viernes, 3 de julio de 2020


El género y la igualdad en tiempos de coronavirusNuestras Reflexiones
03-07-2020




La reflexión del mes de julio refleja un acercamiento de la crisis de la pandemia 2020. Especialmente las mujeres en confinamiento llevan consigo diversas cargas, físicas, emocionales y psicológicas. Se suma el ambiente inestable e inseguro intra y extra familiar.  El monólogo presentado, está inspirado en las mujeres que desde su cotidianidad se resisten a lo adverso. La teología feminista rescata la experiencia de las mujeres, y la hermenéutica nos conduce a analizar los escenarios donde transitan, sus palabras y sentires, como sus sueños. Así, en ese conocimiento despejaremos los nudos, los silencios, y buscaremos las pistas para encontrar preguntas y respuestas que nos conduzcan a tejer la vida, con cambio de paradigmas, en la dimensión de sociedades más justas.   

Monólogo de una feminista confinada
Las ideas se trenzan en mi mente,
como semáforo alertan las noticias
 del Covid19:
 confinamiento, #quèdateencasa,
prevención, tratamiento, protocolos… corrupción;
desempleo, pobreza, hambre, injusticia, violencia.
Estoy abrumada, contrariada.
Tengo sed, debo lavarme las manos
¡lavarse las manos!…, el grifo ríe con gargarismos
en burla municipal cuando lo giro.
Mis pupilas brillan cuando escucho el flujo del agua que surte mi vecindad.
 Ya vendrá, solo faltan dos horas…ya subirá, aquí al cuarto nivel.
¡Ya, ya, basta los ya!
 Con tenacidad despejaré cada problema
aferrada a la Divina Sabiduría.
En mi estancia esculpiré ventanas
aún con cincuenta, cien o más tropiezos.
Ahora veo, no estoy sola, soy pieza del tejido en común-unidad
donde la compasión y la empatía se abrazan.
Desde pequeños detalles trazaremos puentes
irrumpiremos los esquemas y los fundamentalismos,
 abriremos los círculos cerrados, y se extenderán los núcleos.
Es tiempo de replantear y de replantar,
compartiremos semillas a más mujeres, la teología en complicidad,
y caerán las vendas de sus ojos.
Y al encuentro correrán oportunidades de vida,
como juncos de bambú a nuestro paso,
de saberes contracultura, de pensares reinventando los mitos,
al brindar diáfanas epistemologías.
Y nos crecerán las alas, y juntas viajaremos por senderos de luz,
Es tiempo de respirar aire límpido,
es tiempo de replantear sentires
y de replantar acciones con fresca broza.

Lilian Haydee Vega Ortiz
Julio 2020



martes, 2 de junio de 2020

Dentro/fuera

Salud mental y coronavirus: cómo afrontar la situación de aislamiento
Nuestras Reflexiones 02-06-2020






En mis paseos en solitario, que no en soledad, por el jardín de mi casa –yo tengo la suerte de tener jardín-, he ido gestando esta reflexión que quiero compartirles ahora. Entre los cantos de los pájaros y los ruidos de los carros, voy haciendo mi propia reflexión. Desde mi jardín veo que la vida sigue adelante: árboles que dan fruto, plantas que brotan sin saber cómo, flores que ofertan su belleza. Y me pregunto si, cuando toda esta situación que ahora vivimos acabe, nuestra propia vida y la de las demás personas, seguirá también adelante.

Pareciera que hoy no se puede hablar de otra cosa más que de la pandemia del Covid-19 que nos está afectando, no solo los espacios cotidianos, sino la vida misma. Por todos lados escuchamos y nos lo recuerdan con mensajes, videos, memes… yo me quedo en casa… no salgas a la calle si no es necesario… quédate en casa… Cuídate y cuida a los demás… pero en cuanto reducen las restricciones, todas/os salimos disparadas/os a la calle a seguir haciendo lo de siempre. O nos dedicamos a hacer críticas, sin ofertar ninguna propuesta válida, ni asumir nuestra común responsabilidad en la situación que vivimos.

