina de ofrecer una comida sacra, cargada de
sentido simbólico, así como también la libertad de crear cantos, rezos y signos
rituales sin depender de una mediación patriarcal.
En este
contexto, se vuelve urgente reconocer la necesidad de cronistas mujeres dentro
de la sociedad guatemalteca. Históricamente han sido los hombres quienes han
narrado las tradiciones, las prácticas religiosas y la memoria colectiva del
país, muchas veces desde una mirada externa a la vida doméstica y comunitaria.
Sin embargo, son las mujeres quienes han sostenido, transmitido y resignificado
dichas prácticas en la cotidianidad.
Que las
mujeres no solo actúen, sino también relaten la historia y las costumbres de
Guatemala, permite recuperar una memoria más completa, encarnada y sapiencial.
De este modo, Sofía no solo se vive en el silencio de los hogares y las cocinas
rituales, sino que también se nombra, se escribe y se comparte como fuente
legítima de conocimiento teológico.
Después de estas reflexiones, se puede concluir que las mujeres atesoran y resguardan los tesoros ocultos en las tradiciones, afinando los oídos del corazón y agudizando los ojos del espíritu. Así se deja entrever la fuerza de Sofía, que habita en las mujeres de cada época y permea las relaciones sororales y fraternas que nos acercan como humanidad en comunión con la divinidad. Sofía, sigilosa en su actuar, trasciende hogares, comunidades y épocas, consolidando la memoria, la identidad y la esperanza.
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| Rita María Gálvez Retolaza Psicóloga clínica. Diplomada en Teología. |

Que la fuerza de Sofía nos inspire a relatar, a escribir, a transformar y generar desde la creatividad y la vida misma.
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