La pandemia ha sido un golpe bajo
para la arrogancia humana. Vino sin ser
invitada y no está dispuesta a irse pronto.
El ser humano, explorador, conquistador, creativo; se ha visto
ninguneado, con toda su ciencia y tecnología, por un virus que, según los científicos,
no mide más de 67 nanómetros[1]
de diámetro.
Aún no está claro, después de un
año de su aparición en el mundo, cómo se propaga, qué órganos ataca, cuáles son
sus síntomas específicos o cómo muta. Sin embargo, ha llevado a la humanidad a
verse de frente con su insignificancia, su nulidad, su temporalidad. No hay humano inmune al virus, y por ahora,
no hay dinero que pueda garantizar la vida de nadie frente a este. Al ser humano, que pensaba que tenía el
control de todo, no le queda otra que aceptar que vida y muerte escapan de su dominio
y que son “un asunto serio”[2].
Al mundo, que
no podía parar; a los mercados que solo conocían crecer, les fue puesto un alto. Los índices de las bolsas cayeron; el
consumo, supuesto motor del desarrollo, se detuvo. ¿Quién diría que las otroras multimillonarias
líneas aéreas, las grandes cadenas hoteleras, las petroleras, junto con tantas
otras empresas, tuvieran un colapso económico? ¿Que los grandes índices del
mercado dejarían de controlar el mundo para dar paso a la espera e
incertidumbre? Pareciera como si un rayo
de luz divina se hubiera abierto paso entre el humo de la industria para iluminar
tantas vidas que, al detenerse, descubrieron dimensiones de su ser desconocidas.
Las
dificultades económicas de tantas familias obligaron a muchos a buscar refugio
con sus familiares, volviendo a sus vínculos más ancestrales. Los hijos regresaron al regazo de sus madres,
llorando sus pérdidas, pero honrando sus orígenes. El tráfico y la neurosis colectiva pasaron al
trabajo en casa, reuniendo parejas que antes no tenían tiempo para compartir,
dando ahora la oportunidad de evaluar si podían convivir.
Los hijos
fueron obligados a pasar más tiempo en casa y los padres a ser creativos para
compartir tiempo con ellos. Las familias
recordaron los viejos juegos de mesa.
Los jóvenes buscaron recetas en redes sociales para sorprender a los
demás. Incluso hubo competencias en
artes culinarias. Los padres
desempolvaron las viejas recetas de la abuela buscando superar las novedades de
las redes.
Las grandes
bodas fueron canceladas y triunfó el amor, ya que los jóvenes decidieron que
aún sin espectáculo, valía la pena entregarse uno al otro por el resto de sus
vidas. También hubo quien descubrió que
vivía con algún desconocido y decidió darse la oportunidad para conocerse a sí
misma.
Muchas personas habrán tenido el tiempo de leer libros que desde tiempo atrás querían leer, meditar, pintar, escribir, hacer el jardín, contar cuentos, aprender algo nuevo online… tanto por hacer, cuando podemos decidir por nosotras mismas cómo invertir el tiempo.
Las mujeres ante la crisis sanitaria
La emergencia
médica, sacó lo mejor de tantas personas comprometidas con la salud, pero su
insuficiencia despertó la medicina alternativa que había sido desdeñada. De repente, tuvieron importancia las mujeres
que guardaban los secretos de las plantas, las sanadoras, las chamanas, las que
honran la naturaleza, las cuidadoras. Valdría
la pena hacer un estudio comparativo entre la eficacia de los métodos
alopáticos comparados con las terapias alternativas y naturales ya que, ante
las manifestaciones tan erráticas del virus, no hay tratamiento seguro y los
pueblos parecieran tener buenos resultados con tratamientos naturales y
energéticos frente al virus.
Con este
fuerte cambio en el orden mundial, empezó a adquirir importancia la acogida de
la madre, la cocina en casa, la nutrición sana, mientras más natural y en
contacto con la tierra, mejor. Empezamos
a buscar la cercanía con la madre tierra, sus medicinas y terapias y nos
abrimos a las fuerzas del cosmos buscando relacionarnos con la energía del
universo que lo penetra todo. Y allí,
abriendo nuestras conciencias, descubrimos que la muerte no es la enemiga que
nos roba la vida, sino una gran hermana que puede sacar lo mejor de nosotras. Ya lo había dicho Francisco de Asís hace
siglos.
También han
sido esas mujeres sanadoras, quienes han acompañado a las familias que enterraron
seres amados, sostuvieron sus manos, oraron, invocaron y llevaron luz,
esperanza y consuelo entre tanto dolor ante la muerte repentina. Las mujeres suelen organizarse para acompañar
a quienes sufren, escuchan los lamentos, acogen del dolor, llevan alimento para
el cuerpo y el alma, y transmutan el sufrimiento.