Hay otros mensajes más de fondo: después de esta experiencia de aislamiento en casa y de tantas cosas que hemos tenido que asumir, aún sin gustarnos, no vamos a ser las/os mismas/os, hemos aprendido la lección, las cosas no van a seguir igual, vamos a darle valor a lo que realmente lo tiene y que hemos descubierto desde la constatación de lo sucedido, no sé si desde el reconocimiento y aceptación de nuestra fragilidad y necesidad de las/os otras/os… Soñamos con abrazos, encuentros amicales, vuelta al trabajo de cada día, regreso a los estudios. Parece que todo volverá a la normalidad. ¿Qué cosas van a cambiar en nuestra vida y en nuestras relaciones con las/os demás, con nosotras/os mismas/os, qué va a seguir siendo la normalidad? ¿Hemos tomado conciencia de las personas y familias que han quedado sin trabajo, de las que no pueden comer cada día lo que necesitan? Porque esta pandemia ha dejado al descubierto tantas carencias, tantas problemáticas que sufren y van a seguir sufriendo muchas personas de falta de trabajo, desnutrición, falta de atención médica adecuada, dolor y muerte, con las que ni siquiera contábamos en nuestras vidas. Esta experiencia de ver la realidad de fuera,  ¿nos ha hecho “mirarnos  hacia dentro”?.

Cuando decimos dentro, ¿estamos pensando en el espacio físico que componen nuestras casas? Yo pregunto si eso nos ha llevado, realmente, a “entrar en nosotras/os mismas/os” y a tomar conciencia de nuestra realidad como seres humanos y nuestra relación con el entorno, los demás y Dios. Porque podemos estar dentro, pero fuera de nosotras/os mismas/os. Y por qué digo esto, porque la experiencia y el comportamiento de las personas en tantos momentos de este tiempo de confinamiento no han cambiado nada. Seguimos siendo irresponsables, hacemos lo que mejor nos conviene a cada una/o, sin pensar en los demás. Incluso algunos aprovechan la coyuntura para hacer daño a otras/os, aumentando precios, manipular sentimientos, indiferentes a la hambruna que ha provocado llamadas de atención con banderas blancas en las casas denunciando la necesidad de alimentos, aumentando la violencia contra las mujeres, uno de los grupos más vulnerables en esta pandemia.

Estamos dentro… pero vivimos hacia fuera.
Dicen, desde la pedagogía, que para adquirir un hábito se necesita repetir, la misma conducta, al menos veintiún días… llevamos dos meses dentro de casa, reflexionando, dicen, y seguimos viviendo  fuera de nuestro ser más profundo.

Pero también es verdad que, y aquí siento que sigue viva la esperanza de un cambio, hay muchas personas que viviendo fuera, están llegando a lo más profundo y humanizador de sí mismas, que les permite reconocerlo y asumirlo como su mejor verdad, su interioridad, desde dentro de sí. Y hemos visto tantos gestos de solidaridad y de entrega de la propia vida.

Esta es la tremenda paradoja que nos permite constatar la complejidad del ser humano, que como dice Pablo, “hago lo que no quiero y dejo de hacer lo que quiero”. Pero para provocar cambios hay que hacer silencio y buscar en nuestro interior, mi mejor yo que me permita descubrir esa otra manera de entender la vida y me impulse a cambiar mis valores, mis criterios, mis relaciones con los demás.

Quiero sostener mi esperanza en que otro mundo es posible. Pero tengo la certeza de que solo puede realizarse desde una  experiencia profunda y una toma de conciencia honda de quiénes somos y cuál es nuestro sueño de un mundo más humanizado, trabajando por devolver sanación, ternura y fraternidad… desde nuestro mejor “dentro y proyectarlo en el servicio, la cogida, el respeto a la dignidad de las personas y la tierra y la solidaridad hacia nuestro consciente fuera”.

