NUESTRAS REFLEXIONES
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02-14
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Silke Apel |
Si
iniciara diciendo que cada mesa servida con amor en un hogar es una Eucaristía,
despertaría algo más que murmullos. Sin embargo cuando se nos dice que todos
los célibes también son padres y madres, no dudamos siquiera en discutir, no
digamos cuestionar, esta analogía.
Pensando en esta contrariedad, no puedo dejar de preguntarme sobre otra
igual: la razón que subyace a la negación del sentido trascendente del parto
real. La experiencia vital y humana que viven día a día, minuto a minuto, miles
de mujeres en el mundo. Las estadísticas
nos informan que nacen 252 bebés por minuto en el mundo (4.2 por segundo)[i].
Sin
embargo difícilmente se profundiza más allá de estadísticas, fríos números,
índices de natalidad, morbilidad, mortalidad, pobreza… Es innegable que urge la
asistencia sanitaria y el acceso a métodos de planificación de la natalidad,
especialmente entre las mujeres más pobres. A pesar de eso, actualmente se
enarbolan banderas limitando a las mujeres a ser medios para la procreación,
justificándolo con una manipulada teoría de “ley natural” o “querido por
Dios”. Como si la razón de la vida de
más de la mitad de los seres humanos no fuera más allá de los 15 a 20 años que
en promedio una mujer, fisiológicamente hablando, está capacitada para la
procreación.
¿Será
que no hemos superado el trasfondo mítico del parto como “castigo divino” por
la “desobediencia de la mujer”? En este
caso, si las mujeres nos hubiéramos “arrepentido” (por no decir “regenerado”)
para no sufrir “el castigo divino del parto”, ¿cómo habrían llegado al mundo
San Francisco de Asís (algo de moda ahora),
Santa Teresa de Ávila, o nuestro actual aclamado Francisco I? En fin, cualquier ser humano y, superando las
teologías, elementos simbólicos y mitos propios de su tiempo: Jesús. En lo personal me cuesta admitir que María,
la madre de Jesús, no haya sido mujer, real y verdadera: humana. Contrario a lo que sostienen algunas
interpretaciones populares no dogmáticas acerca de la forma de su parto
“misterioso”, la concibo muy cercana, como mujer que ha parido con su cuerpo,
con todo lo que ello implica, a su hijo.
¿En qué
momento marginamos el misterio más elemental y grande de la gracia divina que
se manifiesta en cada mujer cuando es capaz de llegar al umbral extremo del
dolor que la lleva al pleno y total abandono de sí misma? Un conocimiento que difícilmente se puede
adquirir por analogía y absolutamente imposible de aprehender académica o
discursivamente. Esta experiencia es una
entrega de sí misma llegando a la oblación total y plena de su persona a todos
los niveles: corporal, emocional, sensible, espiritual…, adecuadamente llamada
“alumbramiento”, como plenificación para una mujer, pudiendo incluso llevar a
otro nivel de conciencia.
Cuando
ésta se vive en el contexto de la fe, llega a ser una incomparable
manifestación de la presencia de D**s en la vida de una mujer. ¿Cómo una mujer durante los dolores, que han
sido calificados usualmente como “imposibles de soportar por un varón”, no
desea más que poder tener entre sus brazos a la criatura que ha alimentado con
su cuerpo para besarla por el resto de su vida?
¿Cómo un ser humano, con todas las limitaciones de su “filosófica
inmanencia”, es capaz de sentirse tan anonadado por el misterio de la vida al
apreciar la maravillosa criatura que habitó en sus propias entrañas? ¿Cómo puede negarse que la gestación y el
parto sean actos co-creadores, unión del ser humano y D**s?
El
parto, puede ser experiencia mística, cuando se vive desde la fe. Es el encuentro esencial con lo más profundo
del ser personal a la vez que vincula con la plenitud de la trascendencia. Es el abrirse absoluto, pudiendo llegar a ser
la más grande participación de la vida y la creación. ¿A qué más si no a esto es a lo que le llama
contemplación y arrobamiento la tradición mística?
Desde el
momento en que intuye su embarazo, a una mujer le cambia la forma de situarse
en la vida. Difícilmente puede hacerse presente el don de la vida dentro del
cuerpo de una mujer sin que el espíritu atento lo intuya. Ella es capaz de desplegar totalmente su
persona ofreciéndose para cuidar, animar, acompañar la vida por el resto de su
propia existencia. El embarazo es una
experiencia maravillosa, un sentirse amada y amante plena y total todo el
tiempo. La amada y el amante no se
pueden separar: son una sola y a la vez dos.
La vida que habita el vientre de la mujer y late por sí misma, es la
experiencia más radical del actuar de D**s en la creación.
La
grandiosidad de la manifestación de la Vida en cada madre es una inexplicable,
inabarcable, innombrable experiencia de encuentro con D**s, siempre y cuando
exista la libre aceptación por parte de cada mujer. Basta recordar la anunciación lucana, en la
cual el ángel Gabriel entabla un diálogo con María posibilitándole el
discernimiento para responder a las preguntas del caso. Lo contrario hubiera sido un atropello, una
aberración, una humillación, una violencia inconmensurable, indigna de
humanidad, no digamos de divinidad. Si
D**s respeta la libertad, la autonomía y dignidad de sus hijas, ¿qué es el
hombre para no hacerlo?
El amor,
la entrega, el servicio dentro de la enseñanza cristiana bajo ninguna
circunstancia se puede imponer. Jamás se
puede obligar a otra persona a llevar una carga que uno mismo no elegiría,
menos aún amar. No se puede obligar a
nadie, por muy profunda justificación deontológica[ii]
que le demos, a entregar toda su vida, su ser, al servicio de otra
persona. D**s no lo hizo con María.
[i] http://www.indexmundi.com/es/mundo/tasa_de_natalidad.html,
consultado el 28 de enero 2014.
[ii] Deontología:
tratado de deberes.