jueves, 22 de enero de 2026

SOFÍA TRASCIENDE HOGARES, COMUNIDADES Y ÉPOCAS

Apuntes antropológico-teológicos desde la piedad popular guatemalteca

Las experiencias vividas a lo largo del fin de año me invitan a recordar cómo los llamados “tiempos fuertes” del calendario litúrgico se cristalizan a través de prácticas de carácter antropológico-teológico profundamente encarnadas. Al recorrer mi vida desde la más tierna infancia hasta mi actual adultez, emerge con claridad la presencia constante de mis abuelas y de las mujeres de mi familia y comunidad. Esta memoria vital me conduce a reconocer que han sido las mujeres quienes, históricamente, han preservado y transmitido este tesoro espiritual en las pequeñas comunidades cristianas, especialmente en barrios y pueblos donde la convivencia cotidiana entre mujeres y hombres es cercana y orgánica.

Desde esta experiencia situada, propongo una lectura de la presencia de la Sabiduría divina —Sofía— en el imaginario colectivo, mediada por prácticas antropológico-teológicas que pueden comprenderse desde tres matices interrelacionados: el trascendental, el inmanente y el simbólico.

El matiz trascendental de la mística femenina dentro de la piedad popular se manifiesta en la forma en que las mujeres orientan su relación con el Misterio. Dicha relación suele desarrollarse al margen —y a veces a pesar— de influencias dogmáticas, coercitivas y patriarcales, tanto eclesiales como políticas, que históricamente han prescrito qué creer, qué decir y cómo vivir la fe.

Los rezos populares están cargados de meditaciones que brotan de una relación íntima con Dios y que se encarnan en elementos culturales como los cantos, los cohetillos, las comidas rituales, los adornos y la convivencia familiar y comunitaria. Estas expresiones no solo acompañan la vida litúrgica, sino que la reinterpretan desde la experiencia cotidiana de las mujeres.

Existen evidencias históricas de alabados y cantos redactados en femenino que permiten vislumbrar cómo las aclamaciones presentes en novenas —como las del Niño Dios durante el tiempo de Navidad— se articulan desde una voz colectiva de mujeres[1]. El antropólogo guatemalteco Celso Lara documenta este fenómeno en diversas expresiones de la tradición popular religiosa.  Un ejemplo significativo se encuentra en los villancicos coloniales registrados en la “Novena y ejercicios al Niño Dios”, editada en 1906 por José María Rodríguez Colom:

El Niño nos dice

con modo gracioso:

velad esta noche,

niñas de mis ojos.

Venid, pastorcitas,

venid a cantar

las glorias del Niño

que está en el portal”.

Este tipo de textos revela una espiritualidad femenina que nombra, canta y contempla el Misterio desde claves propias.

Desde un sentido inmanente, puedo dar testimonio de cómo las prácticas socio religiosas han influido profundamente en mi relación con Dios y, por ende, con mi entorno familiar y social. Actividades litúrgicas asociadas al Adviento (rezos a la Inmaculada, posadas, rezados), la Navidad (novenas al Niño Dios), la Cuaresma (rezo del Vía Crucis) y la Pascua (celebración de Pentecostés) fueron organizadas y sostenidas, de manera casi invisible pero constante, por mis abuelas, mis tías y mi mamá.

Estas prácticas generan vínculos intergeneracionales que posibilitan una pertenencia profunda y dan lugar a la construcción de una identidad sólida. Cada rezo, cada canto, cada sorbo de ponche o probadita de tamal evoca en mi memoria la presencia viva de las mujeres de mi familia. Fueron ellas quienes perpetuaron estos lazos transgeneracionales que me permiten nombrarme y situarme: hermana, prima, hija, sobrina y nieta.

La identidad forjada a través de estas prácticas fortalece el autoconcepto, la autoestima y el compromiso comunitario y social, particularmente en la relación con la divina Sofía, entendida —siguiendo a Elizabeth Johnson— como la Sabiduría de Dios que se revela en la experiencia histórica y corporal de las mujeres[2].

El simbolismo contenido en la piedad popular y en las tradiciones propias de barrios y parroquias ejerce un impacto profundo en el inconsciente colectivo de generación en generación. Este dinamismo simbólico es impulsado, de forma esencial, por la mujer que organiza los rezos, las posadas, las comidas rituales y las reuniones familiares. Es una sabiduría escondida en pequeños rituales la que unifica a las mujeres y permite que sean ellas quienes convoquen, conecten y perpetúen los vínculos propios de los rituales que evocan significados; todo ello gracias a la fuerza de Sofía que permiten reconocer la creatividad del encuentro, el dinamismo de la vida y el arte de crear lazos.

Es Sofía quien permite que las mujeres dentro de las familias y comunidades sean capaces de convocar y guardar las recetas, los rituales y los signos propios de cada tradición y cada encuentro. Celso Lara señala que, dentro de las tradiciones vividas en los hogares guatemaltecos —especialmente durante el Adviento y la Cuaresma como antesala de la Navidad y la Pascua—, se tejen lazos sólidos mediante pequeños rituales domésticos que muchas veces se realizan sin cuestionar su origen.[3] Todos ellos organizados por esa mujer que observa, que une, que convoca y sana.

Son esas reuniones protocolares previas a cada celebración las que ocultan una sabiduría más profunda: la capacidad femenina de ofrecer una comida sacra, cargada de sentido simbólico, así como también la libertad de crear cantos, rezos y signos rituales sin depender de una mediación patriarcal.

En este contexto, se vuelve urgente reconocer la necesidad de cronistas mujeres dentro de la sociedad guatemalteca. Históricamente han sido los hombres quienes han narrado las tradiciones, las prácticas religiosas y la memoria colectiva del país, muchas veces desde una mirada externa a la vida doméstica y comunitaria. Sin embargo, son las mujeres quienes han sostenido, transmitido y resignificado dichas prácticas en la cotidianidad.

Que las mujeres no solo actúen, sino también relaten la historia y las costumbres de Guatemala, permite recuperar una memoria más completa, encarnada y sapiencial. De este modo, Sofía no solo se vive en el silencio de los hogares y las cocinas rituales, sino que también se nombra, se escribe y se comparte como fuente legítima de conocimiento teológico.

Después de estas reflexiones, se puede concluir que las mujeres atesoran y resguardan los tesoros ocultos en las tradiciones, afinando los oídos del corazón y agudizando los ojos del espíritu. Así se deja entrever la fuerza de Sofía, que habita en las mujeres de cada época y permea las relaciones sororales y fraternas que nos acercan como humanidad en comunión con la divinidad. Sofía, sigilosa en su actuar, trasciende hogares, comunidades y épocas, consolidando la memoria, la identidad y la esperanza.

Rita María Gálvez Retolaza
Psicóloga clínica. Diplomada en Teología



[1] Celso Lara Figueroa, “Tradiciones y costumbres de Guatemala” (Guatemala: Editorial Cultura, 2008), 45–47.
[2] Elizabeth A. Johnson, “She Who Is: The Mystery of God in Feminist Theological Discourse” (New York: Crossroad, 1992), 87–90.
[3] Lara Figueroa, “Tradiciones y costumbres”, 112–115.