Quienes entendemos la vida desde Jesús de Nazaret, sabemos lo que tenemos que hacer y convertir cada día, estemos donde estemos. Recrear, en nuestra propia historia, la historia de Jesús.

Jesús de Nazaret tuvo que hacer su propia experiencia de silencio interior para reconocer dentro de sí a Dios como Padre bueno y a cada ser humano como su hermano. Descubrir el sentido verdadero de la vida, la verdad de Dios y de la persona y ponerse al servicio de ese proyecto de humanización que también llamamos Reino. Entrar dentro, para poder ser fuera.

Dice Javier Melloni S.J. hablando de una espiritualidad encarnada, necesaria para los tiempos de hoy, que para ahondar y vivir de esta manera necesitamos tres cosas: Tiempo para silenciarse; escucha de nosotras/os mismas/os y de los demás; y respuesta, acción transformadora de cada persona, de las relaciones, de la madre tierra en dirección al Reino. Transformación de los seres humanos, de la tierra, que todavía está en el exilio, pero que camina hacia su plenitud.

Vivamos desde dentro. Aprendamos y estemos disponibles para esos cambios tan necesarios que decimos, para crecer en humanidad y solidaridad ciudadana, que nos permita, sacar del mal que hoy sufrimos, lo bueno que se esconde en cada una/o de nosotras/os; para que no se quede toda la experiencia dura y mortal, en una afirmación sin sentido de que después de esta pandemia todo va a ser diferente afuera.

Comencemos por ser diferentes cada una/o de nosotras/os. Y si necesitamos más de veintiún días, creo que este coronavirus, nos va a dar la oportunidad.









Chus Laveda
Núcleo Mujeres y Teología




lunes, 4 de mayo de 2020

María de Nazaret: mujer de fe y discípula misionera


                                                 Nuestras Reflexiones
                                                   04-05-2020

          
                                        La devoción a María en el contexto 
                                                          del Reino de Dios


    
 La Iglesia católica siempre tuvo gran aprecio por la persona de   María y por eso ha animado y orientado, mediante diversos   documentos y pronunciamientos, el culto mariano. Pero, las   prácticas devocionales creadas y/o propagadas por un buen   número  de líderes eclesiásticos y laicos van más allá de la   orientación de los documentos. Como resultado, en muchas   parroquias, grupos y movimientos eclesiales, lo que vemos es un   exacerbado devocionismo mariano que no educa ni conduce a una   fe adulta y comprometida.

Es común en la tradición cristiana presentar a María como mujer, virgen y madre. Estos tres atributos o identificaciones de su persona parecen ser indiscutibles, particularmente en la tradición católica romana. Los expertos parecen encontrar en la Biblia y en la tradición cristiana, especialmente de los antiguos Padres de la Iglesia, referencias que subyacen a esta triple identidad. Es a partir de esta condición identitaria que los fieles acuden a ella, doblan sus rodillas, cantan, piden, lloran, hacen promesas y peregrinaciones.

Debido a esta su condición especial muchos la proclaman reina del cielo, la coronan en la tierra y periódicamente cambian sus vestiduras como si le debieran no sólo respeto, sino cuidado y reverencia continua. Delante de la imagen de María, todos se transforman en niñas/os o mendigas/os, como si ella fuera el último recurso para salir de una situación extrema, aparentemente sin salida. Las relaciones con ella nunca se rompen, incluso si las/os fieles no tienen sus peticiones satisfechas. Hay algo del deseo de superar la orfandad y el abandono en sus diferentes formas, que siempre está presente en esta relación.