Las mujeres saben honrar la vulnerabilidad y recuperar la sacramentalidad de la vida. Viven el dolor de la opresión de su género día a día y desde allí reconocen que el hombre no tiene la última palabra. Saben que la muerte, desde Jesús de Nazareth, es una buena noticia, que el Dios revelado por Jesús, no abandona al ser humano en la cruz, que la última palabra no la tiene el poder del mundo, ni la violencia, ni la muerte. Confían en Dios que levanta los huesos secos del desierto (Ez 37), saben que la muerte ha perdido su aguijón (1 Cor 15,55ss), que es ganancia (Flp 1, 21) y llenas de fe, llevan amor y esperanza a los hogares sufrientes.
La oportunidad
Resulta que este
ínfimo virus trae un mensaje: ha venido a subvertir el orden mundial. Ha venido a cambiar las estructuras y los
valores de las cosas, ha desafiado a las fuerzas ostentosas y la dominación, haciendo
surgir la necesidad del cuidado del otro, la acogida y el amor sororales. Se
reveló la urgente necesidad de la solidaridad, del cuidado por los otros, la
responsabilidad social, la dependencia mutua; tal como muy bien lo ha expuesto
el papa Francisco en su encíclica Fratelli tuti; y que todos los grandes
místicos de todas las religiones no han cesado de repetir por milenos.
Nos enseñó lo
absurdo de la competencia, del afán de tener y poseer, y la necesidad de
construir sociedades más solidarias y fraternas, donde nos importen nuestros
vecinos como seres humanos, hermanas y hermanos todos. Donde dejemos de construir muros para
defender nuestras posesiones de las personas desposeídas. Ya que este virus ¡se salta los muros! Debe preocuparnos que las y los más pobres
entre los pobres estén libres del virus.
Mientras alguien tenga el virus ¡todas las personas estamos en
riesgo! No había sido así con el hambre,
la pobreza, la esclavitud, la migración….
Siempre hubo palacetes donde, quien podía, se refugiaba de lo que
incomoda. No es así con este implacable
virus, que no respeta condición social, económica ni nada, ha sido el bicho más
democrático del último siglo.
Pareciera ser
que la Madre Tierra nos ofrece un año de gracia, una nueva oportunidad para
recrearnos como humanidad, un año sabático según la tradición bíblica: cada siete años, se perdonaban las deudas,
los esclavos eran dejados en libertad, los campos quedaban sin cultivar y sus
frutos espontáneos quedaban para los pobres (Ex 21, 2-6; 23, 10-13; Dt 15,
1-18; Lv 25, 1-7.20-22)[3].
El Covid 19 ha revelado que los sistemas
ideológicos construidos por los hombres son insostenibles ya que, han creado
mayores brechas entre los habitantes. El
consumismo, al final, nos consume a nosotros mismos; el patriarcado, con su
idea de conquista y dominio, no puede hacer nada frente a este ínfimo virus,
tampoco el más robusto sistema económico de mercado puede comprar un minuto de
vida a un enfermo, o dar fuerza a un médico exhausto.
Abrazando el dolor
y la muerte, con fe en que la vida tiene sentido más allá de nuestro espacio
temporal, podemos reconocer este tiempo como un extraordinario tiempo de gracia
ofrecido a la humanidad, tiempo de vuelta al interior, de vincularnos con
nuestras entrañas y descubrir nuestra relación con toda la creación. El dolor y la muerte, tal y como lo han
enseñado todas las tradiciones religiosas, son parte de la vida misma. Traen un nuevo amanecer, redimensionan la
vida descubriendo lo que en realidad importa.
¿No ha sido el
ser humano y su avaricia un virus implacable para el mundo y su diversidad de
vida?
Al final de cuentas, lo que en lo más íntimo de nuestro ser buscamos, es volver al regazo de la Madre Tierra, que acoge incondicionalmente, transmuta nuestra energía y nos hace eternos. Sin lugar a dudas, esto es un gran mensaje del Covid 19: si escuchamos, podemos reconocer esta época como un tiempo de gracia para redescubrir lo importante, reconocer que necesariamente estamos todas/os en un mismo barco y nos necesitamos unos/as a otras/os, es una invitación a construir una nueva humanidad. Todas y todos somo hermanas/os como lo dijo el jefe Seattle[4]: hijos de la tierra, los ríos son su sangre y ella no se puede poseer.
Silke Apel, teóloga y comunicadora |
[1] https://www.lasexta.com/el-muro/deborah-garcia/coronavirus-tamano-importa_202009025f4f68e6d546fc000174af5d.html;
consultado 02/11/2020
[2]
Sutra del final del día: “Desde lo más profundo del corazón os digo a todos:
Vida y muerte son un asunto serio.
Todo pasa deprisa; estad todos muy vigilantes. Nadie
sea descuidado. Nadie olvidadizo”.
[3] Diccionario de términos religiosos y afines; Editorial Verbo Divino, Madrid 1996
[4] Cf.
Carta del Jefe Seattle al presidente norteamericano Franklyn Pierce, 1854
Genial análisis de lo que este microscópico virus ha enseñado al mundo. Lo que todos hemos experimentado durante este año de pandemia, en todos los rincones del mundo, no podría haber sido descrito mejor. Gracias a su autora.
ResponderEliminar