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Beatriz Eugenia Becerra Vega* |
Me atrae acercarme,
acercarnos brevemente al tema del Matriarcado, para explorar tal vez algo
desconocido, atrayente, estimulador, ya que llevamos siglos de vivir inmersas
en sociedades e iglesias patriarcales y haciendo referencia en Teología a la
Patrística, en Biblia a los Patriarcas y hasta en el arte nos fascinamos con
obras que son Patrimonio común de la humanidad.
Cuando hablamos de
patriarcado, patriarcal, lo escuchamos como una denuncia del predominio del
padre, señor o “kyriarcalismo” que dice Elizabeth Shüssler Fiorenza1. Cuando nos referimos a la Biblia, hablamos de los
Patriarcas como padres en la fe, pero luego, el feminismo ha venido
desempolvando el protagonismo de las matriarcas en los orígenes de la
humanidad, así como en los orígenes de las religiones y representaciones de las
divinidades primitivas.
Ahora, si vamos a
algunas definiciones de la palabra “matriarcado”, nos encontramos con algunas
incomodidades, ya que la raíz viene del latín “máter, madre” y del griego
“archein-gobernar”, por lo tanto, haría referencia a una sociedad gobernada por
mujeres o que por lo menos mostraría el predominio de la autoridad de las
mujeres.2
Aunque hay también
quiénes la colocan a otro nivel, como la mujer que por su edad y sabiduría
posee autoridad y es la más respetada en una gran familia o comunidad;
ciertamente esto nos induciría a matizar distintas modalidades de la autoridad,
pero no es el propósito de nuestro tema. Sin embargo, sí resulta significativo
el que no haya datos para concluir que las sociedades en las cuales los hombres
no dominaban a las mujeres, eran sociedades en que las mujeres dominaban a los
hombres.
Esto me lleva a pensar
que la importancia de nombrar, de recuperar a las matriarcas que nos
antecedieron, no es con el fin de reproducir la contraimágen del patriarcado,
sino más bien, para visibilizar, honrar y hacer justicia histórica y desde ahí,
dar el salto a nuestro presente, inspirándonos para construirnos, nombrarnos,
levantarnos, celebrarnos.
A propósito de este
planteamiento, me gusta traer a la memoria lo que tan bellamente aprendimos,
nos inspiró y practicamos desde la década de los 70 del siglo pasado, con el
gran maestro y pedagogo Paulo Freire en la “Pedagogía del Oprimido”: y es la
fuerza transformadora que posee el conocer, nombrar, desenmascarar, rechazar
las actitudes y comportamientos del patriarcalismo, no del varón como tal, para
no reproducirlas, para no darle la vuelta a la tortilla. Inclusive, para estar,
como mujeres permanentemente atentas para desenmascarar y expulsar los fuertes
y sutiles introyectos que están tan firmemente asentados en cada una de nosotras,
así como en nuestros colectivos e instituciones.
Sería también un gran
aliciente para descolonizar la imagen de Dios todopoderoso, omnisciente, el
Dios de fuera, lejano, inaccesible, juez implacable, obsesivo sexual, que sólo
exige sacrificios, que culpabiliza implacablemente a la mujer y en cambio
abrirse al Dios que se encarna en lo pequeño, que escucha y que le duele el
sufrimiento de las personas débiles, el Dios humano que es víctima de la brutal
tentación de poder, el Dios del amor gratuito e incondicional, el de la alegre
misericordia, el que dignifica sin cesar a las mujeres.
Resulta alentador
evocar el protagonismo de las divinidades femeninas de los orígenes de la
humanidad, de las religiones, así como las mujeres que han atravesado la
historia, la ciencia, la espiritualidad y que luego nos han sido arrebatadas e
invisibilizadas para que no alboroten el predominio del patriarcado. Sin
embargo, el desempolvarlas, el releerlas, el honrarlas, es para prolongar su
aliento, su energía dinamizadora, revoltosa, transgresora y dejarnos acompañar
por ellas en el cuidado de nuestros sueños.
