En
este 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, nos unimos a la memoria viva
de quienes abrieron camino con su palabra, su organización y su lucha. Esta
fecha conmemora a las trabajadoras que a inicios del siglo XX se organizaron
para exigir condiciones laborales dignas, reducción de jornadas extenuantes y
reconocimiento de sus derechos políticos. Durante todo ese siglo, las mujeres
siguieron reclamando sus derechos y fue en 1975 que la Organización de las
Naciones Unidas reconoció oficialmente el 8 de marzo como el día para exigir el
cumplimiento de los derechos de las mujeres. Por esas vidas, luchas y brechas
abiertas, esta es una jornada de memoria, denuncia, compromiso colectivo por la
justicia y horizonte de esperanza activa.
Como
organización de mujeres diversas que nos hemos unido para repensar la fe desde
una perspectiva feminista, liberadora y ecofeminista levantamos nuestra voz
ante las múltiples formas de exclusión, silenciamiento y violencia simbólica
que atraviesan la vida de las mujeres en la sociedad, en general, y las
iglesias, en particular.
Denunciamos
la persistencia de estructuras patriarcales que restringen el acceso de las
mujeres a espacios de decisión, que limitan su autoridad teológica y pastoral,
y que deslegitiman sus experiencias espirituales, así como la desigualdad en el
reconocimiento del trabajo pastoral, educativo y comunitario que miles de
mujeres sostienen cotidianamente sin recibir el mismo valor ni la misma
visibilidad que sus pares varones.
Afirmamos
que la fe no puede ser utilizada para perpetuar el miedo ni para justificar la
subordinación. La espiritualidad que proclamamos nace del Evangelio de la
dignidad y del cuidado, y coloca en el centro la vida plena de las mujeres en
toda su diversidad. Desde esta convicción afirmamos que, para que pueda surgir
una nueva humanidad, es imprescindible que existan nuevas relaciones entre
mujeres y hombres. Por eso luchamos por la liberación de las mujeres como
condición indispensable para la transformación profunda de nuestras comunidades
de fe y de nuestras sociedades.
Reivindicamos
el derecho de las mujeres a interpretar las Escrituras desde nuestros cuerpos y
territorios, a nombrar a Dios con metáforas que abracen la experiencia
femenina, a participar en igualdad de condiciones en los ministerios y
liderazgos, a decidir sobre nuestras vidas y proyectos.
Reconocemos
la fuerza de todas las mujeres que sostienen la fe comunitaria. Reafirmamos que
la justicia de género es inseparable de la justicia social y de la defensa de los
derechos humanos.
En
este 8 de marzo tendemos un puente con otras mujeres creyentes, religiosas,
pastoras, catequistas, laicas comprometidas, así como con movimientos sociales,
colectivos feministas y organizaciones de derechos humanos. Les convocamos a
fortalecer redes de sororidad, formación crítica y acción pública. Les
invitamos a imaginar juntas iglesias donde la autoridad no se funde en la
exclusión, donde el lenguaje litúrgico nombre la experiencia femenina, donde la
toma de decisiones incluya la voz de todas.
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| Silvia Trujillo |