Además de estas visiones de María, a nosotras mujeres, de modo especial, nos han presentado la figura de una María humilde, silenciosa, servidora, que no cuestiona nada y siempre dice “sí” a todos. Una María “purísima”, que nunca pasó por las dificultades que la mayor parte de las mujeres tienen que enfrentar en su vida sexual y sus relaciones conyugales. Esa figura de María no nos hace bien. La historia y la espiritualidad de las mujeres está llena de muchas experiencias de autoculpabilización, que nos aleja todavía más de la figura de la María histórica, que ha pasado por las mismas dificultades de las mujeres de su tiempo. Por eso, en este breve texto quiero proponer otra visión de la devoción a María, desde la perspectiva de la misión.

  La devoción a María en el Contexto del Reino

La devoción a María, iluminada por la Palabra de Dios y por Su ejemplo, orienta a seguir a Jesucristo y comprometernos con su Reino. Aprendimos con María a contemplar el rostro de Cristo en el rostro de sus hermanos sufrientes "más pequeños" (Mt 25,31ss), y a experimentar la profundidad de su amor liberador. Con su cuidado por todas las personas en sus necesidades, como en la visita de apoyo a su prima anciana, Isabel (Lucas 1,39-56), y en Caná de Galilea (Juan 2, 1-11), cuando falta el vino necesario para la completa alegría familiar, la madre y compañera fiel de la Iglesia ayuda a mantener vivas nuestras actitudes misioneras de atención, servicio, entrega y gratitud, que deben distinguir a todas las personas discípulas seguidoras de Jesucristo.

La atención misionera de María a las necesidades de las personas más vulnerables nos indica cómo hacer para que los pobres sean acogidos, amados y amparados. La solidaridad de la Madre de Jesús genera comunión y fraternidad y educa para un estilo de vida compartida y solidaria. Esta fuerte presencia de María enriquece la dimensión misionera de la Iglesia y la convierte en lugar de comunión y espacio fecundo de preparación para asumir la misión en la perspectiva del Reino de Dios.

Es sorprendente la espiritualidad mariana que brota a partir del contexto del Reino de Dios. En él María es contemplada en su debido lugar, junto a otras mujeres, como una discípula misionera de fe y valentía, que no tiene miedo de exponerse porque sabe que Dios hace en ella y por medio de ella "grandes cosas" (Lucas 1,39-56). Ella sabe reconocer los signos de Dios actuando en la historia de su pueblo para liberarlo. La memoria de la lucha de muchas mujeres, sus antecesoras, por la liberación de su pueblo está bien viva en su corazón. Por eso María cultiva una espiritualidad atenta a sus clamores y no se desanima ante los poderosos; es una espiritualidad que restablece la fuerza de los débiles y afirma el coraje de quien lucha en la defensa de la vida de los pobres.

Así es también, hoy, la espiritualidad de las mujeres y de las personas que se ponen al servicio del pueblo sufrido y explotado: una espiritualidad que desafía a las fuerzas opresoras y dominadoras porque sabe que el Dios de la historia no abandona a sus hijos e hijas, y quiere "vida en abundancia para todas las personas" (Juan 10,10). Le toca a la "Iglesia misionera en salida", como dijo el Papa Francisco, como simple servidora del Evangelio, debe potenciar la acción de María entre los "pequeños", amados de Jesús y razón de ser de su encarnación y misión.

La contemplación de María como discípula misionera une y empodera a todas las personas que a ella recurren, sobre todo a las mujeres, haciéndolas persistentes y valientes, capaces de enfrentar y superar todo tipo de obstáculos. La devoción mariana, en esa perspectiva, adquiere una dimensión profético- liberadora, ya que es una espiritualidad histórica, capaz de leer los signos de Dios en la historia personal y colectiva, y de actuar en la realidad de hoy conforme a los principios del Reino de Dios.