En la mitología griega
y romana tenemos a Atenea, Hera, Deméter, Atargatis y Dea Syria. La Diosa
cananea Astarté o la sumeria, La Diosa del Árbol de la Vida.3
Algunas matriarcas de
la Biblia hebrea: Sara, Agar, Rebeca, Lía, Raquel, Bilhá, Zilpá, Dina, Tamar.4
Y las místicas,
filósofas y teólogas: Hildegarda de Bingen, Gertrudis de Helfta la grande, Teresa
de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz, Anna María van Schurman, , Maríe de
Gourney, Ángela de Foliño, Catalina de Siena, Edith Stein, Simone Weil.5
El recuperar a
nuestras Diosas y Matriarcas es para empujar el nuevo paradigma evolutivo, para
hacer el tránsito milenario del matriarcado y patriarcado hacia el paradigma
“genérico-holístico, donde la diferencia no se equipara necesariamente a la
inferioridad o la superioridad. Es superar la jerarquización de la humanidad,
la mitad de una parte sobre la otra”.6
Y aquí me surge la
pregunta: ¿Por qué plantear el antagonismo y la superioridad entre el ser que
gesta, alberga, que da la vida y la nutre y el ser que muchas veces, haciendo
alarde de un poder distorsionado, insano, violento, guerrerista, excluyente,
aniquila la vida? ¿Por qué una parte de la humanidad se atribuyó lo absoluto de
la razón y del pensar, del decidir, del legislar, del gobernar e incluso de ser
los únicos mediadores de la divinidad, a costa de subyugar, despreciar,
excluir, maltratar, abusar, violentar a la otra parte de la humanidad? Cuando
nuestros ancestros, ya desde el neolítico, representaban el poder divino en
forma femenina, apoyados en la observación de la vida que emerge del cuerpo de
la mujer. “A partir de ahí empezaron a imaginar el universo como una gran Madre
bondadosa, valoraron las cualidades femeninas del cariño, la empatía, la
compasión, la no violencia, muy lejos de una estructura que venerara a un Padre
divino que empuña un relámpago y/o una espada”.7
Por eso hoy queremos
convocar a nuestras Diosas y Matriarcas ancestrales, que hoy nos habitan y
habitan en los entresijos de la historia, de nuestras ciudades y de nuestros
pueblos, de grupos humanos alternativos, con ciudadanía adulta, que habitan
también en los surcos y en la choza del campo, en las oficinas, las fábricas,
la maquila, escuelas, universidades, iglesias, en los vericuetos y precipicios
de las barriadas, bajo los puentes, las de los márgenes y las de la periferia,
las de las maras y ¿por qué no? también en los espacios de placer, de
esparcimiento, en los cuerpos habitados y deshabitados, en los que se levantan
y en los que aún están dormidos.
Entonces, queremos
afirmar que no queremos ni matriarcado ni patriarcado, sino la danza rítmica,
poética, sugerente, apasionada, tierna y cariñosa, respetuosa, placentera,
paradójica e incluyente de los cuerpos que aletean y energetizan todo el
Cosmos, devolviéndole su vocación originaria de armonía, de justicia y paz para
todas y todos.
*Teóloga, Profesora y acompañante, miembro del Núcleo
Mujeres y Teología.
1
cf. “Cristología feminista crítica”, Ed: Trotta, pág. 16
2
cf. Wikipedia
3
EISLER, Riane, “El Cáliz y la Espada”, ed: Pax México 1997, pág. 98.
4
www.benedictinescat.com
5
Cf. En CHIAIA, María: “El Dulce Canto del Corazón”, Ed Narcea 2006 y en
FORCADES, Teresa: “La Teología Feminista en la Historia”, Fragmenta Editorial,
2011.
6 cf. Op. c. EISLER, págs. Introducción XXV, 25-27,
30, 44 y 119.
7 EISLER op. c.