Conclusión

Una "Iglesia misionera en salida" no puede asumir o alimentar ninguna práctica devocional mariana que retire a María de su contexto sociohistórico, político y religioso. El pueblo más pobre (los anawim), aún hoy, tiene el sagrado derecho de acercarse a María a partir de su situación real y de identificarse con ella por su fe, su fuerza, su persistencia, su servicio solidario y su entrega al proyecto libertador del Reino amoroso de Dios, constituido de justicia, paz y solidaridad universal. Especialmente en el contexto del continente latinoamericano y caribeño, María brilla como ejemplo vivo del seguimiento a Jesucristo, como fiel discípula misionera, como mujer, madre, hermana, compañera, inspiradora y maestra, que nos invita a “salir” al encuentro de las personas más sufrientes en la realidad en que vivimos. 

Para reflexionar:

1)  ¿Qué lugar ocupa María de Nazaret, mujer de fe y discípula misionera, en mi espiritualidad?

2)  ¿Con cuáles aspectos de su vida más me identifico?

3)  ¿Qué necesitamos cambiar para seguir el ejemplo de María discípula misionera? 









Hna. Alzira Munhoz – CF[1]



[1] Alzira Munhoz es licenciada en filosofía y teología, maestra y doctora en teología y profesora de teología en la Universidad Rafael Landívar y en el Instituto Centroamericano de Ciencias Religiosas, de Guatemala. Pertenece a la Congregación de las Hermanas Catequistas Franciscanas.

miércoles, 1 de abril de 2020

María de Nazaret: mujer de fe, discípula y compañera misionera

                   

                 Nuestras Reflexiones  
NR-04-2020  
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Las reflexiones que comparto en este texto son fruto de mi experiencia con María, que siempre fue para mí una mujer y misionera admirable, que asumió libremente participar en el proyecto del Reino de Dios junto con su pueblo, y a ese proyecto se entregó total y conscientemente. Como pobre y con los pobres, y sobre todo con las mujeres judías de su época, ella también soñaba y buscaba realizar el Reino de Dios como un mundo alternativo de  justicia paz y solidaridad. Es sobre esta María que quiero reflexionar con ustedes en este texto.

María de Nazaret: una mujer identificada con su pueblo 

María de Nazaret: una mujer judía que emerge en el primer siglo de la era cristiana, probablemente analfabeta, vivió en una aldea llamada Nazaret. Una mujer simple, cuya fe fue delineada por las promesas de las Escrituras judías y cuya espiritualidad fue forjada en la vivencia y en la práctica de los deberes religiosos comunes del hogar, como encender las velas del Sabbath, por ejemplo.
En otras palabras, siento a María como una mujer atenta a las Escrituras, que las asimiló en sus actitudes y le sirvieron de impulso durante toda su vida. 

Ella no sólo aceptó ser madre de Jesús y cuidar de él, sino también estuvo con las discípulas y discípulos que le siguieron y se quedaron junto a él en sus horas más difíciles, siendo también testigos de su resurrección. Los escritos del Nuevo Testamento la  configuran como una mujer de fe, consciente, decidida y valiente, una discípula aglutinadora de la comunidad cristiana naciente. Al comienzo de su evangelio, Lucas la muestra junto a la comunidad de los pobres, los que esperaban la realización de las promesas divinas configuradas en el Reino de Dios. Por tanto, es justo ver a María como una mujer que hizo la elección libre y consciente de participar en el Reino de Dios, y no como un ejemplo de sumisión pasiva a una voluntad divina absoluta.

La comunidad de Lucas captó estas características de la personalidad de María. En el Evangelio de Lucas, el magníficat (Lc 1,46-55) pone en sus labios no sólo un himno de alabanza, sino también de indignación y de proclamación de la visión del Reino, presentándola en actitud solidaria con su pueblo, junto con otras mujeres que también  proclamaron el poder misericordioso de Dios en favor de los pobres: Miriam, hermana de Moisés (Éxodo 15,21); Débora, la profetiza y jueza (Jueces 5,12); Ana, madre de Samuel (1Samuel 2,1); e Isabel, una anciana que necesita de apoyo en un embarazo de riesgo, como la propia María, que también enfrenta la difícil situación de gestar un hijo en condiciones no comunes. 

  María discípula y compañera misionera pobre entre los pobres

María es discípula misionera porque está situada junto a los pobres y humillados y cree que Dios no está del lado de los poderosos, sino que asume la defensa de los humillados (Lucas 1,52); ella cree firmemente que los hambrientos no serán abandonados con las manos vacías (Lucas 1,53); por eso, lucha con fe espera un mejor, de acuerdo con las promesas del Reino de Dios. Esta composición del magníficat nos ayuda a ver a María ligada a una tradición judía de justicia y profecía. La espada que Simeón dijo que golpearía su corazón, atravesó, y aún atraviesa, los corazones de muchas madres y padres cuyos hijos perecen bajo la tiranía de los Herodes de hoy.

Como mujer-madre María intentó comprender muchas cosas, como las elecciones de su hijo durante su ministerio. Ella guardaba todo en su corazón, dice el evangelio lucano. Y aunque ella generalmente es presentada entre bastidores, podemos, con certeza, imaginarla actuando junto con los discípulos y discípulas de Jesús. Esto reivindica para ella la identidad de discípula misionera y la localiza firmemente en la comunión de las santas y santos de todos los tiempos, justo en el centro de la Tradición eclesial. No es casual que la devoción popular mariana es rica en cantos, oraciones, letanías y otras invocaciones que muestran una María solidaria con personas y grupos humanos abandonados y explotados por sistemas dominantes, como sucede hoy en todos los países latinoamericanos y en otras partes del mundo.

Las reflexiones anteriores muestran por qué la devoción y el culto a María no pueden ser desvinculados del sufrimiento de los pobres, principalmente de las mujeres pobres. A María los pobres se le acercan con fe y esperanza. Ella es la inspiración para la Iglesia que desea ser la sierva de los pobres, como insiste el Papa Francisco. Ella se identifica con los intereses de los pobres y oprimidos, y su propia experiencia de fe está anclada a un Dios que está del lado de ellos.

Las similitudes entre la vida de María y la vida de los pobres (anawin) son una importante fuente de espiritualidad, sobre todo para las mujeres pobres. María no es una reina del cielo, sino una mujer de la tierra, que comparte sus vidas como hermana, madre, inspiradora, compañera solidaria. Como María, muchas madres alrededor del mundo dan a luz a sus hijos en situaciones muy precarias, o incluso desamparadas; son forzadas a huir de su colonia, su ciudad o su tierra natal, como refugiadas, con un niño en los brazos; muchas madres pierden a sus hijos e hijas en las guerras, la prostitución, la trata de personas, las drogas, el trabajo esclavo. Hay una empatía e identificación entre esas mujeres y María. De esa convergencia nacen originalísimas espiritualidades y devociones marianas basadas en el servicio misionero comprometido junto a personas fragilizadas, en el cuidado de la vida en todas sus expresiones, y en la presencia ético-solidaria.

María, la discípula misionera que lucha por un nuevo orden social

Pero María también está en solidaridad con los pobres (anawin) en su lucha por crear un nuevo orden social, como muy bien expresa el Magníficat, que es una síntesis de la visión alternativa del Reino de Dios, tan soñada y esperada por los pobres de Israel. La tradición judía del Reino de Dios, entendido como una visión de justicia, de dignidad humana y de salvación para todas las personas, en medio de un mundo regido por la dominación, opresión y deshumanización, nos permite situar a María como una discípula misionera en este contexto.

La cosmovisión político-religiosa del Reino de Dios como el imperio del bien común, fue realmente determinante e inclusiva para Jesús y sus discípulos y discípulas, así también para su madre. El mayor cambio introducido por la visión del Reino ocurrió principalmente por la “comunión de la mesa” entre pobres, gentiles, pecadores, mujeres y judíos-cristianos, y tuvo especial impacto y de adhesión entre las mujeres que se sintieron incluidas y percibieron que en el Reino inaugurado por Jesús ellas podían ocupar un lugar central, siendo respetadas en su dignidad, como personas y como mujeres. 

El movimiento de Jesús experimentó un Dios benevolente e inclusivo, que acepta a todos, sin excepción, propiciando justicia y bienestar para todas las personas, como María canta en el magníficat. Los seguidores y seguidoras de Jesús entendieron que debían hacer presente el reino de Dios conforme a los principios y criterios del Reino (visto como un acontecimiento salvífico colectivo inclusivo) curando, liberando de todo tipo de opresión, animando y reuniendo a  todas las personas para participar en la mesa de la vida. La presencia y actuación de María en el matrimonio de Caná  se sitúa en esa perspectiva. Ella no es vista sólo en su papel como madre, que acepta cumplir pasivamente la voluntad de un Dios absoluto, sino también en relación con el Reino que irrumpe en la historia de los pequeños, a través del poder creativo de la Ruah Divina.

María de Nazaret, discípula misionera, modelo de las personas discípulas misioneras 

Los cristianos y las cristianas creen que María de Nazaret fue la primera discípula misionera de Jesúcristo. Mujer de fe y generosidad, al mismo tiempo,discípula misionera de Jesucristo. Mujer de fe evangelizada y evangelizadora (cf. Juan 2, 1-12). Por su testimonio de oración, de escucha de la Palabra de Dios y de pronta disponibilidad al servicio del Reino de Dios, hasta la cruz, ella es el modelo de las personas discípulas misioneras. En todos los continentes, María nos sigue enseñando cómo llevar a la humanidad a Jesús. Ella nos precede en la peregrinación de la fe y nos acompaña con amor en el camino del seguimiento de su Hijo.

María fue la primera misionera de Jesús porque lo acogió en su corazón, lo cargó en su vientre y se lo entregó al mundo. Hoy, ella sirve como modelo, guía y aliento a las personas discípulas misioneras, abriendo camino y atrayendo a la gente para seguir a su Hijo. Por eso es considerada la primera evangelizadora y primera evangelizada. Conforme a Lucas 1, 26-56, ella acogió con fe la Buena Nueva de la salvación, convirtiéndose en anuncio, profecía y canto, como nos muestra claramente el magníficat.

En resumen, como madre y educadora, María enseña a la Iglesia-comunidad a consagrarse a la misión y a perseverar en el seguimiento de Jesús. Su figura de mujer libre, decidida y comprometida se manifiesta en el Evangelio, orientada hacia el seguimiento a Jesús. Aprendimos con María a contemplar el rostro de Cristo en el rostro de sus hermanos sufrientes "más pequeños" (Mt 25,31ss), y a experimentar la profundidad de su amor liberador. Con su cuidado por todas las personas en sus necesidades, como en la visita de apoyo a su prima anciana, Isabel, (Lucas 1,39-56) y en Caná de Galilea (Juan 2, 1-11), cuando falta el vino necesario para la completa alegría familiar, la madre y compañera fiel de la Iglesia ayuda a mantener vivas nuestras actitudes misioneras de atención, servicio, entrega y gratitud, que deben distinguir a las personas discípulas seguidoras de Jesucristo.

La contemplación de María como discípula misionera une y empodera a todas las personas que a ella recurren, sobre todo a nosotras mujeres, haciéndonos persistentes y valientes, capaces de enfrentar y superar todo tipo de obstáculos. La devoción mariana, en esa perspectiva, adquiere una dimensión profético-liberadora, ya que es una espiritualidad histórica, capaz de leer los signos de Dios en la historia personal y colectiva, y de actuar en la realidad de hoy según los principios del Reino de Dios.















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* Alzira Munhoz es licenciada en filosofía y teología, maestra y doctora en teología y profesora de teología en la Universidad Rafael Landívar y en el Instituto Centroamericano de Ciencias Religiosas, de Guatemala. Pertenece a la Congregación de las Hermanas Catequistas Franciscanas.